PARABIÉN | La victoria de los sentidos

Rubén Wisotzki

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1.

Para empezar una pregunta, casi inocente si no fuera porque uno es casi siempre culpable:

¿Cuándo uno lee, escucha, copia, de otro, ya sea una frase, un texto, un verso, lo que sea, algo con palabras que le resulte interesante, importante, y no recuerda a su autoría al momento de citarlo, puede acometer el acto de repetirlo sin que se le caiga la cara de vergüenza?

Es más: ¿Puede apoderarse de lo dicho como si fuera de la autoría de uno? Al fin de cuentas hay algo de autoridad en ese sentido ya que uno lo recuerda, lo lleva dentro de uno, lo coloca en una gaveta donde suele guardar sus cosas más importantes, lo expone según las circunstancias del diálogo en cuestión. Algo de nosotros hay en lo dicho por el Otro si luego recurrimos a eso expresado en otro tiempo y espacio. Siempre hablamos de lo que nos habla.

2.

Pero, y he aquí el problema real, si aquello leído o escuchado no forma parte de uno, es decir, lo rechaza, lo desaprueba, lo objeta, pero está en uno, ya está alojado en uno, es como el constante ruido no previsto del motor, como la mancha que descubre el médico en el cuerpo de uno, suerte de melanoma pero del espíritu, aquel dolor incómodo que solemos achacar al mal sentarse, al mal levantar algo, al mal dormir. Vamos, al mal estar aquí, o allá, malestar. ¿Es eso también de uno?

3.

Soltadas ya las justificaciones, aunque sigan amarradas las culpas, a lo que vinimos, que es una aproximación, sino una llegada, al concepto de ‘enajenación’. En todo caso, y porque somos así, reiterativos hasta el aburrimiento, repetimos. Esto, que no escribió uno, que lo escribió otro, pero como si nos rondara…

“Vivimos permeados por varias iniciativas de Verfremdungseffekt (“efecto de enajenamiento”), es decir, de la derrota de los sentidos, en todo momento”.

¿Qué significa enajenar? Leemos: “Pérdida transitoria de la razón o los sentidos, especialmente a causa de un sentimiento intenso de miedo, enfado o dolor”.

Es decir, un estar ahí sin estarlo que puede durar y aquí nos preguntamos, si unos momentos, unos días quizás. O semanas. O años. Leemos que lo transitorio es algo limitado, que no es para siempre. Y también leemos “que dura relativamente poco tiempo”. “Algo pasajero”, recalca el pesado, en todo sentido, el librote de la academia.

4.

Por fortuna, así lo creemos nosotros, en estos casos tenemos muy presentes una reflexión de Rousseau, realizada cuando caminaba, es decir, cuando iba (físicamente) en uno de sus paseos, pero cuando ya estaba de regreso (espiritualmente), de todo, según sus propias palabras, rechazado e injuriado.

Dijo Rousseau: “Al fin me dije: ‘¿Me dejaré traquetear eternamente por los sofismas de los mejores habladores, cuando no estoy siquiera seguro de que las opiniones que predican y que tan ardorosamente quieren hacer adoptar a los demás sean para ellos suficientemente claras?”.

5.

Vayamos en contra de los que apuestan a “la derrota de los sentidos”. ¿Es posible que pierda uno gobernanza sobre ellos, así sea de manera transitoria? Hoy queremos creer que no. Y esta negación es legítima. Allá los que consientan. Pero hoy, aquí, con el sueño y el desvelo allá, uno ve aunque haya quienes tapan, ocultan o colocan sábanas sobre las almas; uno palpa, roza, a pesar de que giren el cuerpo o batan el brazo con fastidio; uno oye, y vaya que oye en medio del silencio, se oye con claridad a quien calla, y también con un batifondo perturbador y que busca confundir, desorientar; uno huele porque si hay algo imposible de evitar son los olores, empezando por los que emanan de uno, desde los de la piel y carne quemada, hasta la fruta que se abre como un durazno sangrando; uno degusta porque busca lo que le gusta, no lo que le disgusta. Los sentidos, decimos acá, no se pierden transitoriamente. Los sentidos se distraen, se aflojan, se relajan. Pero están ahí. No permitamos que nos confundan en el sinsentido. Vamos por la victoria de los sentidos. Hoy más que nunca. Para bien.


El rincón de palabras merecedoras de un centro:
En “Aurora” Friedrich Nietzsche escribió: “La naturaleza buena y la naturaleza mala. Los hombres empezaron atribuyendo a la naturaleza su propia forma de ser; es decir, se figuraron ver su humor variable, bueno o malo, en las nubes, en las tempestades, en los animales feroces, en los árboles y en las plantas. Entonces inventaron la idea de que ‘la naturaleza es mala’. Sin embargo, después vino una época —la de Rousseau— en la que el hombre se quiso diferenciar de la naturaleza. Tan hartos estaban los hombres de sí mismos que quisieron disponer de un rincón al que no pudiera llegar la miseria humana. Fue entonces cuando inventaron la idea de que ‘la naturaleza es buena’”.

Rubén Wisotzki