PUNTO Y SEGUIMOS | Atrapados en libertad

Mariel Carrillo García

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Después de pasar casi seis meses sin servicio de internet, el resultado personal fue un aumento exponencial en la cantidad de libros leídos y una suerte de felicidad producto de la ignorancia de los temas basura que nos inundan la vida cuando estamos permanentemente “online”. Debía administrar mi triste plan de datos en las cosas necesarias, así que sabía poco y nada sobre las series que estaban de moda, los chismes de la farándula, el uso del Pantone del año en las pasarelas, el estado de mis equipos favoritos, o la vida de mis conocidos en redes. Si Fulanita se casó, se divorció, se operó o si Sultano -conocido como mentira fresca- inició un negocio de coaching espiritual en Miami, me lo perdí todo.

Tampoco recibí los diez mil tratamientos contra la covid-19, “científicamente probados” y escritos por doctores, chamanes y científicos de incomprobable existencia; ni leí las publicaciones de quienes me instaban a prepararme para la venida de Cristo, o para la caída de la dictadura, cosas que para algunos eran más o menos lo mismo. Y por ese lado, gocé de una paz olvidada desde que inventaron el Facebook. Claro que, hubo otro lado, y como cualquier adicto, la cosa no fue fácil. Maldije, me estresé, intenté robar wifi en todas partes, le chuleé los datos a otros miembros de la familia, me angustié por no “estar al día” más allá de las noticias en televisión y por pasar largas horas sin chatear con persona alguna, ni discutir con desconocidos en las redes sociales. Seguramente en psicología tiene algún nombre que desconozco, pero me alteraba no poder alterarme con mi habitual flujo de información.

La cosa es que el internet regresó. Luego de un par de días de derroche y de atragantarme de megabytes, buscando series, artículos, vídeos de YouTube, hilos de Twitter y de saludar en los grupos de amigos de los que estuve ausente por tanto tiempo; me di cuenta que pasé varias noches seguidas pegada de la pantalla, yéndome a dormir con la salida del sol. No pude concentrarme en las novelas que estaba leyendo así que las abandoné temporalmente. Tampoco escribí nada que estuviera fuera de mis responsabilidades profesionales. Disminuyeron mis paseos de observación por el jardín y la terraza, esos en los que aprendí a reconocer las flores, las hojas, los horarios de los pájaros, los pedidos de agua o los lugares de salida de la luna. También se me “cortó” la costumbre de pensar con más tiempo y dedicación los temas que me cruzaban la cabeza, para volver al ritmo frenético de saltar de una cosa a la otra, o dicho de otra manera: me volvió el zapping mental.

El momento más patético y que me hizo darme cuenta de que tengo que bajarle dos llegó cuando me encontré siguiendo la pelea de Residente y JBalvin, y ojo, en tiempo real, nada de reseñas de las reseñas. ¡Pero si ni siquiera oigo esa música! ¿Cómo llegué hasta aquí?, y también seguí el caso del Tutelaje de Britney Spears. ¡Me calé hasta la audiencia en inglés completa! Breve momento de paranoia: me “algorizaron” y me llevaron sin que me diera cuenta hasta esto. Y yo caí. Redonda. No duermo y conozco al pelo las tiradas de estiércol entre dos famosos por cuyo trabajo no siento ningún gusto, mas el drama familiar de Britney. ¿Para esto quería tener internet?

Y ahí está la pregunta: ¿Queremos la tecnología para darle cuál uso? ¿Estamos conscientes del punto o la línea en la cual no usamos el servicio sino que nos usan a nosotros? Mi teléfono me notificó que mi tiempo en pantalla aumentó casi en un 100% desde que volví a tener wifi en casa. Y yo me siento más cansada y menos productiva. Ciertamente estoy “al corriente”, pero es información de poca calidad. La adicción a la conexión, a seguir “todo lo que pasa” o más bien todo lo que los algoritmos determinan que es importante “saber” debería considerarse un problema de salud pública, y hace más importante que nunca aquello de la necesidad de alfabetizarse digital e informacionalmente. El correcto y sano uso de las tecnologías de la información tendría que enseñarse desde la escuela. Solo el pensamiento crítico nos ayuda a crear alertas y a separar la paja del trigo.

¿Cuánto de su tiempo lo pasa navegando? Y de lo que navega, ¿qué porcentaje es en cosas necesarias para su trabajo o vida funcional (banca, compras, etc)? Los contenidos que mira: ¿le quedan? ¿le son útiles o los olvida en menos de 48 horas? ¿Siente que no puede distraerse o divertirse sin un celular o conexión a internet? Las respuestas las sabemos al instante. Probablemente nos estamos excediendo y hay que estar alertas. Aún no contamos con regulaciones o pedagogía para enfrentarnos a lo que tenemos entre manos, y sería un buen momento para empezar a pensarlas, estudiar los esfuerzos que ya han hecho otros y sobre todo, generar soluciones en colectivo, para vivir más en la vida real y salir de la burbuja.

Mariel Carrillo García