LETRA VEGUERA | De biografías y otros relatos

Federico Ruiz Tirado

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Un libro de Modesto Guerrero, “¿Quién inventó a Chávez?”, y una ojeada relámpago, casi al azar, luego de varios años, movida quizás más por la renovada curiosidad que siempre me despertó el título, y sabiendo además que ocupo un lugar en el repertorio de testigos que compartimos con el autor, en la ciudad de Buenos Aires, nuestras vivencias con Hugo Chávez, me ha llevado a pensar que un escritor, en el caso de él sería mejor decir, de un periodista e investigador, si su aspiración es la de biografiar, debe concebir un plan, imaginar un recorrido, un trazado metodológico, así este marque diversos puntos o direcciones, como la caligrafía china, o árabe, puntadas que a veces son zigzagueantes, pero que van al grano: narrar lo esencial, tal vez lo subyacente, en la historia de la vida y la circunstancia del sujeto, de Chávez en su caso, para que, entre otros derechos, los lectores acepten o no como legítimos, ciertos actos de introspección o reflexiones con visos ficcionales.

“Sabaneta se había quedado detenida en una fase muy lejana del desarrollo económico y social, y en vez de crecer, decrecía, y para progresar había que emigrar. Eso hicieron los hijos de Elena y Hugo de Los Reyes”.

No es una exigencia ser politólogo, sociólogo o economista para precisar el sentido de esta caracterización de la Venezuela de finales del 60, pero a Guerrero hay que darle una palmadita en el hombro para que exponga, aunque sea tardíamente, a cuál “desarrollo económico y social” se refiere en esas líneas, más cuando este dejó a Sabaneta en el atraso e hizo vislumbrar “el progreso” a los Chávez en un barrio de Barinas, donde vivían José Esteban Ruiz Guevara y sus hijos, y esta familia emigró encandilada a la otrora tierra de Marqueses. Si es a ese “progreso” -al que alude Modesto-, el de la Venezuela a punto de vivir la apoteosis de la bonanza petrolera que tanto acentuó las desigualdades sociales y que historiadores como Manuel Caballero aplaudieron como la inauguración de la “modernidad” venezolana, habría que soplarle en la oreja a Guerrero que fue precisamente contra ese signo oprobioso y sus consecuencias que Hugo Chávez se rebeló. Y ¿Cuál “desarrollo”, el de los Peces Gordos, el de los Amos del Valle o de Pedro Tinoco?

Es imposible imaginar a Hugo Chávez emigrando de Sabaneta seducido por los espejismos de esa historia.

En ese mismo párrafo, el autor afirma que la juntura de Chávez con los hijos y amigos de Ruiz Guevara, le “dieron identidad social, contención y nuevos valores al Venao que venía de los campos frutales de Sabaneta”. Fue al revés, apreciado Modesto: cuando Hugo llegó al Barrio a sus más cercanos amigos la vida nos dio un vuelco. Se internó entre nosotros con voz propia y un liderazgo natural capaz de transformar los hábitos de cada uno, y cuando nos dimos cuenta, ya estábamos conspirando a veces lúdicamente con las estrategias del béisbol, las intensas reflexiones en la biblioteca de mi Padre, la presencia de mi hermano Wladimir y una Barinas que él fue conociendo palmo a palmo, registrando su historia e indagando las fuentes de Zamora, Maisanta, y, principalmente, el legado de Simón Bolívar.

Sin la influencia de su personalidad, muchos de nosotros hoy no seríamos lo que somos.

Federico Ruiz Tirado

Federico Ruiz Tirado (Barinas, 1955). Escritor, poeta. Compilador y prologuista de diversas publicaciones como 4-F, Un puñado de pájaros contra la gran costumbre, 32 ensayos, sobre el 4-F, Un Día Para Siempre. Autor de La Patria está en otra parte, Días de Aluvión (Crónica sobre el golpe de estado de 2002).