La Caraqueñidad | Aparecidos en la Plaza Bolívar

0
Las plazas no escapan del imaginario popular

A veces no es bueno tanto escepticismo. Hay que creer en vainas. Cuando usted transite por las cercanías de la Plaza Bolívar de Caracas, cuídese, prepare su crucifijo porque aunque se haga el loco seguramente sentirá raros escalofríos por los influjos que desde el más allá llegan como almas en pena que pretenden redimirse y recoger sus últimos pasos, los que tristemente las desterraron de este plano hace un bojote de años.

El imaginario criollo mucha tela ha cortado sobre el espectral tema: el muerto de Gradillas, el Enano de La Torre, el o los muertos de la Casa Amarilla, el fantasma del independentista José María España o del mismísimo Simón de Bolívar, alias El Viejo… y quién sabe cuántos más.

Son incontables las víctimas de la funesta política impuesta por la Corona española en esos días en los que este territorio era apenas una Capitanía –nada de Venezuela libre– una guinda más de ese imperio plenipotenciario, invasor, expoliador y asesino.

Mucha gente murió a causa de inanición y/o torturas en las cárceles caraqueñas –que todas quedaban alrededor de la otrora Plaza Mayor, ahora Plaza Bolívar–, otros a causa de enfermedades como la viruela y otros tantos que ni siquiera aparecen en registros oficiales pero que muchos cronistas referencian.

Algunos dejaron sus fuerzas y hasta la vida como mano de obra cuando construían el casco histórico. Y otros se fueron víctimas de los poderosos terremotos caraqueños como el de San Bernabé en 1641 o el más famoso de 1812 cuando Bolívar retó a la naturaleza.

Sucede que esas almas, al parecer, buscan paz eterna, descanso total y por eso son incesantes sus apariciones, gemidos y espeluznantes llantos extraterrenales que hacen eco con la solitaria estatua ecuestre del Padre de la Patria.

¿Cárceles en pleno centro?

La Casa Amarilla –de ese color en armonía con el Partido Liberal de Francisco Linares Alcántara, su primer huésped como presidente en 1877–, ahí mismo donde está ahorita, mucho antes de fungir como sede de la Cancillería, había dado vida a varias instituciones gubernamentales incluyendo la residencia presidencial. Previamente fue una importante prisión que terminó constituyéndose en la Cárcel Real según decreto del rey español. Quien allí purgaba condena difícilmente salía para contarlo. Fueron públicas las torturas y métodos que hoy encabezarían informes internacionales sobre violación de los derechos humanos. Usaban grillos, cadenas, palizas, hambre forzada, y dejaban morir de mengua a quienes padecieran cualquier enfermedad, a manera de escarmiento para todo quien osase alzar su voz –y más sus acciones– contra los intereses de ultramar.

Era reclusorio de los considerados más peligrosos, los que se oponían al régimen y los delincuentes comunes, rateros de poca monta que eran prácticamente abandonados o preferiblemente torturados hasta exprimir sus últimos suspiros. Lamentos que son escuchados por los actuales empleados de la Cancillería. En la biblioteca, en los salones principales, en todos lados hay un fantasma recordando ese rudo pasado.

Por su parte, funcionarios corruptos o presos privilegiados eran tratados con cierta benevolencia y les daban casa por cárcel; siempre en los alrededores de la Plaza Mayor, sencillamente porque Caracas no pasaba de allí, pues.

Ese fue el caso del abuelo en quinta generación del Libertador, don Simón de Bolívar, apodado El Procurador y El Viejo, acusado y despojado de sus bienes por el sucesor en la administración de los bienes públicos, Sancho de Alquiza. Comprobada la inocencia del primero de los Bolívar en Venezuela, fue exonerado y pensionado por la Corona. Dicen que El Viejo sale para asustar a los neocorruptos pero ha perdido efectividad.

Barbarie pública

Cuando José María España, socio de Pedro Gual –autores intelectuales de la conspiración de Gual y España– fue literalmente arrastrado, atado a la cola de un caballo, desde su reclusorio hasta el cadalso en la Plaza Mayor, los realistas obligaron a los maestros que ordenaran a sus alumnos presenciar el dantesco proceso que culminó con el ahorcamiento, decapitación, desmembramiento y fritura de la cabeza del líder libertario, para amedrentar a quienes tan solo pensaran algo contra la monarquía. No conformes con ello, las partes de la víctima fueron esparcidas y exhibidas en distintos sectores de la capital y de La Guaira… sitios donde aún se captan sus quejas.

Cuentos y rumores

Otros hechos horripilantes sucedidos en los alrededores de aquella Plaza Mayor dieron pie a una serie de infundios y creencias extrañas acerca de apariciones que dicen presente cuando se pasa asistencia entre los personajes que conforman la rica historia caraqueña.

El muerto de Gradillas tiene hasta una guaracha –más sabrosa que el carajo que le hizo Billo­–, una cuadra más arriba sale el Enano de la Torre, que pide fuego para encender su cigarrillo y quien lo auxilie verá cómo crece hasta el infinito con risa macabra convidándolo al fuego eterno del infierno. En las esquinas de San Jacinto, Principal, El Conde, Sociedad y sus adyacencias espanta el fantasma de la vendedora de conservas y El Carretón, que no era más que el carruaje de algún amante clandestino que prefería la oscuridad de las noches para mimetizar sus intenciones… Asimismo transcurren las temidas historias de tantos otros personajes que le dieron vida a la evolución de aquel asentamiento que de semirrural pasó a esta moderna metrópoli donde hoy asustan más los vivos, sobre todo esos maleantes dueños de las noches y de la paz de los caraqueños.

No sea escéptico. Y recuerde, quieto es quieto. No invente. Si es un fantasma no pasará de poner su piel de gallina y un sustico. Pero si le sale un muerto vivo la cosa se puede complicar…

Ciudad CCS / Luis Martín