Cuentos para leer en la casa | Al amanecer buscamos estrellas

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A pesar de todo, muy a pesar mío, aún se me afligen los ojos cuando pienso en los tuyos lejanos bajo el temblor del bambú. Uno de ellos negro, manso como un pozo; el otro blanco, insomne, de un crepitar de lirios encendidos. No veías con él, pero brillaba y bailaba más que el otro cuando hablabas: recuerdo tus manos moradas bajo el sol y azules bajo la luna, estirándose y cerrándose en una danza hipnótica cuando contabas algo. Entonces entrecerrabas los ojos y los dirigías hacia el mar, que te devolvía la mirada desde lejos como un inmenso ojo azul al acecho.

Para entonces ya eras viejo y un poco encorvado, si aún vives  tus ojos deben mirar hacia el suelo, deben estar buscando ya el pedazo de tierra donde vas a acostarte indefinidamente.

Recuerdo tus queridos pies descalzos, enormes, llenos de una costra de barro que te entretenías en arrancar melancólico, bajo los árboles del patio. Había grandes rocas que servían para defenderse de los ataques del enemigo en la guerra de los almendrones: cada quien tomaba su puesto detrás de cada piedra y amontonaba allí su reserva de proyectiles. Un minuto de silencio y los almendrones verdes cruzaban silbando el aire delicioso de aquel verano de siempre. La guerra duraba hasta que había algún herido y el llanto se mezclaba a la sorpresa de los pájaros. Alguna bala le tocaba a tu espalda cuando pasabas camino de tu rancho; siempre a las seis de la tarde cruzabas el patio y la emprendías contra el azul interminable. Una vez más fui detrás de ti. Fui siguiéndote sin que lo supieras, escondiéndome detrás de cada árbol y en cada recodo del camino, hasta que te vi entrar. Luego me asomé por la ventanilla y entré, recuerdo cómo te reíste con tus dientes amarillos y temblorosos, terminaste de hacer el café y me ofreciste un poco en una taza sin asa que había formado parte de una vajilla de mi madre, recuerdo muy bien sus bordes rotos y el rosa sucio de sus flores. Anocheció completamente y ya me había olvidado de mi casa. Me desvelaba la alegría de estar allí, contigo, me encantaba el humo de tu pequeño fogón y de tu vela sobre un plato viejo, en un rincón de tu rancho.

El mar sonaba inquieto, como una bestia acezante. Entonces decidí  bajar hasta él, no pudiste disuadirme. Aún puedo sentir la vaga dureza de los riscos bajo mis pies y tu voz advirtiéndome de los peligros de erizos y cangrejos. Llegué hasta donde el mar pone sus manos delicadas en la garganta, me alucinaba aquel estallar de olas en mis oídos y aquel deseo de ir más allá: no sentía sueño y te llamaba cantando y arrojándote piedritas del fondo. Al amanecer buscábamos caracoles y estrellas pero solo encontramos entre las piedras el esqueleto indefenso de un erizo, parecía destinado a usos sagrados aquel precioso recipiente de un verde suave, casi blanco. Lo tomé entre mis dedos, y tú nervioso por la intensidad de su belleza, me rogabas: “¡No lo quiebre!” Era tan frágil.  Con temor lo deposité sobre la arena. Un instante después llegaron mis padres, me buscaban desde el atardecer y hasta habían avisado a la policía pero el último sitio donde se les ocurrió buscarme fue aquel. Me sacaron de allí, me envolvieron en mantas y me dormí entre regaños, caras de asombro de mis hermanos y risas de mi abuela. Desde entonces había más gente vigilándome pero de todas maneras tú estabas allí, sembrando los rosales o cortando algún arbolito que hubiera tumbado la lluvia. Descubrí la belleza en tu figura vieja y grotesca y entré en tu mundo de relatos poblados de flores y serpientes marinas, conocí a mucha gente muerta antes de yo nacer. No me arrepiento de las tardes en reposo junto al calor de tus sueños, no quiero ocultar la espesa ternura de tus huesos.

Después te abandoné. Permití un mundo ajeno, de horribles libros oscuros. Debes perdonarme, no tenía más de siete años. Hoy podría decir que he cambiado. He estado tan cerca del abismo de la satisfacción. Trato de escapar de nuevo, pero es inútil. Miserable mil veces y pobre de mí que he perdido la armonía.

Tomado de Nuevos narradores: Monagas, Bolívar y Delta Amacuro. Fundarte, Caracas, 1985.

La Autora Mercedes Franco

(El Tejero, estado Monagas,1948). Novelista, cronista, escritora de literatura infantil y articulista. Licenciada en Letras por la Universidad Central de Venezuela. A partir de 1988 comienza su trabajo en novelas dedicadas a exaltar la memoria histórica del país y a rescatar la tradición oral fantástica. Entre sus premios se encuentra el Premio Internacional IBBY (Basilea, Suiza),  por su libro para niños Vuelven los Fantasmas (1996). Y entre sus obras literarias más destacadas están Cuentos para gatos (2000), La piedra del duende (2000), Cuentos de la noche (2001) y Criaturas fantásticas de América (2003).