HABLEMOS DE ESO | La historia

Humberto González

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Durante una Cumbre de las Américas (que creo que fue la última) celebrada en Trinidad, el señor Barack Obama tuvo que escuchar las voces de varios presidentes latinoamericanos que recordaron en sus intervenciones algunos de los abusos cometidos por Estados Unidos. El señor Obama, quien apenas iniciaba su primer período presidencial, se confesó entonces un aficionado de la historia, para inmediatamente exhortar a los mandatarios y mandatarias allí presentes a olvidar el pasado y pensar en el futuro, en lo que íbamos a ser de entonces en adelante.

En sus palabras parecía entender la historia como un asunto de coleccionistas de antigüedades y de anécdotas. Parecía ignorar que la historia es el material del que estamos hechos, nosotros y nuestro lugar en el mundo. Somos quienes somos porque somos hijos o hijas de nuestros padres (padre y madre, siempre es mejor decir), producto de una crianza, de una familia, una comunidad o una escuela, que más allá de nuestras decisiones y acciones que también nos configuran, constituyen nuestra materia básica; y todos estos elementos: familia, comunidad, escuela, el país tiene también una historia que le ha constituido. Así también es la historia de los pueblos y las relaciones actuales con otros, que tienen las formas, las culturas, las formas de vivir que se han configurado en procesos históricos.

Y junto a la historia real, esa que se ha hecho de acciones, logros, aprendizajes y tragedias, está también la memoria que se hace de esa historia. Una memoria que se convierte en terreno de batalla, porque en la manera en que se cuentan esos orígenes, encrucijadas y vicisitudes, pueden justificarse o cuestionarse las situaciones presentes y los futuros posibles.

Cuando la historia la narran las clases dominante, su historia parece rutilante, heroica, justa, civilizatoria; los dominados desaparecen como si su historia no valiera la pena contarla, y si aparecen es como un factor pasivo o una rémora. Es una historia que desemboca en un presente de superioridad, o bien da la idea de que todo permanece igual y nada cambia.

En la historia que nos contaron, los pueblos originarios pertenecen a un pasado y se extinguen, como si no siguieran aquí luego de 500 años de resistencia, con sus culturas y comunidades. Los secuestrados de África son esclavos, mano de obra. Si se levantan unos u otros, son salvajes.

En la pelea por la conciencia histórica hemos avanzado, dando lugar y memoria a las mujeres, a los pueblos originarios, a personas y comunidades afro, hemos pujado para que no aparezcan solamente los generales y los ricos. Eso es lo que se llama historia insurgente.

La aparición de los no contados en la historia oficial, de los lugares despreciados, empieza a darnos sentido de quienes somos y, por tanto, a construir referentes para estar orgullosas y orgullosos para hacer nuestro propio camino. Pero siempre parece poco lo avanzado porque es muy grande la deuda y mucha la distorsión interesada de la memoria, que se ha enraizado en alguna medida en todas y todos. La iniciativa del presidente Maduro de constituir una Comisión de la Verdad y la Justicia Histórica sobre los 300 años de colonialismo europeo es una gran iniciativa. Se le plantea también a la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) para que dé cuenta de un proceso clave para entender el presente. Contamos con que ayude a despejar falsedades y haga evidentes para todas y todos las huellas y lógicas de la conquista y el dominio, con que haga también visibles las historias de resistencia indígena, afro y de los demás grupos populares conformados en ese periodo. Se juega en ello la posibilidad de erradicar el colonialismo actual, con su carga de machismo, racismo y xenofobia, desde sus bases.

Como señaló también el presidente: “El que no conoce su historia, el que no encarna sus valores, el que no sabe de dónde viene es muy difícil que pueda estar parado en esta tierra del siglo XXI”.

Humberto González