BAJO LA LUPA | ¿A qué hora es la extinción?

Eduardo Rothe

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Lo pregunto porque la extinción de la especie humana no es algo que nos amenaza en un futuro siniestro pero lejano, sino una realidad tan presente como el agua que bebemos y el aire que respiramos. La vida humana ya tiene fecha de vencimiento debido a la radioactividad, las pandemias, el cambio climático y la contaminación, producidas por la economía capitalista, que están destruyendo las condiciones que nos permiten vivir en este hermoso planeta.

La radioactividad es un enemigo silencioso que se expande por el mundo desde julio del 1945 cuando fue detonada la primera bomba atómica en Álamo Gordo, Nuevo México, como resultado de las 2.058 explosiones nucleares que se hicieron desde entonces, y de accidentes como Chernóbil y Fukushima. La radiación no desaparece: simplemente se va diluyendo muy democráticamente de manera que no existe ningún sitio, por remoto que sea, que no esté contaminado. Algún sitio más que otros, pero en todos es, a la larga según decenas de Premios Nobel, contradictorio con la vida humana porque causa diversos tipos de cáncer y otras enfermedades.

Las pandemias son el resultado de las condiciones de hacinamiento y promiscuidad entre personas y animales para consumo, que facilita la mutación de virus que se vuelven transmisibles a los humanos, como ocurrió con la Gripe Española y el covid-19.

El cambio climático por el calentamiento global del efecto invernadero, producido por las emisiones de gases industriales y el uso de combustibles fósiles, ya es una catástrofe anunciada, con huracanes, sequías e inundaciones, a un nivel nunca antes visto. Las temperaturas alcanzadas en lo que va de 2021 son las más altas en los casi  dos siglos de registro meteorológico: un récord para Europa de 48,8 grados centígrados…

Según la ONU, se ha desertificado o degradado el 30% de las tierras cultivables, y la FAO anuncia una caída dramática en la producción de alimentos, especialmente en el África Subsahariana y el sur de Asia; puede parecer lejano pero esos desastres nos alcanzarán tarde o temprano, como alcanzan al Caribe las nubes de polvo del Sahara que cruzan el Atlántico.

Todo lo anterior suena a macroeconomía, a pecados de los Estados y las grandes transnacionales, pero los ciudadanos comunes ponen su granito de plástico en el problema, contaminando alegremente las tierras y los océanos. En los siete mares hay en este momento ocho millones de toneladas de plástico, y países como España, por ejemplo, contribuyen arrojando al mar 126 toneladas de diarias. En el océano Pacífico hay una isla flotante de basura plástica del tamaño de un gran país, plástico que no se degrada y se va disolviendo en microplásticos que son absorbidos por los seres vivos y terminan en nuestra cadena alimentaria.

Si la contaminación plástica enferma a los océanos, a los mares pequeños como el Báltico o el Mediterráneo los tiene preagónicos: en este último se han desaparecido 41% de los mamíferos acuáticos y el 34% de sus peces.

Ante este cataclismo global puede parecer un mal menor que en Venezuela el ministerio correspondiente no haya logrado organizar, en décadas, un programa educativo y un sistema de recolección de las pilas utilizadas en los aparatos electrónicos. No pierda usted su tiempo llamando para saber qué hacer con sus súper tóxicas baterías de litio: mejor pregunte: ¿A qué hora es la extinción?

Eduardo Rothe