VITRINA DE NIMIEDADES | Enseñar desde la ruptura

Rosa Pellegrino

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Antes de saber leer y escribir, es muy probable que muchos de nosotros aprendiéramos que existen los límites. Una caída, un golpe, un regaño o un susto: las travesuras de la infancia van revelando esas tenues líneas entre lo seguro y lo peligroso, lo permitido y lo prohibido. Desde ahí, comienza también la lucha por respetar o romper esas fronteras, algo que parece más un asunto de temperamentos. Pero cuando se ejerce Periodismo, las fronteras en los discursos comunicacionales son vitales, aunque la dictadura del algoritmo disfruta un montón borrándolos, sobre todo si eso puede generar dinero.

Hagamos un ejercicio muy sencillo revisando el timeline de cualquier red social, la que elija. Ahí conseguirá una ensalada: una noticia seguida de publicidad, una opinión, un insulto, una mentira, un chisme y un chiste, por ejemplo. Así, uno tras otro, sin control. Va llegando de todo y uno va consumiendo ese cúmulo de información en cápsulas, deteniéndose en aquello que puede llamarle la atención. Unas veces, será la noticia; otras, el chisme aquel de la figura pública en una salida nocturna, y unas cuantas veces el gancho lo tendrá la fake news que se le atravesó en ese instante.

Todo eso va en cascada, según las interacciones de otros usuarios con esos contenidos, pero sin los límites claros entre un mensaje y otro. Y si revisamos cada publicación, pues la mezcla es mucho más impactante: puede leerse y verse la historia de la fiesta de un artista. Uno va sintiéndose un gran invitado hasta que al final del mensaje descubre que la torta deliciosa y hermosa la hizo @pastelerialaquequiera, la decoración es de @fiestasparaloquesalga y la pinta que lució se consigue en @tiendaparavertepoderosx. Ah, las uñas de las invitadas fueron arregladas por @acrílicasdeacero. No es intimidad, es publicidad.

Uno de los problemas de estudiar y enseñar sobre comunicación, especialmente sobre Periodismo, está en esa mezcla deliberada de marketing, información, opinión y por qué no, artes escénicas en que se están convirtiendo las plataformas digitales, y que permean ocasionalmente hacia los medios tradicionales, donde aparentemente (repetimos: aparentemente) los límites discursivos parecen mejor definidos.

Y no es que las narrativas no puedan cruzarse y aprovecharse para los propósitos que se plantean en un producto comunicacional. Hay redacciones periodísticas donde se construyen trabajos informativos desde la gamificación, la lógica discursiva de los videojuegos. No es nuevo y no es descabellado, es una forma de conectar con nuevas audiencias. El problema viene cuando algunos pretenden competir con el marketing para hacer visible un contenido periodístico.
Cuando leemos “Mire lo que el ministro X sobre tal situación” o “Impactante: Así quedaron las tarifas del aseo” no necesariamente nos están invitando a leer ese contenido. Nos publicitan información que en sí misma tiene valor social, porque impacta en nuestras vidas y es vital para decidir. Si a pesar de eso toca publicitarlo, se podrá monetizar, pero no hacer periodismo.

Enseñar a nuevas generaciones de periodistas, expuestas a esta ensalada discursiva, no es apelar a los manuales. Muchos parecen escritos para no ser usados. Se trata de educar y fomentar el debate sobre la utilidad social de la comunicación pública, un valor que debería ayudarnos a dejar claros los límites entre la publicidad, el entretenimiento, la opinión y la información en tiempos de transformaciones avasallantes y de nuevos modelos de negocios. Lo contrario es alimentar la ruptura para institucionalizar la confusión.

Rosa Pellegrino