MICROMENTARIOS | Ser de izquierda

Armando José Sequera

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Quienes sostienen que las ideas de izquierda únicamente deben profesarse en los años de nuestra juventud solo justifican su inconstancia, así como su egoísmo en vías de desarrollo y la ciega entrega a sus ambiciones.

Estas personas nunca fueron verdaderamente izquierdistas. Si en algún momento se mostraron como tales, fue por algún motivo ajeno al deseo de un mundo mejor en lo individual y colectivo.

Lo más seguro es que su rebeldía no era auténtica y, en la casi totalidad de los casos, respondía a un rechazo hacia los padres y lo que estos representaban o, lo que es peor, a la necesidad de acogerse a una especie de moda que les hacía lucir interesantes, pues trataban de impresionar a alguien.

Respeto a quienes tienen ideas de derecha por herencia o inoculación temprana. Pero abomino de los conversos que luego pretenden justificar su abyección procurándose complicidades.

A lo largo de mi vida he visto a demasiadas personas cambiar de bando bajo esta premisa y lo peor es que la mayoría se ufana de ello, además de hacer burla de quienes mantenemos intactos nuestros sueños, nuestras luchas y nuestras posiciones.

No creo en eso del rechazo tras darse cuenta de su equivocación ni que volverse un agente activo de derechas sea signo de madurez. Al contrario, lo considero una involución, una concesión autojustificada a algún tipo de ambición, bien sea de riqueza, poder o una mezcla de ambas. Lo demuestra el que, una vez converso a las ideas de derecha, el individuo se presta sin escrúpulos a cualquier acción que le genere ganancias al mayor y detal, adeptos e incluso las briznas de sexo que él o ella han llegado a creer que es el amor.

El mundo no soporta más que lo sigamos depredando sin control, ni resiste más individuos que se jacten de su egoísmo, como si este constituyera la mayor virtud conocida.

Ser de izquierda, ser revolucionario, es una manera de vivir con el corazón en alto, de ser consecuente con la vida y el planeta del que apenas somos simples elementos y no de los más importantes.

Desdecirse de esto porque se ha alcanzado determinada edad no es sino una excusa para desnudar las ideas egocéntricas y retrógradas que siempre formaron parte de nosotros. Es claudicar ante la vida e incluso ante sí mismo.

Para mí, abandonar los deseos de cambiar o mejorar el mundo es señal de que el alma ha envejecido y se ha llenado de temores, vilezas y apegos, y estos, como quistes, consumen la energía del individuo.

Creo, con toda honestidad                –ingenuidad, según otras personas–, que si nuestro espíritu y nuestra mente se conservan jóvenes y enamorados, siempre seremos de izquierda.

Armando José Sequera