CRÓNICAS Y DELIRIOS | ¡Salve, Aníbal!

Igor Delgado Senior

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Por cuanto el 12 de este mes de septiembre se cumplieron 93 años del natalicio de Aníbal Nazoa, nos permitimos insertar las palabras que pronunciamos a finales del viejo siglo XX en el homenaje rendido por el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) al inolvidable humorista:

En provecho de la equilibrada verdad, debo expresar que yo sobro en los formales actos de homenaje, eventos cuya naturaleza impone una sindéresis que me falta. Sobro, pues, en la zozobra de la circunstancia, como dice el lugar común, porque no puedo cumplir en esta oportunidad la norma protocolaria de un discurso objetivo, fino, lleno de tonos huecos, de ésos que comienzan con un «Señoras y caballeros” y terminan dando un millardo de gracias al público asistente (público que muchas veces despierta de la perorata para colmar de aplausos el salón y volcarse de inmediato en las sabrosuras del brindis y los tequeños).

No puedo tales cumplimientos de formalidad, y me resisto a ellos como un solo hombre-compatrioto-varón-masculino, porque Aníbal Nazoa es un padre mayor del humorismo, un hermano de mis días alegres, un inquebrantable compañero de ruta y un ejemplo vivo de firmezas ideológicas. ¿Comprenden, entonces, mi problema cartesiano de descartar un discurso cursi? ¿Entienden, amigos, por qué no me debo al sano juicio de ocasión? ¿Comparten el rechazo a la caterva de adjetivos encomiásticos? Vuelvo mi vista atrás, en retroceso de años, y ahí están Aníbal y Kotepa, Kotepa y Aníbal, alegrando el mundo con su sorna altiva, con su festividad profunda, con sus quimeras de justicia y porvenir. Siempre a piel de risas, siempre a vocablos de batallas humanas.

Perdí la mañosa cuenta del tiempo que lo conozco, pero recuerdo sí que antes de habituarme a la presencia de su miopía de carey, lo admiraba por aquellas crónicas en El Tocador de las Señoras, El Fóforo y una Señora en Apuros. Y luego, cuando lo vi a escasos palmos de su arbitrario enfoque de espejuelos (“¡Aníbal, éste es mi hijo!”, señaló Kotepa), las flacas piernas me flaquearon y la admiración se convirtió en una juvenil promesa de amistad: las calendas han demostrado que no equivoqué el rumbo exacto de los sentimientos.

Por más que uno gaste meditaciones y neuronas sobre las causas individuales del humor, o sea, qué origina el embadurne de páginas regocijantes, nunca logrará la explicación. Quizás problema de alquimia y genes, quizás una manera dislocada de considerar el universo. Sin embargo, en mi propio caso, aparte de la herencia kotepiana, debo la ventisca del gracejo a las enseñanzas de un irrepetible conjunto de humoristas que formaba filas en la Pava Macha: Kotepa, por supuesto, Aquiles y Aníbal Nazoa, Pedro León Zapata, Luis Britto, Jaime Ballestas, Claudio Cedeño, Régulo Pérez, León Levy, Manuel Caballero…

Yo, con tímido porte sin armas, iba a las reuniones de la mano de mi padre (él era el director del periódico y nadie podía negarme el derecho de colearme), y en esos encuentros -especie de ritos sagrados de la inteligencia, de verbenas hilarantes, de agudísimas kermesses- empecé a aprender y comprender los etéreos secretos del humor. La ponzoña de los maestros me inoculó su veneno amable y ya no hubo remedio en las farmacias de la seriedad.

Pienso que un humorista de excelencia, por encima de vacuas calificaciones, precisa conjugar tres requisitos: ingenio para la gracia, extensa cultura y una ética inquebrantable. Aníbal Nazoa se ganó el Kino vital porque posee todos los números del talento chistoso, ha leído desde Balzac hasta Balza (incluyendo los 69 volúmenes ilustrados de la Historia del Deporte), y su existencia es una recta -sola y sólida- de procederes ideológicos.

Como prueba está él mismo, en cuerpo presente, y las miles de cuartillas que ha escrito para nosotros, pues sus libros contienen espejos subterráneos de sabiduría, jocundia y observación. En Las Artes y los Oficios nos otorga la perspicaz mirada de quien desmenuza el entorno cotidiano, en La Palabra de Hoy nos irradia la radiografía del idioma; en Entre Latinos y Americanos defiende la combativa prestancia de nuestros pueblos, y en Las Obras Incompletas incluye una vasta parodia sobre los géneros y sus degeneraciones.

Kotepa, que se creía dueño de la inmortalidad de los cangrejos y las “cangrejas”, le comentaba en chanza a Aníbal: “¡Tengo lista tu nota necrológica y me quedó excelente!”. Por razones vetustas, Kotepa murió sin elaborar el encomio luctuoso, pero escribió el prólogo a la primera edición de Las Artes y los Oficios, y allí expresaba: “Aníbal sabe de todo un poco. Parece hijo del señor Espasa, el de la Enciclopedia, o que se hubiera criado en la casa de la familia Salvat. A veces habla de cosas superficiales con tanta profundidad (por ejemplo de quesos y vinos) que uno se pregunta cómo es posible que Aníbal haya perdido tanto tiempo en aprender cosas tan inútiles… Aníbal Nazoa es sin disputa uno de nuestros grandes humoristas. Está entre la media docena de venezolanos que poseen en alto grado esa cualidad que tan admirable, rara y escasa encontraba el señor del Lobo Estepario”.

Kotepa hubiera deseado encontrarse en este acto de homenaje para decir: “¡Salve Aníbal, te salvaste de mi nota necrológica!”; y nosotros agregamos: “Feliz tú, Aníbal, que por los mareos de la laberintitis ya no necesitas gastar en escoceses doce años”. Larga vida, Aníbal padre, Aníbal maestro, Aníbal hermano.

Igor Delgado Senior