EstoyAlmado | A reparación

Manuel Palma

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Se nos viene el regreso escolar presencial y, como padre de niños en etapa preescolar y primaria, hay que admitir que la educación a distancia no funcionó ni fue tan efectiva en los mismos términos de la presencialidad. Hay que admitirlo: más de uno salimos raspaos. Y no es porque padres, madres y docentes no lo intentamos. Hicimos todo lo que estuvo a nuestro alcance.

Es porque en la práctica no es igual aplicar la educación a distancia en adultos, que en niños. También es porque no supimos cómo afrontarlo, no había alguna opción para estos casos del tipo “rompa el vidrio en caso de emergencia”.

Por algo, la Unicef, previendo el impacto negativo de esta pausa escolar, sugería a comienzos de la pandemia aplicar una cosa llamada “educación compensatoria”, implementada en situaciones excepcionales o inesperadas.

Este tipo de educación consistía en aplicar estrategias psico-sociales para que los niños y niñas no se atrasaran, según su edad y desarrollo socio-cognitivo. Eso teníamos que implementarlo en casa, en coordinación con los docentes, mientras se intentaba conciliar tiempos de trabajo con actividades escolares y en el hogar, en medio de un proceso de total improvisación, de poco ensayo y muchos errores a cuestas.

¿Qué íbamos a saber de estrategias reemplazantes a la presencialidad? ¿Cuántas madres, padres y docentes aplicaron esa fulana educación compensatoria? ¿Sabíamos algo de eso? En esta interrupción pandémica, lo más probable es que a los niños de preescolar solo lo pusiéramos hacer dibujos al garete sin ton ni son, salvo las excepciones de las efemérides del mes y los días festivos del momento. Además de caletrearse vocales, consonantes y frases que solo reconocen en el libro de lectura. Fuera de él, no.

Con los cursantes de primaria dudo que hayamos aplicado algo de educación compensatoria. Seguramente intentamos enfatizar en matemáticas y lenguaje. El resto de las otras áreas fueron reemplazadas por excesivo consumo de contenidos en las redes que los niños experimentaron en esta pausa escolar. En este momento quizás los niños de primaria sepan más la canción del Juego del calamar (la serie de Netflix), que cada una de las estrofas del himno nacional.

Otros niños y niñas lamentablemente no vivieron nada de eso. La pausa fue propicia para el lamentable abandono escolar. Aunque no hay cifras sobre la deserción educativa, hay niños que antes de la pandemia veías con el uniforme escolar. Ahora trabajan en la calle; o ayudan a sus madres y padres a buscar el sustento diario. Son hábiles para cobrar y vocear los productos en la vía pública. Otros niños, más lamentable aún, andan en sus primeros pasos delincuenciales.

Tras este fracaso evidente de la educación a distancia, no faltaron padres y madres que pagaron clases particulares. Maestras jubiladas, docentes que no volvieron a las aulas por los bajos salarios, y otros que buscaban sobrevivir a la crisis, impartieron clases presenciales de nivelación o de continuidad escolar, dependiendo de la etapa de preescolar o primaria. Las clases se realizan (aún se mantienen) en casas y apartamentos. Son réplicas de las clases antes de la pandemia, pero fuera del colegio. De este grupo (impreciso estadísticamente) se cree que se adaptarán mejor al regreso presencial.

¿Qué aprendimos?

En esta pausa pandémica, algunos aprendimos crudamente que la socialización en los niveles de preescolar o primaria no es un accesorio; es parte esencial de un esquema pedagógico que ayuda a los a niños a la motricidad fina y gruesa, la lectoescritura, la memoria auditiva y visual; la orientación espacial y temporal; el pensamiento lógico, y la atención y comprensión.

Aprendimos que la presencialidad es un medio efectivo que provee a los niños de condiciones para desarrollar habilidades propias de la educación evolutiva. De ahí el llamado urgente de la Unicef a los gobiernos a retomar las clases presenciales tras una vacunación masiva. De ahí que algunos gobiernos hayan acelerado planes de vacunación para luego convocar a clases presenciales. Se trata de revertir visos preocupantes de atraso educativo en la nueva generación.

Y para quienes creen que la falta de presencialidad escolar, en preescolar y primaria, se resolvía con mucha conexión a Internet y herramientas virtuales de reunión (Zoom o Google Classroom), pregunten cómo les fue a los padres que pagan 50, 60 o más de 100 dólares mensuales en colegios con toda esa parafernalia tecnológica, vendida como una panacea. ¿De verdad, los alumnos de esos niveles recibieron un aprendizaje efectivo? Si es así, ¿Por qué hay niños de esos colegios privados que deben recibir clases particulares para que aprendan a leer? ¿Por qué la Cámara de Colegios Privados está tan desesperada para que sus alumnos vuelvan a las aulas?

Al parecer tanta tecnología y conexión a Internet disponible no garantizan un aprendizaje óptimo en las primeras etapas de la educación, al menos por estos lares. En ese marco, ya hay padres que tampoco justifican lo que pagan. Eso explica la impaciencia de los dueños y directivos de colegios privados por retornar a clases. En algunos casos han jugado posición adelantada aquí en Caracas, incluso recibiendo a sus alumnos antes del 25 de octubre. Les urge la presencialidad escolar para justificar el aumento de las mensualidades.

Así las cosas, un año y medio después del cierre de las escuelas puedo decir que la educación a distancia requiere de un constructivismo pedagógico si acaso funcional para los adultos, pero muy insuficiente para los pequeños, por mucho Internet y tecnología disponible.

Claro, el regreso inminente a la presencialidad escolar no arreglará esa situación en un tris. Docentes, padres, madres, niños y niñas afrontaremos ahora una etapa de adaptación que quién sabe cuánto tiempo dure. Una maestra activa, de larga trayectoria, me contaba que los primeros meses de clases presenciales serían de diagnóstico para conocer el nivel educativo en cada edad escolar. “Y después de eso, veremos”, dijo.

Me sonó como ir a reparación.

Manuel Palma