LIBROS LIBRES | William Osuna y la epopeya caraqueña

Gabriel Jiménez Emán

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De los poetas de mi generación, con uno de quienes más me he identificado es William Osuna (1948). Primero porque William se inventó un lenguaje (un idiolecto, lo llaman los lingüistas) propio para conversar consigo mismo, con los demás y con la ciudad como si esta fuera otro personaje, o una presencia que se lleva dentro. El modo en que él aborda el asunto de la poesía es mediante un diálogo con el habla de la gente de Caracas, mediante una suerte de argot criollo que puede contener las expresiones más ricas o insólitas. Sus modos de expresarse en la cotidianidad y en la intimidad son transmitidos al lector sin medias tintas, asumidos completamente en su lenguaje. Esa frescura se la debe, quizá, al profundo afecto y orgullo que experimenta hacia su urbe. Sólo hay que verlo a William caminando y batiendo su abundante melena mientras atraviesa las avenidas caraqueñas, o cuando llega a los bares en busca de conversa, en ese diálogo cambiante que mantiene; de ese diálogo surgen chispazos de frescura lingüística verdaderamente asombrosos: “En este verano seré como un papagayo / bajo lluvia, correrán por la pasarela / vampiros y bestiarios. / La chaqueta se llevará con doble llave de corazón. / Terciopelo hermético y ola marina, avecica de frío hule”, nos dice en su poema Modas.

Desde que publicó Estos 81, en 1978, se advirtió en él una voz nueva, que refrendó en su magistral Si yo fuera un poeta, un buen poeta (1978). De ahí en adelante, William no cesó de hilar su canto al espacio citadino, a las taguaras, al barrio, al Guaire, al duro hacer, a esa epopeya de cotidianidad que se experimenta a diario, y él ha sabido reflejar en sus libros Antología de la mala calle (1993) y Epopeya del Guaire y otros poemas (2003). En Miré los muros de la patria mía (2008) escribió: “Fraterno Gabriel, aquí voy entre estos muros y patria”, 27-01-2014.

Conocí a William cuando compartía labores editoriales en la Revista Nacional de Cultura –en verdad nuestra gran escuela editorial– seguida de Imagen y Monte Ávila Editores. Después él asumió otros deberes en A plena Voz y en El perro y La rana y luego en la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, donde hemos compartido momentos de trabajo e investigación cultural y periodística.

Quiero decir con una mano en el corazón y la otra alzando mi copa rebosante de vino y amistad, que admiro la personalidad poética y humana de William Osuna: osada y jovial, aguda y cálida a un tiempo.

Evoco grandes alegrías y parrandas bohemias en Sabana Grande y Las Mercedes, La Candelaria, la avenida Panteón y el Centro Simón Bolívar: de aquellas conversas de donde siempre salen chispazos maravillosas, recuerdos y utopías, exaltaciones y cercanía de amigos (Elí Galindo, Eleazar León, Ricardo Domínguez, Armando Contreras, Héctor Seijas, José Javier Sánchez, Róger Herrera, Julián Márquez) de todas las musas reales e imaginarias, y también de aquellas canciones, blues, tangos, boleros y rocanroles que entonamos en las inolvidables tabernas.

Gabriel Jiménez Emán