LETRA DESATADA | El peligro de ser nosotros

Mercedes Chacín

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Conocí a MD como manicurista. Luego accedí a que tocara mis pies. Más tarde se hizo experta en uñas postizas. Y en poner dibujitos. Un buen día, por allá en 2017, me dijo: “Me devuelvo a Colombia”. Ya me había comentado que con lo que ganaba aquí no le alcanzaba para mantenerse ella y enviarles plata a sus hijos. Que por cierto para ese momento eran ya un par de tarajallos. MD se vino de Colombia por la guerra y para que sus hijos no murieran de hambre. Y 25 años después, MD se regresó con todos sus peroles del oficio cosmético, que llegaron allá primero que ella. Me habló muchas veces de su futuro. Que no se veía envejeciendo en Colombia. No he tenido noticias de ella. En más de 20 años nunca la oí hablar mal de su país. Nunca habló de Colombia con amargura o con rabia.

Cuando se anunció con bombos y platillos el estreno de un producto cinematográfico llamado Chavismo, la peste del siglo XXI, entendí que la complejidad de la xenofobia, de la que somos víctimas en este momento en el planeta, tiene varios ingredientes. A MD la admiro porque es colombiana y está orgullosa de serlo. Y se me vienen a la cabeza nombres de personas que usaron el “me iría demasiado” y emigraron. La gente que se fue es diversa, de distintas clases sociales y distintos oficios. Por eso es tan grande la responsabilidad de la dirigencia de la oposición fascista y del Gobierno de Colombia (con la desvergüenza clavada en su corazón) en la siembra del odio contra nuestro gentilicio.

La primera ola de inmigrantes no llegó a pie. Poco a poco la clase media y media alta se fue trasladando a destinos elegidos, sin la urgencia de querer salir de un país asediado por el Gobierno de Estados Unidos (siempre hay que recordar que esto es público y notorio) y sin duda víctima de una campaña que empezó mucho antes de que desapareciera por primera vez el papel tualé de los anaqueles de los supermercados.

Quienes no podían pagar transporte aéreo decidieron salir del país a pie. La segunda ola. Y así los brazos se fueron cerrando para empezar a toparse con el muro de la xenofobia que ahora tiene un término que la supera en el termómetro de la discriminación: aporofobia. El odio a los pobres. Sabemos muy bien cómo se trata en el hermano país y en el mundo “civilizado” a los pobres.

Y aunque algunos frutos (como el diálogo en México) ya tiene este mundo que empieza a ser multipolar, el problema es que no hay forma de parar un volcán de odio. Eso explotó. No hay forma de parar esa lava. La tierra se encarga de decírnoslo. La industria cultural dejó de usar a los cubanos y a los rusos como ejemplos de terroristas: ahora somos los venezolanos y las venezolanas. Eso es lo único que pueden mostrar como obra, Julio Borges y sus cómplices. Su contribución a que nuestra nacionalidad sea suficiente motivo para arrebatarte el derecho a la vida. Yo creo que MD se regresa si tiene la oportunidad. Ella sabe cómo es allá y cómo es aquí. “Yo vengo de donde usted no ha ido”, dice el cantor, mientras el Orinoco y el Magdalena se abrazan. Sigamos.

Mercedes Chacín