MONTE Y CULEBRA | Tiempo de hacedores (II)

José Roberto Duque

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Hace ya dos años y medio los venezolanos estuvimos metidos en una esclarecedora penumbra: aquellos apagones provocados de una manera tan criminal como simple: aquello fue atacar el centro de la generación de electricidad de Venezuela, el gigante de Guri, y en un instante casi 90 por ciento del país se quedó sin energía. La palabra clave es esa que cierra la idea anterior: energía. El enemigo nos fue cortando el acceso a las fuentes de energía más importantes (gas, combustibles, alimentos, agua y de pronto electricidad) y así nos vimos zambullidos en una situación que es la pesadilla y llegadero de toda ciudad capitalista: la sensación y concreción del colapso, el momento y lugar en que la vida cotidiana ya no puede funcionar como nos hemos (o nos han) venido acostumbrando a que funcionen.

Como ha ocurrido tantas veces en este siglo y durante el anterior, el ser humano venezolano se aplicó, a pesar del desconcierto y el decaimiento ante la calamidad, a resolver, a hacer; lo que insinúa o dice el título genérico de estas entregas es que, cuando parece o algunos suponen que se acabó, que ya no se puede más, que ya tocamos fondo y lo que sigue es el abismo, siempre emerge el que sabe que nada está perdido mientras haya con qué resolver, con qué sobrevivir, con qué entretenerse buscando e improvisando soluciones ingeniosas.

Ese misil de alto poder destructivo me sorprendió en el estado Trujillo, región en la que se congregan varias paradojas o situaciones curiosas, por decir algo bonito de ellas. Por ejemplo, el hecho de que el suministro eléctrico de la capital y buena parte de sus poblaciones más grandes no proviene del Guri, sino de una represa y central hidroeléctrica no tan lejanas: la José Antonio Páez, ubicada en el piedemonte barinés, y movida por un potente río merideño (el Santo Domingo). La electricidad viaja desde esa falda de los andes, sube hacia el páramo y se lanza en bajada hacia Trujillo, pero antes debe dejar por el camino unos buenos kilovatios de potencia. La paradoja es que en los alrededores de Trujillo, justo al lado y también hacia Boconó, se precipitan al menos tres ríos que igualan o superan en caudal, potencia y bravura al Santo Domingo, pero ha sido imposible que alguien ejecute y concrete lo obvio: cada ciudad trujillana podría y debería tener su propia pequeña central eléctrica. Pero se sigue alimentando desde Barinas, y los cortes de luz diarios dependen de los misterios o fantasmas de Barinas (no los de Trujillo, que también se las traen).

Ustedes dirán, con toda razón, que esa incongruencia no es nada comparada con el drama de varias ciudades y poblaciones ubicadas cerca del Orinoco y del Caroní, es decir: al lado de Guri y de esos ríos majestuosos. Esas ciudades y poblados que igual sufren apagones y desabastecimiento de agua. Al lado de esta insólita burla sangrienta, en efecto, los trujillanos no deberían estar tan agobiados. Pero el agobio existe, y la resolución de sus detonantes se encuentra en un mismo lugar o ruta: hace rato sonó la hora de abandonar al Guri y a las fuentes de energía ubicadas a cientos de kilómetros, y crear poblados capaces de generar ahí al lado su propia electricidad. Después hablamos de los alimentos, el vestido, la vivienda, el transporte, el entretenimiento y otros procesos; limitémonos por ahora a hablar de electricidad, que es el fluido que mueve la mayor parte de los procesos de las ciudades, capitalistas o no capitalistas.

Epa: ¿y existen ciudades anticapitalistas o es tan solo un sueño, idea o plan que no hemos logrado concretar? ¿Será que cuando logremos crear un poblado que no se surta del Guri ni de ninguna fuente industrial, privada o estatal, estaremos dando el paso decisivo hacia la construcción de un país anticapitalista de verdad, y no solo en la retórica?

Guri es creación adeca y manufactura norteamericana. Fue Estados Unidos el país que decidió que el centro de la generación de electricidad de nuestro país se encuentre allá lejos en el coñísimo. Y las razones de esa decisión ya se sabían o se intuían, pero su comprobación nos estalló en la cara apenas en 2019: la razón por la que la potencia que nos diseñó la puso así de complicada, es que de esa manera era más fácil hacernos colapsar cuando nos pasáramos de rebeldes o de respondones.

Para quienes no recuerden bien el contexto, 2019 fue ese año en que la administración Trump, con todos sus altos funcionarios al unísono y varias veces al día, nos anunciaban que el presidente de esta mierda era Guaidó y que si Maduro no se rendía, se lo iban llevar a Guantánamo y allá lo estaba esperando su uniforme anaranjado. Así que el acto de soberanía que estamos esperando no es el perfeccionamiento del Guri, ni del Sistema Eléctrico Nacional, ni del complejo Simón Bolívar de mis tormentos: el verdadero acto de liberación deberá darse en cómodas cuotas, y consiste en el acto de ir desconectando a cada ciudad y a cada pueblo de ese mamotreto gringo y adeco que alguna vez llegó el nombre de Raúl Leoni, y que debería volver a llamarse así. Porque adeco tiene que ser el nombre de las vainas mastodónticas que no sirven.

En la próxima entrega, algo sobre ese tipo de ciudades que han sido capaces de generar su propia energía, adentro o ahí al ladito de su territorio. En Europa las llaman “comunidades energéticas”, y tienen dos o tres características que valen la pena y como 50 que debemos desechar de entrada, porque por andar copiando en todo a los gringos y a los europeos es que nos joden y nos joden y nos joden, cada vez que pueden y quieren.

José Roberto Duque