PARABIÉN | De modos para que des contigo

Rubén Wisotzki

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1.

A ver, tú que escribes y ahora no hablas, escucha. Así habla Hannah, casi vikinga, mientras una lluvia, sin convencimiento alguno, –el agua de los tontos, el agua que no moja pero empapa, una agüita ahí, “la garúa, che” (la narren waser de por estos lados)–, moja los pinos de tal manera que parece las primeras partículas de una negada nevada.

Los que no escriben, pero hablan, y no escuchan, suelen generalmente hablar así. No necesitan ser procedentes de fiordos helados, de parajes donde el sol se oculta a las tres de la tarde por casi once meses, de sociedades calladas que sonríen porque hace falta. Lo mismo sucede con los habitantes de tierras cálidas  con aquellos habitados por unas marcadas cuatro estaciones, aún en cambio climático. La palabra de ellos es dura como la madera.

Personas así consideran que en nosotros, los que escribimos, recae la responsabilidad de fijar un hecho a través de la palabra. Quizás en ese detalle, en esa designación, de dudosa honra, recae más de un error de cómo se encadena la forja de un destino común. La palabra, posee el poder de ella, al menos la escrita, no habilita necesariamente al peso de la razón. Muchas veces la desluce, la destiñe, la rebaja.

En todo caso, y como el cielo baja a la tierra en estos días con sus nubes, ponemos la cafetera, agarramos el cuaderno y el lápiz, y en clara rendición de las circunstancias, escuchamos, transcribimos, escribimos.

2.

“Imagíname leyendo un libro, no importa cuál es ni cómo llegó a mis manos, –cálmate, no es Goethe ni tampoco ese que cargas como la Biblia, ¿cómo se llama? Saimon Roudrrríke, tampoco es un best seller, me conoces, pero sé que te gustaría, retrata un episodio histórico de estas tierras tan gastadas de tanto odio–. Como lo leo todas las noches el libro está al lado de mi cama, en la silla. Pero nunca, y esto me parece importante, nunca ha salido de mi habitación.

¿Te acuerdas de la muchacha, sobrina de Laszlo, que estuvo entre nosotros hace unos días? Sí, te acuerdas. ¿Y también te acuerdas que en su peregrinar aquí dejó su morral porque estaba aquejada de su espalda? También te acuerdas de eso, muy bien. Pues bien, de regreso, me llamó antier y me pidió que le acercara el morral al pueblo de abajo. Y con mucho gusto se lo llevé. De esto no te puedes acordar porque esa mañana estabas atendiendo a los becerros.

En el lugar concertado, antes de la ruta, nos encontramos. Ella estaba acompañada de un joven ucraniano que acababa de conocer en su periplo. Después de los saludos correspondientes, y sin saber qué hacer con esas dos almas que iluminaban el paisaje, les invité un café en el bar del pueblo, el único a kilómetros y kilómetros a la redonda, y de apenas cuatro mesitas. Sentados los tres, hablando de todo y de nada, él empezó a hablar, entusiasmadamente, de la obra que todos los días espera que yo me vaya a acostar para abrirse antes mis ojos.

La extraordinaria y feliz coincidencia, te destaco una vez más que el libro en cuestión no era un best seller, tampoco un clásico, ni uno de esos llamados grandes títulos de la literatura universal, es más, fue publicado en los años ochenta del siglo pasado y pasó más bien desapercibido por los lectores, hizo que el libro ocupara la mesita del bar de punta a punta.

Pero, y aquí viene lo culminante, si es que hasta ahora lo que te conté no es ya sobradamente fabuloso, es que en la mesita de al lado a la nuestra, había un hombre que se da vuelta y dice: «Qué bueno que les gustó el libro porque es la historia de mi padre…»
Salidos de la sorpresa, en realidad aún sigo sorprendida, por eso te lo cuento, el hombre se sienta en nuestra mesita e insiste en comprobarnos su afirmación. Obviamente, se sabía el libro, al menos hasta dónde llegué, mencionó y describió sin dudar todas las vicisitudes que viven los protagonistas, la trama de los capítulos detalle a detalle, y hasta exhibió su identificación para que no hubiese duda alguna de que la historia era la versión novelada de su progenitor, de su familia”.

“Pues bien, Rubén, lo dejo hasta ahí, ¿qué te parece? ¿No es asombroso?”

3.

Cuando se concatenan hechos; cuando coinciden, en similitud y consecuencia, acontecimientos; cuando se encadenan sucesos, inmediatamente muchos de los que estudiamos para saber cuánto es lo que ignoramos, nos solemos remitir a Jung y su sincronicidad y bien por nosotros que lo hacemos.

Pero si nos asomamos a la “Sincronicidad, Puente entre mente y materia”, de David Peat, también podemos respondernos algunas cosas (mientras, obviamente, nos preguntamos muchas otras más). Evidentemente, le dijimos que sí y fuimos con la rapidez que permiten unas rótulas gastadas por la ayuda del filósofo Peat.

“Mientras los sucesos fortuitos siempre pueden producir patrones a través de la pura casualidad, la esencia de una sincronicidad es que un patrón determinado tiene un significado o valor para la gente que lo experimenta. Mientras las leyes convencionales de la física no tienen en cuenta los deseos humanos o la necesidad de un significado –las manzanas se caen tanto si lo deseamos como si no– las sincronicidades actúan como espejo de los procesos internos de la mente y toman la forma de manifestaciones exteriores de transformaciones interiores”.

4.

Hannah, casi vikinga, después de leer el párrafo mostrado, levantó la mirada y la hizo perderse entre los pinos. Quedamos en el silencio absoluto sino fuera por unos aislados mugidos y el trinar de un pájaro desesperado. No es difícil perder la mirada entre los árboles mientras se tenga claro que el riesgo es que no regrese. Algo que no es tan malo. Tal vez todo se trate de dar con una nueva mirada todos los días. Para bien.

Rubén Wisotzki