ASÍ DE SENCILLO | Moisés

Maritza Cabello

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Era la única preñada del mundo, por lo menos, así lo sentía. Solo le importaba el Ser que llevaba en su vientre. Esa sensación de vida, esa conexión divina. Sentía la fuerza masculina, no había dudas ni ecosonograma ni abuela que pusiera cucharas en vez de cuchillo para que la embarazada se sentara. Nada. Ella siempre supo que gestaba un hombre.

Su cuerpo se preparó para dar la bienvenida a su Moisés, ese que se abrirá caminos para vivir la vida en equilibrio, porque ella se lo enseñará.

Su piel brillaba, su cabello resplandecía y sus tetas se prepararon para dar la leche vital. No había mujer más hermosa sobre la tierra, por lo menos, así lo sentía.

Desde el cajón de sus recuerdos afloraron todos los cantos y cuentos infantiles que se sabía y los que no, también. Los repetía en su pensamiento para que solo Moisés escuchara, como un secreto entre los dos.

Abrazaba orgullosa su vientre crecido y conversaba con su negrito, así lo imaginaba ¡Negro!

Soñaba con su bebé de cabello rizado y la piel heredada de los ancestros ¡Negra!

Así transcurrieron las nueve lunas exactas, entre juegos, alegría y “Qué bonita estás“ “Ese es varón, porque cuando la mujer se pone bonita, es varón”.

Entonces, Moisés, que es muy educado y no le gusta molestar a nadie, llegó calladito. Ella no sintió los dolores ni dramas que les contaban las tías y cuñadas. Nada.

Solo sintió un ardor conjuntamente con un sonido gelatinoso, acompañado del llanto del recién nacido.

-Mira tu bebé. Le dijo la doctora mientras le entregaba al niño.

Ella lo vió sorprendida y expresó:

-¡Es blanco!

Todo el personal médico rió.

-¿Cómo lo quieres, pues? Dijo una enfermera entre risas.

-Negro. Moisés es negro. Respondió la madre muy segura.

-No te preocupes, que zamuro nace blanco. Ya verás que cada día se va a ir oscureciendo.
La enfermera no se equivocó, pero no llegó a ser negro sino un tostado brillante y atractivo.

Tuvo su Moisés entre sus brazos, su maní tostado, mamando su néctar de vida, su leche sagrada.

Ahora le cantaba mientras se miraban, mientras se reconocían y se contaban las andanzas de otras vidas, mientras se sentían uno al otro. Madre e hijo en conexión divina.

Así esa mujer parió un hombre. No un hombre más. No cualquier hombre. Parió a Moisés.

Maritza Cabello