PUNTO Y SEGUIMOS | El grupito de Whatsapp

Mariel Carrillo García

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La mayoría de usuarios de Whatsapp pertenecen a uno o varios grupos dentro de la red social, varios de los cuales son prácticamente inevitables. Grupos de trabajo, de familia, de amigos, de padres y representantes, de compra y venta, vecinos y/o algún tema de interés particular. Esos que son más bien necesarios que voluntarios, suelen ser una pesadilla. No existe un código común y establecido socialmente, así que la gente hace lo que quiere o lo que individualmente considera permisible.

Están los usuarios activos, que saludan y envían bendiciones, imágenes religiosas, stickers, videos, “noticias” desde tempranas horas, y cuando decimos tempranas hablamos de la madrugada. Están los discutidores que expresan sus puntos de vista acerca de casi toda la información que se publica en el grupo, mismos que generalmente tienen una contraparte que siempre les retruca todo lo que dicen. Están quienes actúan como mediadores para cuando la cosa derrapa, hacen llamados a la paz, la moderación y la sindéresis. Hay otro perfil, el de la persona que jamás entra ni lee, ni revisa, pero que reenvía todo lo que le llega de, sí, otros grupos. Aportan material de relleno entre hilos de toma y dame, como para que a usted le toque pescar en río revuelto si tiene interés en seguir la conversa.

Tampoco falta el fanático de algo, que incrusta sus opiniones o reenvíos en donde nada tienen que ver. Cuando se les reclama, piden perdón, pero siempre recaen. Ni hablar del disociado de los grupos de no militantes; todo es culpa del maldito gobierno, de Maduro, de Chávez y de Diosdado. ¿Llovió y alguien comenta sobre el clima? los “diso” responderán cosas tipo: “Seguro se desborda el río (inexistente a veces), porque estos carajos acabaron con este país”; y le seguirán las respuestas de apoyo en los que los más enfermizos harán su terapia de descarga diaria. Los chavistas suelen obviar a este tipo de participante, cosa que les irrita bastante, por cierto. Esto puede cambiar en los grupos de familia ampliados, en los que se dan hasta con el tobo.

Por supuesto, están las mentes malévolas. Conocen a todos los integrantes y han analizado sus conductas, están al tanto de lo que se publica, pero solo intervienen en momentos puntuales, como por ejemplo, cuando el chat está tranquilo; o para ponerle picante a algo dicho por alguno de los opinadores; ahí es cuando mandan sus puyas, preguntas aparentemente inocentes, fotos aparentemente inocuas y comentarios irónicos e hilarantes. Saben que los fosforitos caerán y entonces se matarán de risa, porque esta vida ya es bastante dura.

También están los caídos de la mata. Esos que preguntan varias veces por una cosa que ya está publicada hace rato. Parece que es más fácil preguntar y repreguntar que revisar lo que ya está puesto. Nunca falta el alma caritativa que responde todas las veces, ni el alma hastiada que también lo hace, pero con hiel. Están los retrasados, que responden al periódico de ayer y los gráficos, que solo participan con stickers y emoticones. Algunos solo pasan a dejar bendiciones, cuatro cinco veces al día, y otros, los Joselo, que solo meten chistes, no siempre graciosos. Hay el desubicado que en grupos que no son de amigos varones del mismo corte, solo comparten contenido sexual implícito o explícito y chistes verdes; y ¿cómo no? los expertos en salud, que atiborran con información 100% no verificable sobre tratamientos y afecciones.

Finalmente, y dejando mucho por fuera, sabemos que están los fantasmas. Nunca escriben ni comentan a menos que sea estrictamente necesario o que se les inquiera de manera directa, tienen los grupos silenciados por un año (o lo máximo que de), pero revisan de vez en cuando para ver si hay información relevante y para liberar el valioso espacio del teléfono. Sin importar si cuadra con alguno o ninguno de estos tipos descritos, lo cierto es que estamos atados a la dictadura de las actuales formas de comunicación y relacionamiento, y que herramientas como los grupos de chats se han afianzado sobre todo en tiempos de pandemia.

Y si bien no todos los grupos son una completa pesadilla, lo cierto es que para ir creando códigos comunes, debemos ir adquiriendo aquello que la Unesco ha denominado Alfabetización Mediática e Informacional (AMI), es decir, la capacidad de disfrutar del derecho a la información a través del pensamiento crítico, con el conocimiento y manejo de las tecnologías, y con la conciencia del propio rol como ente comunicador; para así defendernos de la información basura, de los algoritmos, de los comportamientos programados y de la manipulación de corporaciones. Cómo actuamos en un grupo de Whatsapp puede parecer insignificante y hasta gracioso, pero no lo es, porque determina, de acuerdo a nuestra aproximación, si somos parte de la masa dormida, o de aquella que trata de despertar y vivir de manera más justa y equilibrada en este planeta interconectado.

Mariel Carrillo García