MICROMENTARIOS | Traducir

Armando José Sequera

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Hace unos meses me topé con un artículo en el cual se calificaba de creación literaria la traducción de un texto, obviamente de un idioma a otro. Si eso fuera cierto, el aserto italiano según el cual el traductor es un traidor estaría justificado.

Traducir, incluso en aquellos casos en que se mejore la obra al llevarla a otra lengua, es una labor reconstructiva en la que el despliegue creativo está bastante restringido. Eso, por supuesto, si se hace bien.

No aporto el nombre del papanatas que excrementó tal desatino, pero como el tema me llamó la atención me asomé a un artículo de la escritora catalana Dolors Udina. En este y con argumentos parecidos, esta dama mostró cuán creativo es el acto de traducir, partiendo de lo señalado por Umberto Eco, quien sostiene que se trata de decir casi lo mismo.

Cierto, una traducción jamás es idéntica al original. No puede serlo. Por muy cuidada que esté es siempre una versión. Como todo en el arte y en la vida, hay versiones muy buenas, buenas, regulares, malas y pésimas.

Las traducciones de Julio Cortázar de los cuentos y novelas cortas de Edgar Allan Poe, así como la de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, convierten a tales textos en delicias para leer en nuestro idioma. Comparadas con las mejores traducciones que hubo antes que las suyas, la diferencia es sideral. Es como si las obras hubieran pasado del blanco y negro desvaído al color total. Con esto, Cortázar demostró que las buenas traducciones se deben no a reescribir los textos, sino al excelente manejo del idioma que tenga quien traduce.

Pese a su colorido, no puede decirse que tales traducciones sean creativas, sino que están muy bien hechas o logradas. Ignoro cómo son los originales de las obras mencionadas, no porque no los haya visto, sino porque no tengo el suficiente conocimiento del inglés y el francés, respectivamente, para emitir un juicio.

Supongo que son obras de enorme calidad lingüística y por eso Cortázar fue capaz de verterlas de manera espléndida en nuestro idioma. Sin embargo –y él estaba consciente de ello–, en ningún caso puede decirse que Cortázar fue o es el autor de tan formidables libros.

La traducción de una obra, de un idioma a otro, tiene como propósito hacer posible su lectura a hablantes o lectores de una lengua distinta. No cambiarla ni modificar su contenido. Esto, que podría llamarse recreación, carece de fundamento, salvo en determinadas circunstancias y haciendo la salvedad de que se presenta un nuevo producto, no el original.

Supongo que el primer artículo leído lo escribió un escritor frustrado que, al no contar con textos propios de calidad, anhela apropiarse de aquellos que traslada de un idioma a otro. Sus argumentos me olieron a ambición y, sobre todo, a frustración.

Armando José Sequera