Cuentos para leer en la casa | Noche de campaña

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A José Vicente Rangel, desde la admiración y el afecto.                                

Es la campaña electoral para lanzar su candidatura.

Periodista, ese santo y seña le pone etiqueta que alimenta la empatía, los afectos, la gracia suave de afinidad sentimental, la esencial ternura de lo que pensamos cercano.

Porque papá es periodista, ahora más profesor que periodista, pero como dicen: nunca se olvida, siempre se es.

Su afán tras la prensa tempranito en la mañana, la percepción simultánea de radio, papel y televisión al revisar a diario lo acontecido ayer, la necesidad de averiguar, opinar, analizar. Difícil ignorar el entorno, es marca de por vida, como ese hierro con el cual, a fuego hirviente, se identifica a los animales de manada.

Y el candidato es periodista, querido, admirado.

Su nombre resulta familiar desde hace años para la “manada” de la que formo parte. Desde niña lo escucho en las conversaciones, a viva voz o en murmullo, según sean las circunstancias.

La tía Margot alguna vez militó con él, se lo escuché contar en una oportunidad, y lo recuerdo asociado a la imagen fotográfica publicada en prensa defensora, en la cual aparecía conmovedor y terrible, el cadáver inflado de un cadáver, anunciado como el cuerpo del profesor Lovera, quien había sido desaparecido unos días antes… Él, nuestro candidato de ahora, denunció ese asesinato en creces, a viva voz, por todos los medios posibles, que no eran muchos.

Crecí con la admiración lógica, sensible, a su persona, y ahora lo tenía allí, muy cerca. Porque los compañeros acababan de traerlo a mi lugar, en donde estoy encargada de hacer la guardia, cuidando los equipos de sonido y grabación, en la parte alta de un elevado sobre la avenida principal del sector.

Rodeada de cornetas de diversos tamaños de los equipos de sonido, kilómetros de cables, micrófonos, sillas metálicas y otros enseres, procuro atender a mi niño de seis meses, quien por lo particular de esta situación nueva, no ha querido dormirse.

Él, nuestro candidato, con la actitud gentil que le es propia, su timidez disimulada, y eso que mi madre llamaba “don de gente”, me responde con una sonrisa y la sencillez afable de una mirada, cuando los compañeros nos presentan, y me dicen que deberá descansar  hasta su próxima intervención en la tarima alta.

Nerviosa y con el niño levantado con su cabecita en mi hombro, aligero el servir un vaso de algo frío para nuestro dirigente ya a solas con nosotros, pues los compañeros se han ido a cumplir con sus tareas inmediatas.

Lo miro tomar el vaso con gentileza, y, evidentemente cansado pero sin queja, él me sonríe y dirige su atención al niño que tengo en brazos.

Yo lo mezo tratando de que se tranquilice y se duerma, desconcertada frente a quien admiro, al punto de no poder abrir un diálogo con normalidad con él, quien bien termina de tomar el agua de su vaso, coloca este sobre la mesita y con la mayor gentileza tiende sus brazos para cargar a mi niño, quien se sorprende y detiene su llanto bajito (señal de sueño) y sorprendido mira al extraño.

Con facilidad y delicadeza el niño se deja acoger. Abre sus ojos inmensamente y toca con sus deditos la frente y las sienes de este visitante nuevo.

Le acerco una de las sillas arrumadas en aquel espacio de depósito al aire libre, y al verlo sentado lo hago yo también, a su lado.

Sonrío mirando cómo el bebé se adapta con tanta facilidad a los brazos de este hombre, quien con seguridad sabe tratarle con soltura de experimentado.

La tarde en el cielo va dejando entrar a la noche con suavidad inusitada, solo palpable en el cambio de iluminación de aquel pedazo de cielo que nos cubría, y el breve diálogo se refiere a la posibilidad de su agotamiento (que él niega de inmediato), y a la belleza de ese espacio sideral que nos cubre cambiando sus tonalidades, y ahora , la ciudad muestra un cierto suave resplandor, que contemplamos en medio de nuestro diálogo entrecortado, solo referido a lo que en la práctica cotidiana significa un niño que se adapta por nuestra voluntad, a las necesidades de nosotros los adultos, en el afán de construir la vida, por el camino de la práctica de ensayo: acierto o error, que es la única posible, bajo la luna, que aparece inesperadamente, y las estrellas alumbrando el cielo del enigma.

Ya el niño se ha dormido, en brazos de nuestro candidato, y llegan los compañeros a buscarlo para que haga una intervención final en la tarima arriba cerrando el mitin de esa noche, y él, afablemente, me devuelve mi niño dormido, despidiéndose, en nuestro único original encuentro, con una sonrisa suave y transparente.

Con el pequeño conmigo ahora, les veo dirigirse a la tarima alta, para el cierre de campaña en la ciudad.

Nunca intercambié nombres ni referencias, y me enorgullece la calidez de este recuerdo, solo mediado por un hermoso cielo, en la inmensidad de una noche de cierre de campaña.

La Autora

Laura Antillano (Maracaibo, 1950) Escritora. También ha trabajado como titiritera, guionista de radio y televisión y como promotora cultural. Ha incursionado en los géneros del ensayo, poesía, el cuento, la novela y la crítica literaria. Ganadora del Premio Nacional de Literatura 2012-2014. Algunas de sus muchas publicaciones son: La muerte del monstruo come-piedra (1971), Un carro largo se llama tren (1975), Haticos Casa No. 20 (1975), Perfume de gardenia (1982), Dime si adentro de ti, no oyes tu corazón partir (1983), La luna no es pan de horno (1988), Diana en la tierra wayúu (1992) y Libro de amigo (2007).