DATE CON LA CIENCIA | El secreto de la shawara

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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Venezuela trabaja sobre otras cosmovisiones que tejen nuevas epistemologías de investigación

“Cuando hay una epidemia,
de la que se responsabiliza a la shawara,
los yanomami dejan por lo general la casa infestada, para acampar en la selva…”.
Jacques Lizot, en Salud indígena en Venezuela

En muchos pueblos de Venezuela, se conocen como puri-puri o jejenes. Estos mosquitos diminutos se reproducen en ríos y arroyos de corriente rápida y suelen ser los vectores de una enfermedad conocida, en el habla común, como ceguera de los ríos. Esta enfermedad parasitaria provoca fuertes padecimientos en la piel y afecciones oculares que pueden provocar pérdida de visión permanente.

La ceguera de los ríos u oncocercosis es endémica en África, aunque, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hasta hoy se han descrito 13 focos en seis países de América, de los cuales solo dos están activos: uno en la Amazonía venezolana y otro en Brasil. Estos focos afligen, fundamentalmente, a comunidades del pueblo indígena yanomani.

El parásito que causa la oncocercosis, Onchocerca volvulus, fue introducido en nuestro país en la época de la colonia a través del tráfico de africanos esclavizados que estaban infectados por dicha filaria. Esta población infectada se encontró con los puri-puri locales; la relación dio origen a focos de infección en las regiones norcentral y nororiental del país, hoy día no activos, y un foco en la frontera sur del país, que aún hoy representa una amenaza a la salud humana.

Cuando los puri-puri pican a una persona infectada ingieren, junto con la sangre, microfilarias (parásitos) que sufren una serie de mudas en el vector, hasta transformarse en larvas infectantes. Estas emigran a la trompa del puri-puri y, cuando estos vuelven a picar, la larva penetra por la herida y se refugia en el cuerpo humano. Allí migra, madura y comienza a producir miles y miles de microfilarias, formas embrionarias que invaden la piel y los ojos, y pueden llevar a la ceguera.

Para tratar esta enfermedad, y eliminarla de este continente, desde los años 90, se administra por vía oral ivermectina, un compuesto con un reconocido efecto microfilaricida; es decir: que destruye las microfilarias de los parásitos en la persona infectada. Así, un vector que pudiera picar a una persona que ya tomó ivermectina, no va a encontrar microfilarias; por lo tanto, no se produce la transmisión del parásito. Lo clave es aplicar las dosis adecuadas (bianuales) para romper el ciclo durante el tiempo suficiente para extinguir la transmisión (más de 10 años). El problema es cómo acompañar un proceso de salud integral en la intrincada zona selvática que abraza el río Orinoco en nuestro Amazonas.

El reto de esta lucha contra la ceguera de los ríos en esta región de América del Sur ha integrado un colectivo formado por agentes de salud yanomami y de otros pueblos indígenas, en el Centro Amazónico de Investigación y Control de Enfermedades Tropicales Simón Bolívar (Caicet), que se asumen como agentes transformadores y acompañan la formación de agentes de salud en comunidades remotas, para cambiar una realidad terrible, herencia de la colonia: oncocercosis, malaria, fiebre amarilla y otros tantos males de la modernidad.

En 2021, en medio de la pandemia de covid-19, este colectivo ya ha visitado 336 comunidades de las 381 comunidades yanomamis conocidas en Amazonas, hasta hoy. Así lo confirma Carlos Botto Abella, investigador del Caicet, residenciado desde hace más de 25 años en el corazón de Amazonas. Botto es un científico uruguayo —graduado como doctor en Medicina, con un posgrado en Parasitología Médica— que padeció y enfrentó las dictaduras cívico-militares que azotaron el sur de nuestra patria grande en los años 70, recibido amorosamente por Venezuela.

El coautor del libro Desarraigos y resiliencias vive unido a la lucha contra la ceguera de los ríos y otras patologías presentes en el sur del país, desde la década de los 90. Este científico detalla que el trabajo del mencionado colectivo de salud yanomami durante 20 años logró, en el año 2016, interrumpir la transmisión de Onchocerca volvulus en un 75 % de la población afectada; en un territorio de casi 80 mil kilómetros cuadrados. Esta superficie de selvas y montañas es cuatro veces mayor que el conjunto de los estados Miranda, La Guaira, Distrito Capital, Aragua y Carabobo; o del tamaño de varios países centroamericanos o europeos.

