RETINA | La emigración

Freddy Fernández

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“La asombrosa cifra de muertos ciudadanos de Venezuela podría ascender a unos 3.000, víctimas del odio y la xenofobia”, nos dijo nuestro Fiscal General, Tarek William Saab, refiriéndose al asesinato masivo de venezolanos en Colombia, mientras presentaba nuestra denuncia por el asesinato de dos compatriotas adolescentes.

Horror es la palabra que mejor describe lo que siento frente a este hecho. Un horror que he sentido también por las campañas antivenezolanas que se han desplegado en Chile, Ecuador, Panamá, Perú y Colombia, donde mis hermanas y hermanos se exponen como si hubiesen llegado a llevar problemas a paraísos donde no conocían ningún tipo de males.

El horror no me borra la memoria. Recuerdo que fue un venezolano la primera persona a quien vi presentar a la emigración venezolana como un problema. Sí, fue a Julio Borges, ese señor capaz de sumar tanta maldad en sus actuaciones. Sí, el mismo que alguna vez indicó que había que bombardear el TSJ y Telesur.

En aquellos días, cuando este señor se dedicaba a dañar a los venezolanos dentro y fuera del país, no pude entender que estábamos ante los primeros pasos de un plan, preparado con meses de antelación, para intentar un asalto al poder con participación de efectivos militares extranjeros.

Ahora es claro que la idea era asfixiar a la economía venezolana, promover la emigración y presentar esta emigración como amenaza para los países vecinos, quienes se presentarían como afectados y, por tanto, supuestamente obligados a acompañar a Estados Unidos en una eventual intervención militar contra el pueblo venezolano.

El plan parecía redondo. En la enloquecida imaginación de Leopoldo López, Mike Pompeo, Julio Borges y Abrams Elliott, el plan era perfecto para fabricar una aparente crisis humanitaria perfecta y realizar la intervención perfecta. Todo estaría montado con música. La muerte entraría a Venezuela acompañada por los acordes que se ejecutarían en Cúcuta.

Los gobiernos de derecha de la región participaron con entusiasmo en los preparativos. Necesitaban tener a miles de venezolanos en sus países para impulsar la intervención.

En Chile, el 9 de abril de 2018, Piñera divulgó ampliamente que estaba presentando un proyecto de ley de Migraciones que creaba un permiso especial para los inmigrantes venezolanos. En el mismo proyecto, se establecía un plazo para los haitianos, a quienes sólo se les otorgaría visa de turistas.

En noviembre de 2018, el presidente colombiano, Iván Duque, anunció que Colombia tenía los «brazos abiertos» para los migrantes venezolanos que llegaran huyendo de “la crisis política, económica y social de Venezuela”.

El 13 de octubre de 2018, Panamá, en donde ya las campañas antivenezolanas se habían manifestado, sorpresivamente aumenta la duración de la visa para los venezolanos. Su vigencia pasa de tres a cinco años de duración.

Perú, sumado a la estrategia, el 23 de enero de 2018 decidió prolongar, a los venezolanos, el plazo para solicitar el Permiso Temporal de Permanencia, que se cerraba ese día y que fue extendido hasta el 30 de junio de 2019.

Otro tanto hizo Ecuador, que el 14 de agosto de 2018 anunció que había preparado las condiciones para brindar acogida a los cinco mil venezolanos que supuestamente llegaban a sus fronteras cada día.

En medio de las dificultades que nos creaba el bloqueo de Estados Unidos, hubo una invitación abierta, en apariencia fraternal y solidaria, para que venezolanas y venezolanos fueran a los países de la región a procurar mejores ingresos.

La estrategia criminal fracasó. Nuestra resistencia gallarda, nuestro apego y amor a la patria impidió que se impusieran los deseos de dominio de la élite de Estados Unidos. Sin embargo, es preocupante la situación de nuestra gente, sobre todo de los más pobres, que quedaron atrapados en otras fronteras. Fueron engañados. Les invitaron con la promesa de vivir mejor para converirles en peones de un ajedrez macabro en el que ya no son útiles.

Freddy Fernández | @filoyborde