BAJO LA LUPA | Respuesta del Rey

Eduardo Rothe

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Se ha puesto de moda el disparate de pedir que España se disculpe por las “atrocidades” cometidas en América Latina y el Caribe durante la conquista y la colonia. Es evidente que ni mi familia ni mi persona, ni el Estado del cual soy Jefe, nos vamos a disculpar por haber ejercido el derecho que da la fuerza. Ya se sabe: los cañones son “la última razón de los reyes” y en muchas ocasiones la primera. Tampoco voy a enumerar los beneficios que han recibido esos pueblos que hoy se quejan ¡en castellano! Para eso tengo adulantes, políticos y escribidores encabezados por nuestro brillante mestizo el Marqués de Vargas Llosa.

Me limitaré a señalar que los aborígenes americanos, los negros africanos o los independentistas criollos no fueron tratados peor que los filipinos, los marroquíes ni, si a ver vamos, nuestros súbditos españoles cuando por rebeldes merecían ser castigados. A los moros los bombardeamos con gas venenoso y, sin embargo, en 1936 no dudaron en venir a defender España matando y muriendo, violando y degollando, que es lo que se esperaba de ellos.

Y la mano dura del Estado español no fue, ni es, ni será, exclusiva de la Monarquía. La República también impuso el orden, manu militari, a los campesinos andaluces enemigos de la propiedad, como lo atestigua la famosa orden del entonces presidente Azaña sobre los alzados de Casas Viejas: “Ni heridos ni prisioneros, tiros a la barriga”; o la represión de los mineros asturianos por el joven General Franco, por eso entonces merecidamente llamado “salvador de la República”.

En la Cruzada del Generalísimo para salvar la unidad de España, defender a la Iglesia Católica y a la santa propiedad de los ataques de comunistas, anarquistas y masones, no sólo murieron más de medio millón de españoles de ambos bandos, sino que, conquistada la victoria, fue necesario fusilar a otro medio millón de rojos para consolidad la paz.

Un millón de muertos en un país con medio millón de kilómetros cuadrados y, digamos, 100 millones de muertos en América Latina y el Caribe con 23 millones de kilómetros cuadrados, demuestra que no tratamos a los de ultramar peor que a los españoles. ¿Destruimos culturas milenarias? Pues aquí liquidamos a la flor y nata de nuestra cultura, matamos a García Lorca, a Miguel Hernández, empujamos al exilio o la muerte a Rafael Alberdi, José Bergamín, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Miguel de Unamuno, Pablo Casals, Pablo Picasso… nadie puede decir que discriminamos a otros pueblos y les hicimos cosas peores que las que hicimos a los nuestros, incluso a quienes hoy sabemos, y sabe el mundo, eran los mejores, pero que entonces era necesario eliminar.

Y lo volveremos a hacer, con los matices de cada caso, como lo hicimos con los vascos y, más recientemente, con los catalanes.

Ciertamente ya no somos el Imperio donde no se pone el sol, pero seguiremos celebrando el 12 de octubre como el Día de la Raza, porque a la decadencia oponemos la re-cadencia de los tambores que marcan el paso de los militares que, a fin de cuentas, son los que arrojan su espada en la balanza.

No somos ni mejores ni peores que otras grandes naciones, somos como ellas los mismos que gobiernan al mundo hace milenios, y sólo tenemos una ley: ¡Ay de los vencidos! Si no les gusta, no tienen más que vencernos.

Eduardo Rothe