PUNTO Y SEGUIMOS | El Imperio del oro

Mariel Carrillo García

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AU. Oro. El metal de los dioses. La obsesión de los mortales. La eterna moneda de cambio, el símbolo del brillo, el poder, la riqueza. Detrás de su largo y deslumbrante camino, un reguero de sangre. Montañas arrasadas, ríos envenenados, bosques extintos, mentes perdidas en la ambición y la locura, relatos, leyendas, traiciones y asesinatos. Millones de asesinatos.

Las grandes religiones profesadas en la Tierra, le niegan como virtud para las masas, pero adoran tenerlo en sus altares; para Dios y sus representantes en este mundo, solo lo mejor. ¿Cuánto importa la muerte de unos miles, la destrucción de la perfecta Madre Naturaleza o la esclavitud de pueblos enteros, si el señor puede contar con cientos de templos en reluciente dorado?

¿Y las monarquías? No importa que sea el siglo XXI. Reinas sin coronas de oro no existen. Reyes sin tesoro, tampoco. Si no, pregunten a Su Majestad Isabel II de Inglaterra, que si algo heredó fue el talento de las mujeres de su dinastía para “acumular” el precioso metal. No hay que olvidar como Isabel I llevó la piratería a su más excelso nivel, logrando que sus rufianes-corsarios convirtieran su isla en la reina de los mares y dueña de gran parte del oro que tantos siglos de conquista, pillaje y esfuerzo le costaron a España. Miren que encontrarse de sopetón con el continente más rico del mundo, colonizarlo, catequizarlo, ponerse a matar indios, traerse africanos y guerrear duro para que los ingleses les tumbaran así. Aunque, ladrón que roba a ladrón… Y de Victoria I no hablamos mucho, porque no alcanza el espacio, pero ganó las guerras del Opio, así que calculen el amor y la obsesión del Imperio británico por el oro en su expresión mas amplia.

Son este imperio y sus herederos quienes han estado “cuidando” parte de las reservas auríferas de Venezuela. Lo que parece chiste y que recuerda el refrán aquel de “zamuro cuidando carne”, se presenta aún más absurdo cuando encontramos que no solo Venezuela, sino la mayoría de los países del “Tercer Mundo” tienen sus lingotes en Europa. Claro está que el proceso de colonización no terminó con las independencias, sino que se transformó y se adecuó al sistema capitalista que tan eficientemente empezó a operar con la Revolución Industrial (que inició, no es casualidad, en Inglaterra); así que todos los recursos de las colonias siguieron estando siempre a disposición, bien sea con cartas blancas a sus empresas o directamente con el supuesto resguardo de activos estatales en sus bancos. Repetimos, no hay reyes sin tesoro y los imperios nunca dan puntadas sin hilo.

Cuando la Revolución Bolivariana, por orden del presidente Hugo Chávez inició la repatriación del oro venezolano, tocó -nuevamente- los más sagrados intereses del imperialismo. Para un Estado como el Reino Unido, que históricamente ha vivido del saqueo, la conquista y el resguardo de sus botines; el oro extranjero que acumula en sus bóvedas, no es moralmente extranjero, sino propio. La obsesión por el oro se expresa de la misma manera en que se expresaba la obsesión de Gollum por el “precioso” anillo único en la obra El señor de los anillos, del inglés J.R.R. Tolkien. La avidez, el deseo de poder y acumulación de “oro” no son sino síntomas de una enfermedad moral y degenerativa. Quien ha “poseído” ingentes cantidades de oro no tolera su pérdida y es capaz de cualquier acción por conservarlo. Esa es la mentalidad del imperialismo.

Así las cosas, el reclamo de Venezuela -tan justo y racional- sobre las 31 toneladas de oro “guardadas” en el Banco de Inglaterra evidencia claramente la dimensión de la contienda. Es David contra Goliat. Es el oprimido contra el opresor. El atracado frente al ladrón con pistola. El país al que aún miran como excolonia española y no como nación soberana, frente al lmperio británico de Su Real Majestad Reptiliana Isabel II. Aún así, no nos vendría mal tener en cuenta que ya antes hemos derrotado imperios, y que hay que seguir insistiendo con ferocidad en la recuperación de todo nuestro oro y resto de activos congelados o robados por las potencias en este último período, porque si se saca la cuenta histórica, no les alcanza la vida para devolver todo lo que ha sido arrebatado por la fuerza o con engaños. Y eso hay que recordárselos siempre que traten a algún país de América, África o Asia con el irrespeto que suelen hacerlo. De ese mundo viejo, podrido y enviciado por el oro no podemos esperar ningún cambio. Solo queda plantarse firme y dar la pelea en nombre la justicia y una mejor humanidad.

Mariel Carrillo García