PARABIÉN | Julius

Rubén Wisotzki

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1.

Estos árboles nunca sabrán cuánto se les debe. Lejos, muy lejos, de las mareas que nos hicieron en más de una oportunidad, abrasados y abrazados por un calor simulador de pequeños infiernos, -esos paraísos de nuestro caribe-, este concierto de sonoros ramajes oscilantes, vacilantes cual indefinidos susurros gemosos, nos traen el oleaje del mar que siempre nos llevó en su cresta amorosa.

Estos árboles nunca sabrán cuánto se les debe. Cuando la sombra que también es uno, del que los demás no saben nada, ni nunca sabrán, esa franja sin luz donde uno se pregunta lo incontestable, aparece y no viene solo sino en manada, no viene lento sino atropellando, no viene a abrigar sino a despojar, los rutilantes verdes se fusionan en los ocres, y entre las noticias del otoño te barnizan cuidadosamente las retinas.

Estos árboles nunca sabrán cuánto se les debe. Como pocos soportan que uno utilice las hipérbolas más ridículas, como en este caso, las figuras más inútilmente rebuscadas,  entre otros más artilugios vacíos e innecesarios, siempre en este caso, para dirigirse a ellos con admiración mientras equilibran monolíticamente las fuerzas que nos sobrepasan.

Estos árboles y el señor Julius.

2.

Julius vive desde hace cuatro décadas, sin faltarle a una sola de las lunas correspondientes, detrás de un pico que a este servidor se le ha negado por culpa de unos meniscos atomizados. Cómo este viejo árbol casi centenario, transmutado en hombre, sube junto a tres perros, sus únicos compañeros, será uno de los misterios que nos llevaremos a casa antes de fin de año.

La naturaleza le da de comer y le ha dado permiso para creerse, “no siempre, pero sí de a ratos”, gobernante único de una porción de tierra minúscula, comúnmente conocido como huerto. A igual que otros, ha rechazado la tecnología en su vida después de conocerla, de haberle sonreído, salir con ella un par de veces y de unos cuantos coitos extraordinarios, con largos, profundos y poderosos orgasmos.

Desde esa decepción amorosa rompió para siempre con los artefactos eléctricos domésticos, incluyendo cualquier tipo de computadora. Pero antes, mucho antes, puso fin a una relación intensa con todo vehículo de transporte a motor. Si he de ser llevado, sostuvo, sostiene, que lo hagan mis dos piernas. “A ellas, a esas hermanas, les debo el andar, ¿cómo las voy a dejar? ¿Cómo las voy a cambiar por esas ruedas incapaces de llevarme y traerme sin que yo las obligue?”.

Tampoco le ha dado espacio en su cabaña, como ya estará sospechando el querido y único lector que no existe, a la televisión. Es más (y nunca menos): No tiene pantalla reflectora alguna. Lo único que en mi casa refleja algo, dice, además de los libros cuando los abre, son los vidrios de las ventanas (a las que imaginamos, desde el respeto, habitadas en sus ángulos rectos por telarañas). Y no siempre, sino cuando de manera azarosa, gracias a los contraluces y a los juegos de sus bisagras, se abren o se cierran al mundo exterior.

Asegura, en un exceso de dramatismo, que un día se vio en una de las ventanas y no le gustó eso.

3.

Hasta aquí el señor Julius es uno más de esos personajes incómodos, para cualquier noción vigente del sistema planetario imperante, que desde su rechazo habitan por los rincones recónditos de los continentes. Todos los lugares aislados, o los más aislados posibles, del planeta, son habitados por personas así. Anárquicos, anti sistemas, verdes, libres pensadores, ecologistas radicales, negacionistas, naturistas, poscapitalistas, emancipadores naturales, neo hippies: aún no saben cómo llamar a esa tribu diseminada que sencilla(mente) rechaza los modos de vida impuestos desde los poderes.

No es Julius pionero, ni lo pretende. Sabemos, a algunos hasta los hemos visto, y en parte vivido, en los páramos merideños, así como al sur de la Patagonia, más allá de Río Gallegos, donde los vientos no silban sino que truenan, donde sea hay personas como este checo de modales afables que no aceptan las leyes citadinas.

Pero más que esa actitud, ese posicionamiento, o esa proeza, que entre grandes risas con escasos dientes asegura que solamente está destinada a jóvenes educados en el gulash de su tierra, hay algo más que logró ocultarnos en tantas tardes de silencios…

4.

Sentado siempre al pasar el sol el meridiano, “el mío, no el suyo”, sobre una gruesa raíz de un tronco centenario, Julius asegura diariamente su potestad de culpa por el desastre.

No es como muchos otros, que deslindados del presente y su construcción, se creen inocentes, como si hubiesen bajado ayer de una nave extraterrestre y asistiesen, horrorizados, al espectáculo abyecto de la contaminación, la corrupción, la tecnologización, la desertificación, la involución, la precarización, de todo lo concerniente a lo humano.

No está, ni se cree a salvo (“aquí igual me caigo por un barranco o ya, o una manada de lobos me sorprende durmiendo”). No está ni se cree poseedor de alguna inteligencia superior (“¿acaso por qué bebo agua del río? ¿Tú crees que los demás no quisieran hacerlo?”). No está ni se cree por encima de los Otros (“a veces pienso que estoy acá como un premiado, pero en castigo, porque tengo tiempo y lugar de excepción para pensar en la suerte de todos”).

“Lo que rechazas de tu mundo es lo que desatiendes de ti”, dice y se va.

5.

Mientras Julius se pierde de subida entre las grandes rocas, pienso en el poeta Ezra Pound y sus versos de “Personae” que siempre acompañan: “Me quedé inmóvil y fui un árbol del bosque”. Gracias, Julius, gracias árboles. Para bien.

Rubén Wisotzki