Cuentos para leer en la casa | Males de familia

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A mi madre

Las matas de mango son encantadores bufetes para ejercer la sociología. Basta amarrar la hamaca a dos horquetas, servirse frappé casero de limonada y tras poner a sonar un disco de bossa nova, echarse como un caimán a pensar en esas flojedades que las familias venezolanas tienen en común. María Chuzena empuja la hamaca con el único pie que deja afuera, va meciéndose y va anotando las desganas que nos componen, que son de reír o de enloquecer según el humor con que a veces nos cojan los parientes. El primer género de flojedades lo constituye un racimo de accesorios que son forzosamente necesarios, pero nadie los compra hasta que un buen día revienta la huelga de aparatos descompuestos, sabemos de sobra que los objetos están afiliados a su propio sindicato, no más se daña uno y se echan a perder todos. El abrelatas. El abrelatas es una monería que hace falta desde hace decenios, pero mamá Poncia lo nota cada vez que saca de la despensa un pote de sardinas o de pepitonas, pasa el mal rato de abrir las latas a punta de cuchillo a riesgo de volarse una uña, y jura lo de siempre, que la próxima quincena comprará el bendito abrelatas. A veces María Chuzena se reprocha lo dependiente que se ha vuelto con objetos de esta naturaleza, aunque la matraca de este remordimiento dura bastante poco, porque hay que ver los problemas domésticos que desencadena la falta de un abrelatas.

Ahí tenemos el caso de los cuchillos, que se convierten en karmas amellados y ya no cortan nada sino que lo torturan todo, los pobres van dejando el filo en difíciles especialidades como el plástico, la lata o la madera, son objetos de personalidad disociada, porque de cuchillos pasan a destornilladores, de destornilladores a cinceles, de cinceles a llaves, de llaves a martillos, y así, total que la estantería es un cementerio de cuchillos a quienes también les faltan las cachas, y nadie se cuida de ellos porque a la larga cuesta incluso hasta rebanarse un dedo.

Ni mencionar el problema del sacacorchos. A mamá Poncia le gusta traer invitados de vez en cuando, es de esas madres modernas que tienen amigos inteligentes que hablan francés y tienen pinta de exiliados, entonces se sientan alrededor de la chimenea y comienzan a sorprendernos con sus vidas ejemplares, aquí es así, se venera a cualquiera que tenga cuentos de guerra y un gusto corrido por el Chardonnay. Mamá Poncia no sabe mucho de vinos, pero ella hace como que sí, airea el licor con giros suaves y después mete la narizota en la copa, pero pasa por la pena de no tener un sacacorchos y empuja el tapón hacia el fondo de la botella  cada vez que se presentan reuniones de este estilo. Lo bueno de mamá Poncia es que esta candidez le queda bonita, no pierde ocasión para contar la anécdota sobre su último sacacorchos, aquel que le dejara los bracitos de metal en la mano todo espatilladito, como todo instrumento que se compre en un supermercado chino. María  Chuzena se mece en la hamaca, va y viene lentamente, está pensando en escribir una crónica de descuidos familiares, anota con su letra palmer los implementos de cocina y algunos utensilios de higiene personal que a la larga se vuelven enfadosos. Ahora registra el papel higiénico. Que terrible es sentarse en el retrete y descubrir, después del pujón místico, que no hay papel con qué limpiarse. Uno observa, como atravesado con una mezcla de desamparo y ridiculez, el hueso de cartón todavía metido en el rodillo de encofrado. Poco falta proyectar el odio hacia la madre, es un atolladero bastante serio, no es tan sencillo como parece levantarse y meterse en la ducha, algunos acechan por largo rato hasta que alguien pasa y les empuja una servilleta por debajo de la puerta, a veces en compañía de una caja de fósforos o de una temblorosa varilla de incienso. Esta escena se complica aún más si es de noche y falla la luz eléctrica. Nos quedamos embarrados, aturdidos, olvidando en qué lugar exactamente se encuentra el papel higiénico y el ano.

Ah, la toalla. Quién no ha olvidado traer consigo la toalla antes de bañarse, o el jabón, que de mala suerte también se acaba y nos toma por sorpresa desnuditos en la ducha, y hay que auxiliarse con el otro, el popular jabón azul, cuyo áspero olor disimulamos naturalmente a punta de lociones. Es curioso que durante los períodos de escasez todo se acabe más rápido. El dentífrico se somete a un adelgazamiento voraz; se exprime, se aplasta, se troza en dos mitades, se escarba con el cepillo esa mina de menta y se rinde la crema que queda en la tapita con una visión solidaria de la cosa.

Pero existe una naturaleza de tradiciones familiares mucho más avanzada. He aquí donde aparecen las dos figuras de una lucha a muerte, la del vivo y la del tonto. Por lo general el tonto siempre lava los platos, asea el baño, compra la bombona de gas, o llega en el momento preciso en que comienza a llover, luego hay que recuperar la ropa de las cuerdas,  doblarla y repartirla a las gavetas que corresponden. Y sin embargo esta beligerancia no se compara con la más cruenta y malsana de todas. Nace una guerra invisible donde suele vencer el más inteligente, el más escurridizo, el más descarado. Se trata de las jarras de agua. ¿Quién se bebe el agua y deja los jarrones vacíos en el refrigerador? Lo sabemos pero nunca lo agarramos, el victimario siempre se escapa saciada su sed, escucha de lejos las maldiciones, y espera pacientemente a que su víctima las llene una y otra vez.

Faltan detalles qué relatar, pero antes María Chuzena consigue darle una definición justa a estos accidentes hogareños. Para ello toma en cuenta la dinámica interior de su familia, parecida a tantas y a todas, que describe la secuencia teatral de pequeñas bribonas.

Del interior de la casa surge una voz estentórea. Es mamá Poncia, llama enloquecidamente a María Chuzena porque de nuevo se ha ido el agua y ha quedado trabada en el baño con champú en la cabeza. María Chuzena no lo piensa más, anota tres siglas en la libretica, SDN. (Sociología de Diminutas Negligencias), y corre al lavadero a llenar dos baldes de agua.

Tomado de Cuentafarsas. Fundarte, Caracas, 2010.

La Autora 

Sol Linares (Escuque, estado Trujillo, 1978). Escritora. Mantiene el blog Sol Linares. Ganadora del primer lugar en el Concurso Cuento, ensayo, poesía de la Universidad de los Andes, 2002, por el cuento Bitácora de ti, y del primer lugar en la III Bienal Nacional de Literatura Ramón Palomares 2007 con el libro de cuentos Cuentafarsas (2007). Otras de sus publicaciones son Percusión y Tomate (2010), La circuncisa (2012) y Canción de la aguja (2013).