La interrupción de la transmisión de la oncocercosis ha sido posible a través de las visitas regulares a comunidades localizadas en distintas áreas de riesgo y mediante el respeto y reconocimiento a liderazgos, sabios y chamanes que contribuyen al control de enfermedades. El trabajo de este colectivo indígena se articula con especialistas del Caicet. Un espacio científico que, al momento de su creación, hace 39 años, estuvo focalizado en la investigación de la ceguera de ríos y desarrolló un Programa de Investigación y Control de Enfermedades Tropicales (Proicet Amazonas), que le permitió hacer aportes originales a la iniciativa para la eliminación de la oncocercosis en las Américas.

Dicha alianza académico-indígena ha permitido identificar un conjunto complejo de enfermedades endémicas desatendidas que afectaban a la población yanomami, en comunidades muy remotas en la frontera sur con Brasil, cuyos integrantes tenían muy poco o ningún contacto con la sociedad envolvente del Estado venezolano. Este proceso incluyó la identificación de comunidades, mediante imágenes satelitales; determinación de patrones espaciales de comunidades nuevas, calificadas por un conjunto de características ambientales y geográficas. La indagación de la relación entre tipos de paisaje y transmisión de la enfermedad ha mostrado que, en estas áreas montañosas de difícil acceso en la frontera sur, la oncocercosis alcanza niveles de hiperendemia en los focos remanentes donde persiste la transmisión. Botto Abella subraya que, en la selva amazónica, el trabajo etnográfico ha visibilizado tensiones importantes que permiten problematizar la salud y cuestionar la cultura de la enfermedad sobre la cual esta suele cabalgar.

Para los yanomamis, los demonios de la enfermedad —como los llama el antropólogo Jacques Lizot, en su artículo “El mundo intelectual de los yanomami: Cosmovisión, enfermedad y muerte, con una teoría sobre el canibalismo”, publicado en el libro Salud indígena en Venezuela, publicado en 2007—, que se apoderan del principio vital de los yanomamis en trance de morir, son responsables de muchas epidemias conocidas como shawara. Estas epidemias ocurrieron cuando los yanomami se acercaron al mundo de los criollos, e identifican el humo (de sus máquinas) como el origen y dispersión de las enfermedades. Solo el chamán, solo o junto al médico, es capaz de expulsar estos demonios de las enfermedades al submundo de los amahiri, seres míticos inmortales, donde pululan estos demonios.

En época de shawara (epidemias), las comunidades yanomamis activan un mecanismo clave: el aislamiento comunitario y la dispersión en la selva en pequeños grupos de familias nucleares, por una semana o dos hasta más de un mes, hasta que la shawara se extingue, desaparece. A través de radios en la selva, agentes yanomamis de salud instan a no visitarse para cuidar la vida del otro. Estas prácticas milenarias, unidas a la acción de los agentes yanomami de salud, que son los ejecutores en los lugares más remotos de las políticas públicas en materia de salud, han limitado o impedido hasta ahora la dispersión de la covid-19 en el territorio yanomami de Venezuela. Una práctica similar ha sido incorporada en el ámbito de la ciencia moderna para cortar la cadena de transmisión de la enfermedad.

Sin embargo, la amenaza más grande para el mundo yanomami y para su salud está representada, en la actualidad, por el garimpo, sus máquinas y el humo que dispersan enfermedades, lo que Luis Yarzábal, médico, investigador científico, fundador de Caicet, equipara al submundo de los amahiri, donde pululan los demonios de las enfermedades.

Son estudios sobre otras cosmovisiones que tejen nuevas epistemologías de investigación y ayudan a repensar políticas públicas en salud desde una dimensión biopsicosocioespiritual. Una mirada del conocimiento que invita a establecer una ética de vida, una ética de salud de la humanidad y del planeta, cuya construcción conduce a un paisaje reflexivo y a abrir bien los ojos para trascender el sistema civilizatorio dominante.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto