Perfil Clodovaldo Hernández: Los cuasimilagrosos correctores de estilo

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Muchas tensiones suele haber entre los personajes que pueblan la sala de Redacción de un periódico, una revista o las oficinas de una casa editorial. Una de las más clásicas es la que existe entre redactores y correctores de texto.

Algunos periodistas, articulistas, escritores y otros productores del mensaje miran con recelo a esos compañeros que tienen la función de revisar todo lo que vaya a salir publicado y despojarlo de los errores que suelen llevar encima y que pueden ser conceptuales, ortográficos, tipográficos, sintácticos, semánticos o de digitación, pifias que a veces son sutilezas del lenguaje, pero en otras ocasiones son desastres horrorosos.

La tensión casi siempre aflora entre los padres de la criatura (a la que algunas veces sería más preciso llamar engendro) y quienes deben hacer el cuasimilagro de que se lea fluidamente. El ego es acá un elemento fundamental, pues muchos redactores están convencidos de que escriben arrechísimo –dicho a propósito con poca elegancia estilística–, pero la verdad es que cada texto suyo tiene que ser sometido a operaciones de tripas abiertas en el quirófano de los correctores antes de que pueda ser mostrado al público.

Claro que también hay correctores que se pasan. De pana que sí, y entonces a fuerza de querer corregir echan a perder, le quitan a los textos la frescura, la doble intención, la ironía o vaya usted a saber qué.

Esto se debe, según creo, a que algunos correctores son maníaco-compulsivos de su oficio. En El Universal había uno que corregía hasta las frases que aparecían en los tabiques de los baños y que antes de que existiera Facebook eran la única válvula de escape para la libertad de expresión de los opinadores furtivos. Uno entraba al cubículo, leía la cosa con los correspondientes signos de corrección incorporados y decía: “Aquí defecó Monsalve” (nótese con cuánta prudente corrección he elegido el verbo de esta oración).

En fin, que estamos escribiendo de esto porque este 28 de octubre se celebró el Día Internacional del Corrector de Textos, iniciativa del instituto de estudios lingüísticos y literarios Fundación Litterae. “Se escogió esta fecha por ser el natalicio de Erasmo de Rotterdam, un filósofo, teólogo y humanista holandés, quien dedicó parte de su vida a la traducción y corrección de textos en latín, valiéndose de un lenguaje fácil y muy sencillo”, dice una nota en internet que –uno presume– no debe tener erratas.

Pero, que sean ellas mismas y ellos mismos quienes hablen de su trabajo.
Mariví Coello, quien se ha desempeñado como correctora en varias editoriales, incluyendo Santillana de Venezuela, expresó: “Durante mi trayectoria he tenido que enfrentar muchos retos, entre los cuales destaco dos: reconocer (aceptar) cuando estoy sobrecorrigiendo; y lograr que se entienda cuando un texto realmente debe reescribirse, porque no funciona, no comunica, no transmite ningún mensaje, pues está muy mal escrito”.

“El primer reto es personal y tiene que ver con mis preferencias expresivas y mi capacidad para entender y manejar mi papel en el proceso –continúa–. El segundo tiene que ver con la cultura de menosprecio de los parámetros de una expresión escrita exitosa (estructura, claridad, riqueza…), que hace que cualquiera se sienta con derecho a publicar cualquier cosa que escriba, como sea que la escriba, sin tener que vérselas con el exigente, aunque muy edificante, proceso de creación de bases para la escritura, sin hacer el ejercicio de enriquecer a diario la expresión escrita; una cultura en la que el ‘no sabemos escribir porque no nos lo enseñaron en la escuela’ es aceptable incluso en el seno de equipos editoriales. Como profesional de la lengua, con lo que sueño es con que mis discusiones con los creadores de contenido se centren en qué forma es más conveniente para transmitir determinado mensaje en determinado contexto y no en si el texto cumple o no con los parámetros mínimos de la expresión escrita”.

Manuel Ustáriz, por su lado, es un corrector de larga trayectoria que, luego de muchos años en diarios y revistas, decidió estudiar Comunicación Social en la Universidad Bolivariana de Venezuela. En las clases terminaba por enseñar más de lo que aprendía, y ser una especie de segundo profesor. ¡Qué lujo fue tenerlo de “alumno”!

Ustáriz afirma que “el corrector de textos es una especie de protector de quien participa en el mundo de la escritura de publicaciones, ya sea periódicos, revistas o libros. Allí realiza su trabajo silencioso y se concentra en ese material que habrá de publicarse en su momento”.

Con las dos profesiones en su haber Ustáriz considera que el corrector es un coautor, pues se dedica a que el texto que está en sus manos salga con la etiqueta de “imprímase”, y eso es una gran responsabilidad. Porque nunca un texto estará inmune a los gazapos.

Y como la ley entra por casa, Carol Hernández, jefa de Corrección de Estilo de Ciudad Ccs, toma la palabra para decir que “la corrección de textos es un trabajo de servicio al prójimo, porque es una manera de facilitar al otro la comprensión de lo que está leyendo. Es como cuidar el fondo y la forma de un escrito. Creemos que es una tarea casi monástica que requiere un ambiente propicio de paz y tranquilidad, además de una muy buena remuneración”, sentencia y luego escribe una onomatopeya de carcajada que ya sabrán interpretar la directora y los demás jefes.

“Y aunque nuestra labor suele ser casi invisible y anónima, siempre la realizamos con bastante cariño, profesionalismo y dedicación”, añade Carol y extiende las felicitaciones en su día a los integrantes de su equipo: Mariadela, Laura, Rosa, Juan, Antonio, Mario, Génesis y Gustavo, vale decir, a los muchachos del quirófano de Ciudad CCS.

Bien dicho y bien escrito

Miguel Raúl Gómez es el corrector de la mítica revista infantil Tricolor. Gran responsabilidad porque allí un yerro es grave por partida doble. Pero, todos tranquilos porque él es un experto. No fue por casualidad que Alexis Márquez Rodríguez (un tótem de la lengua en Venezuela) afirmaba que Gómez había sido el mejor alumno que tuvo en su carrera docente. ¡Ná guará!
Gómez dicta cátedra: “La escritura en castellano se rige por ciertas normas gramaticales y ortográficas sujetas a revisión y actualización. La corrección consiste en adecuar los textos escritos con intención divulgativa a esas normas, y lo hace sin alterar el contenido ni las ideas de los autores. El corrector, por tanto, conoce las normas y está en capacidad de detectar los fallos en su aplicación y de proponer los arreglos y ajustes necesarios para hacer que los textos sean accesibles a los lectores potenciales”.

“Con su trabajo, el corrector apoya al autor, mejora la experiencia de los lectores, preserva el prestigio de la editorial o el medio que publica los textos y alimenta sus propios conocimientos –agrega –. Y lo más importante: fomenta el entendimiento y la unión entre nuestros pueblos, pues un texto bien escrito puede ser leído, comprendido y disfrutado por millones de personas que hablan castellano; además, facilita su traducción a otros idiomas y su difusión en todo el mundo”.
Más claro, imposible.