EstoyAlmado | El grillo ultrasónico

Manuel Palma

0

Había una vez un grillo llamado Ernesto, que ya estaba listo para comenzar su adultez. Después de varias mudas, en su metamorfosis pasó de ninfa a adulto. Se le podían ver las alas maduras, fuertes y puyúas para emitir esa peculiar melodía que atormenta a los humanos por las noches, pero que enamora a los grillos hembra.

Aunque el grillo Ernesto, estaba preparado, no sabía por dónde comenzar. Pero recordó que siendo aún grillito, una vez su abuelo le dijo que el mejor cortejo se iniciaba en los lugares más iluminados. Entonces, se apresuró a buscar uno. Lo más alumbrados eran las casas habitadas por unos humanos caucásicos, altos, ataviados con saco y corbata, que ejercían labores diplomáticas en la capital de una isla en el Caribe, la mayor de las Antillas.

Esa misma noche el grillo Ernesto empezó a frotar sus alas produciendo un sonido chirriante que no pasa inadvertido ni siquiera en los humanos que trataban de dormir. Tras salir el sol, el grillo Ernesto andaba decepcionado, pues no había podido aparearse. Ninguna hembra se le había acercado, ninguna hembra se comió sus alas como siempre ocurre cuando no quiere que otra se acerque al grillo ocupado.

Tal vez fue la intensidad del cri-cri; quizás fue muy alta y acelerada para la primera noche. Gajes de la inexperiencia. Aún así sus persistentes y perturbadores chirridos no pasaron inadvertidos en los humanos que habitaban aquellas enormes casas iluminadas y muy custodiadas.

Los homo sapiens dicen haber sufrido mareos, dolores de cabeza, presión en los oídos, confusión, náuseas, pérdida de equilibrio y, por supuesto, insomnio. Estaban desconcertados. El grillo Ernesto no dejaba de mirarlos, asombrado de lo que parecía haber causado su cantar. Pensaba que con un poco de descanso se les pasarían esos malestares a esos humanos, bichos raros. A todas luces, no dormir bien desgasta. Por algo la abuela de Ernesto le decía que el sueño era la mitad de la vida.

Dormir. Eso justamente quería hacer el grillo Ernesto. Estaba cansado por la faena nocturna, y mientras se disponía a descansar le parecía insólito que solo había provocado problemas de salud en humanos, y ninguna atracción en alguna compañera.

Pero no se amilanó

A la noche siguiente frotaba sus alas a ver qué pasaba. El bajo o alto sonido de los grillos siempre depende del clima. Generalmente es más intenso y acelerado en verano; en cambio, en temporada lluviosa se escucha más bajo y pausado. Como en la isla antillana hacía calor, el grillo Ernesto parecía un tenor en busca de su amada.

Una noche algo le preocupó. Había más humanos enfermos a causa de sus chirridos. Se contaban más de 200 y algunos presos del pánico hasta se regresaron a su país de origen en el norte. En una ola de histeria, los medios bautizaron aquello como el “síndrome de la isla”. El grillo no hacía más que pensar en su final, sabía lo violentos que podían ser los humanos. Sabía que podían declararle una guerra a los grillos y extinguirlos como ha sucedido con otras especies animales. No sería la primera vez. De otras latitudes se escuchan cuentos similares. Su abuelo cuenta que lo mismo ocurrió con su antigua generación que vivía en los cultivos de maíz y alfalfa en el sur. Pájaros de hierro con aspas rociaron glifosato desde el cielo. No hubo escapatoria para sus paisanos en aquella región de vallenatos.

Con ese antecedente, el grillo Ernesto esperaba lo peor. Así que por supervivencia se ausentó algunas noches, pero pronto volvió, pues sus escasas 40 noches de ciclo reproductivo no le dejaban muchas opciones. Impulsado más por temor que por placer, regresó a las casas iluminadas. Cuando llegó, otros grillos tenían un concierto a cielo abierto, cerquitica de los ventanales de las casas iluminadas. Entre salto y salto se calmó, pues notó que a los humanos poco les interesaba los grillos, y mucho menos los asociaban con el famoso “síndrome de la isla”.

Había ocurrido lo impensable: en su capacidad de fantasear, los humanos creían haber enfermado tras recibir rayos ultrasónicos selectivos que les causaron una conmoción cerebral y graves afecciones de salud. ¿Quién podía creer eso? El grillo Ernesto quedó, una vez más, atónito cuando supo que los humanos lo llamaban “ataque acústico”, una suerte de disparo vía microondas dirigido selectivamente con precisión a las cabezas de aquellos caucásicos diplomáticos. Nadie más resultó afectado en una isla de 11 millones de personas.

En el fondo, el grillo Ernesto estaba aliviado porque los humanos caucásicos del norte se hubieran distraído con una tesis fabricada por ellos mismos para acusar a sus pares caribeños de la isla antillana. Eso le dio suficiente tiempo para encontrar a Lucía, en una noche de luna llena, y así no frotar más sus alas cerca de aquellas casas. Después de eso, no profirió más chirridos.

Para cuando los científicos humanos descubrieron la mentira del ataque acústico, el grillo Ernesto ya le contaba a sus nietos la historia de un súper Grillo con poderes ultrasónicos, capaz de enloquecer en el Caribe a los visitantes supuestamente más desarrollados del planeta.

Manuel Palma | @mpalmac