MICROMENTARIOS | Las malas hierbas

Armando José Sequera

0

Los seres humanos tendemos a valorar moralmente las cosas y los hechos, en función de si resultan favorables a nuestros intereses o no. Por eso, cuando hablamos de esas plantas silvestres que interfieren con los cultivos, las llamamos, despectivamente, malas hierbas. Se les acusa de disminuir el rendimiento de las siembras e interferir en las cosechas.

De animales como tigres, leones, pumas o leopardos, decimos que son fieras asesinas, si entran a una aldea y por hambre o defensa propia matan a seres humanos. En la mayoría de los casos, no tomamos en cuenta que somos los hombres quienes hemos ocupado el territorio natural de estos felinos y no al revés.

Igual ocurre con las malas hierbas. Todas han crecido libres durante cientos de milenios o millones de años, en los espacios que ahora utilizamos para la agricultura, y somos nosotros quienes las hemos invadido, no ellas a nosotros.

Sin embargo, la noción de que son malas nos lleva a considerarlas plagas vegetales y, por lo tanto, nos creemos con derecho a erradicarlas.

Tanto ha arraigado este concepto que a los jóvenes pobres y marginales aún se les aplica como denominación para significar que se trata de individuos que no sirven para nada. De hecho, la afirmación se fortalece negativamente al señalarse que se trata de mala simiente, conservando el símil vegetal.

Pero no es de la consideración moralista que hacemos de ciertas plantas, animales o personas que quiero hablar, sino de la enseñanza que podemos obtener de la existencia de tales malas hierbas.

Según los agricultores, estas plantas se caracterizan por su alta capacidad de dispersión, su gran persistencia y por ser muy competitivas. Vistas desde esta perspectiva, son un modelo de eficiencia. Tienen las cualidades que piden las industrias a sus empleados.

Si tomo en préstamo algún concepto moral, lo emplearé en el juicio contra las malas hierbas para alegar que ellas no tienen la culpa de resultar antipáticas al hombre o de no concederles beneficios. Simplemente, son y porque son están allí, donde siempre han estado.

Las malas hierbas solo reivindican con su presencia el derecho que tienen a seguir existiendo y considero que, si no las menospreciáramos como a las minorías étnicas, y nos tomáramos la molestia de estudiarlas, descubriríamos aplicaciones o capacidades maravillosas.

Y, aunque no sirvieran para ningún fin humano, su sola presencia en el mundo tiene sentido, como lo tienen la clausura de la tarde, las olas que con suavidad se deslizan sobre la piel del mar o un claro de luna, sin la música de Debussy de fondo.

Armando José Sequera