DATE CON LA CIENCIA | Un libro para pensar

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto

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Investigaciones sugieren un cambio de rumbo para salvar la vida en el planeta

“En los días que corren,
particularmente desde que se produjo
el derrumbe de la Unión Soviética,
ha cobrado nuevo impulso esta,
que es la palabra de hoy, utopía.
Todos hablan de la utopía y las utopías.
Cada quien tiene su utopía,
caballito de batalla de los políticos,
predicadores religiosos y
aspirantes a reformadores sociales”.
Aníbal Nazoa, en La palabra de hoy.

La caída del muro de Berlín, en 1989, generó una brecha entre aquellas personas que hasta ese momento se definieron de izquierda y defendían el socialismo. Se impuso un discurso según el cual el capitalismo emergía triunfante y las experiencias socialistas se mostraban como fracasos. Era el triunfo sobre el “autoritarismo” y sobre un modelo que, en última instancia, según ese discurso, había dejado un legado de impacto y desastre ambiental generalizado. Se produjo dentro de la izquierda, una brecha entre un sector que mitificaba al socialismo y negaba sus errores y fracasos, y otro que satanizó la experiencia del socialismo real cayendo en la trampa del lenguaje mediático neoliberal e ideas como la del fin de la historia.

Hoy, es casi un lugar común hablar del daño ambiental que se produjo en los Estados socialistas. Se asume como una verdad, pero sin mayores análisis que evalúen cómo era la situación en esos países cuando la experiencia socialista comenzó, sin cuantificar el verdadero impacto ambiental ni mucho menos comparar situaciones equivalentes en Estados capitalistas, hayan sido democracias liberales o dictaduras militares.

Es así como se menciona el accidente nuclear de Chernobyl y se coloca como ejemplo del daño que un sistema socialista puede causar en el ambiente, pero cuando se habla del accidente en Bhopal o en Fukushima nadie le atribuye su causa al sistema capitalista del país en donde se produjo la tragedia.

Una vez más nos encontramos con la imposición de relatos que de tanto repetir se convierten en verdad, pero que, en honor a la verdad, requieren de estudio, análisis e investigación. Un estudio de este tipo es, justamente, lo que nos ofrece el investigador italiano Salvatore Engel di Mauro en su libro Estados socialistas y el ambiente, a cuya presentación fuimos invitados esta misma semana.

Engel di Mauro comienza aclarando que no existe una definición monolítica de Estado socialista. Las múltiples lecturas hacen que un análisis que coloque como una sola realidad a los diferentes Estados que se autodefinieron socialistas sea un análisis superficial. La Unión Soviética, por ejemplo, duró 70 años; tuvo un pasado imperial y desarrolló una fuerte industria. Burkina Faso, por otro lado, duró 3 años; fue víctima de la colonización europea y del acoso de los poderes neocolonialistas, luego de alcanzar su Independencia. Hungría, Polonia, Congo, Vietnam, Corea del Norte, Cuba, Bolivia, Venezuela son realidades muy diferentes que Salvatore Engel di Mauro comenta y visibiliza, sin juicios prematuros, aportando elementos de reflexión al momento de evaluar lo que fue el socialismo real durante el siglo XX, así como las experiencias que sobrevivieron al siglo o emergieron en este siglo XXI.

La investigación refleja datos muy interesantes que compara indicadores, tales como emisiones de CO2 o metano, y demuestra cómo son y han sido históricamente menores en los Estados socialistas. El autor se detiene a valorar políticas de protección de especies y áreas, y enmarca su análisis en contexto histórico y geopolítico. Aunque él mismo se autoidentifica como alguien de izquierda, el análisis que realiza lo hace sin prejuicios ni complejos: no romantiza ni mistifica las experiencias socialistas, mas tampoco las sataniza.

La importancia de este tipo de estudio es aportar elementos que nos permitan aprender de las experiencias con sus logros y desaciertos, y no caer en análisis superficiales y nihilistas que hacen que, por ejemplo, un sector de la izquierda latinoamericana haya atacado las políticas de Evo Morales por extractivistas, pero no se hayan pronunciado en contra del golpe de Estado, a pesar de que iba dirigido a controlar la extracción de recursos de manera generalizada y destructiva.

La evidencia científica revela que el planeta está en peligro, y es el sistema económico dominante, el capitalismo, el causante. En los Estados socialistas también hubo y hay impactos ambientales; sin embargo, un análisis detallado revelará que, en su mayoría, el impacto lo está produciendo el modelo productivista propio del capitalismo y que, en esencia, se repitió en los Estados socialistas. La propiedad de los medios de producción cambió de manos, pero la visión moderna —que separó al humano de la naturaleza y que ve la historia como procesos lineales que llevan del “atraso” al “progreso”, de la “barbarie” a la “civilización”, del “subdesarrollo” al “desarrollo”— es la base del problema. Un cambio de rumbo es necesario. Por consiguiente, debemos estudiar y evaluar las experiencias de cambios que ha habido y que se están dando para elaborar teorías propias y en la praxis ir construyendo, con pie firme, una sociedad diferente, justa, igualitaria y perdurable.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto