PARABIÉN | Bum

Rubén Wisotzki

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1.

Bum. En plena noche, interrumpiendo los pausados avisos del búho, bum. “Se ve poco y nada”, sería una construcción errada. Mejor “se ve nada, si acaso un poco”, es lo más adecuado en este manto nocturno que le da por estos lados la bienvenida al otoño. Y, entonces, bum. Así es imposible dormir, coincidimos con Laszlo y Vincent, con un bum cronometrado, protagonizando el mejor corte entre un silencio y otro.

El bum en cuestión es un aparato sonoro al que recurren algunos granjeros para espantar a los lobos, quienes, hambrientos, se acercan en la oscurana a los terrenos donde están las cabras y las ovejas. Es frecuente por estas montañas descubrir en los amaneceres cuerpos mutilados, desmembrados, desangrados, de indefensos animales, sorprendidos por las fauces de los depredadores. Para ellos, los atacantes, bum. Como hay leyes muy estrictas en torno a las preservaciones de especies salvajes en las montañas, para algunos no queda otra sino bum.

2.

Ya se acabó la vida bucólica, querido Rubén sentencia Laszlo mientras, -bum-, se cerciora que la estufa quema adecuadamente las primeras leñas de esta temporada. Bum y bum. Esto no puede quedar así dice Marie, la pareja de Vincent, saliendo zombie de su cuarto, mientras arrastra su manta que le brinda una imagen divina de una Magdalena santa. Y bum.

¿Y qué puede quedar así?, se pregunta uno. ¿Hay algo acaso hoy en día, lo que sea, que alcance su estado ideal? ¿Hay algo, lo que sea, una alegría, un odio, un rencor, una tranquilidad, que alcanza tal nivel óptimo, casi perfeccionamiento, que podría expresarse, como se dice con un buen quesillo: “ahora sí, está en su punto”. Otro bum, más bum.

“Ya se acabó la vida bucólica”, la frase misma en sí, forma parte de una larga lista de clichés, de esas frases comunes que engrosan, o más bien adelgazan, desde la negación, nuestra cada vez más reducida acción social. “Ya no se tienen veinte”, “ya no vale la pena esforzarse más”, “ya tá bueno ya”, “ya no hay marcha atrás”, “ya se pasa de castaño oscuro”, “ya es mañana”, y otras que ahora no se aparecen cuando se escribe esto, pero que todos sabemos de ellas porque forman parte de nuestro decir diario.

3.

Bucólico-Cólico.
Vida bucólica: cuando se enaltece la forma de vida que se lleva en un campo.
Cólico: dolor en el vientre, debido al cierre u oclusión de un órgano interno.
cierre o estrechamiento.

Cerramos el diccionario y nos quedamos pensando. En este caso, donde el juego de palabras relaciona instantáneamente dos cosas supuestamente inconexas, pero “musicalmente” tan cercanas, ¿podríamos entender al espíritu (al que invocamos cuando andamos disminuidos de vida) como un órgano interno que, siendo por esencia un desborde, algo inabarcable, imposible de estrechar, puede al mismo tiempo reducirse, restringirse y/o plegarse sobre sí mismo? ¿O sencillamente hace bum, pero ya no como la caja de ruido que usan algunos granjeros para ahuyentar a los lobos, sino como explosión y punto final?

4.

No llegamos tan arriba, tan lejos de todo, en la montaña, para este bum y bum todas las noches reitera Laszlo por enésima vez, derrotado como pocos, inmerso como protagonista en el fin de la vida bucólica. Fíjate esas maripositas blancas que tanto tú admiras, son las mariposas de col y se llaman así por eso mismo, porque les encanta comerse los vegetales que nosotros plantamos, libres de sulfato, nitrógeno y otros químicos

Bum, suena allá a lo lejos, por donde las laderas ocultan sus misterios.

O fíjate en los caracoles, esos bichitos que llevan su casa a cuestas, pero que arrasan junto a las babosas con los sembradíos

Bum, suena acá, muy cerca, en los corazones.

Y bum en el bosque.

5.

Razones no les faltan a los descorazonados. Pero también, a veces, les sobran, tienen de más. Como si se tratara de un exceso, de un absceso. Cada latido puede ser un bum. Y también cada bum puede ser un aliento. El bosque organiza sus sonidos naturales y modula sus decibeles excepcionalmente. Y lo hace a partir del silencio. Toda la naturaleza vegetal y animal se orquesta de tal manera que los sonidos, si se saben escuchar, no se superponen, no se anulan, no se desafían. Por el contrario, afinadas las especies como notables instrumentistas, entran y salen del espacio auditivo del visitante con un orden tal que el concierto armoniza con la ensoñación bucólica.

Bum en el bosque.

6.

Cuando el búho habla, todos callan. Cuando un ave reclama, las otras escuchan, y cuando canta, las otras acompañan como segunda voz o coro. Cuando sopla el viento solamente responden las ramas más altas. Cuando el zorro quiebra en su pisada una raíz, las hojas secas que la tapan acompañan el paso con un eco seco, corto, pero necesario. Cuando el ciervo huele, que lo hace de manera poderosa, el indetectable sonido (para los humanos) que hacen las pequeñísimas gotas que fluyen de su húmedo hocico al asomarse y buscar la tierra, se paralizan los insectos que hurgan en su piel. Cuando la bruma baja el cielo baja, y no hay ruido de hacha porque la madera no cruje sino en ceremonia.

Bum en el bosque. Mejor sea un bum, aunque chiquitico, en uno. Para bien.

Rubén Wisotzki