El autoallanamiento mental de la derecha a la UCV

Perfil Clodovaldo Hernández

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Durante los años 60 y parte de los 70, la Universidad Central de Venezuela fue uno de los puntos más activos del debate y de la protesta política. Y lo pagó caro, con allanamientos, intervención de sus autoridades, despojo de una parte de su campus, estudiantes asesinados, desaparecidos, detenidos, torturados, expulsados. También le aplicaron el ácido mediante el ahorcamiento económico, incluso cuando el país empezó a nadar en petrodólares.

Durante los años 80 y 90, cuando ya la izquierda se había “pacificado” (eso se decía) en la UCV, ciertos pequeños grupos trataban de mantener viva la llama de la protesta popular.

Pero era difícil porque la estrategia de los gobiernos había sido muy efectiva: restringir lo más posible el ingreso de estudiantes de los sectores pobres, hacer que aquel fuese un coto de la clase media, una expresión de la desigualdad cada vez más acentuada de calidad entre la enseñanza pública y la privada en los niveles de educación inicial, básica y media.

No es de extrañar, entonces, que la UCV haya entrado al siglo XXI como un bastión de la derecha, del conservadurismo, de la reacción.

Este recorrido, necesariamente esquemático, trata de explicar cómo es que la universidad que alguna vez fue el sitio donde se forjaron los integrantes de la vanguardia intelectual de las luchas populares, hoy tenga autoridades y dirigentes estudiantiles que denuncian como un allanamiento y una violación a la autonomía la realización de unos urgentes trabajos de restauración y rescate por parte del Ejecutivo nacional. Algunos de quienes lo dicen no vivieron un verdadero allanamiento, una real violación de la autonomía. Otros sí lo vivieron, pero lo han olvidado gracias a una conveniente amnesia selectiva.

No sé cómo habrá ocurrido en otras escuelas y facultades, pero en la de Comunicación Social el cambio ideológico fue de banda a banda. Hasta principios de los años 80 era “un antro de ñángaras” donde lo primero que te mandaban a leer era los Conceptos elementales del materialismo histórico, de Marta Harnecker. Unos años después ya era un dominio del sifrinaje que la consideraba un trámite hacia el estrellato, la ruta al mundo very nice de la televisión y la publicidad.

Antes que fuera colonizada por el neoliberalismo más virulento, uno caminaba por los pasillos de la escuela y encontraba puros chivudos, exguerrilleros (o guerrilleros activos parcialmente clandestinos), muchachas con batas hindúes, gente humilde que había estudiado en liceos candela como el Espelozín, el Pedro Emilio o el Fajardo. Luego de la colonización, en los mismos pasillos lo que veías era potenciales candidatas a Miss Venezuela y chicos bien que venían de Prados del Este o de Macaracuay, egresados del San Ignacio, los Arcos, el Emil Friedman o el Humboldt. Así sigue hoy en día, aunque estudiar Periodismo –hay que reconocerlo– está pasando de moda.

Claro que esa especie de invasión estudiantil de la clase media alta tuvo su peso. Pero mi conjetura es que el verdadero allanamiento de la UCV se dio en esa época y ocurrió no tanto en el campus, sino en las cabezas de los profesores.

Los mismos que obligaron a varias generaciones de estudiantes (habla un testigo) a analizar el libro de la doctora Harnecker, o Sobre la contradicción del mismísimo Mao Tse Tung o el genial Para leer al pato Donald, de Armand Mattelart y Ariel Dorfman, mutaron casi que de un día para otro y terminaron siendo entusiastas promotores de El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama, y de cuanta bagatela bibliográfica estuviera en boga en la Universidad de Columbia o en la Complutense, siempre y cuando fuesen materiales muy, pero muy de derecha.

Insisto: no es que la vieja camada de docentes cabezacaliente haya sido despedida o pasada a retiro y emergiera una nueva, formada por el Opus Dei o algo así. No, ¡fueron ellos mismos los que se cambiaron el disco duro! Dígame usted si eso fue o no un allanamiento o un autoallanamiento, tal vez.

Sospecho que lo ocurrido en Comunicación Social no es la excepción, sino la norma.

Transcurridos ya 21 años del siglo XXI, muchos de esos profesores mutantes ya no están en las aulas, pero han dejado una segunda camada que sigue haciendo el trabajo ideológico a favor de las ideas de derecha, neocolonialistas, proimperialistas. Solo pequeñas islas dentro de la UCV se rebelan contra esa hegemonía que ha convertido en algo normal el que la universidad pública por excelencia esté al servicio de una minoría a la que forma gratuitamente para que luego ponga sus conocimientos al servicio de la empresa privada, de otros países o de su propio bolsillo, sin retribuir nada al Estado, ni siquiera las gracias.

La UCV no solo ha cambiado su signo ideológico, sino también ha disminuido su densidad política. Solo así se entiende que haya tolerado tantos años con las mismas autoridades rectorales sin que se haya producido una protesta de cierta magnitud. Solo así se entiende que el evento más importante presentado en los últimos años en la gloriosa Aula Magna haya sido un Festival Pepsi. Solo así se explica que algunos integrantes de la comunidad universitaria hayan salido a rechazar los trabajos que está haciendo el Gobierno, presentándolos como un ultraje a la autonomía.

En la era de la posverdad, cuando cada quien cree lo que quiere creer, incluso contra toda evidencia, las reparaciones y restauraciones quedan registradas como bárbaros daños a la infraestructura, y la presencia pacífica de altos funcionarios es presentada como una irrupción. Mientras tanto la rectora, que tiene 14 años ejerciendo el mando, aparece como la gran demócrata que lucha contra una dictadura.

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No tiene 300, sino 195 años

El profesor jubilado José Manuel Rodríguez sufre un enorme asombro por un documento firmado por viejos colegas suyos que militan ahora en la Plataforma de Defensa de la Constitución. Aparte de afirmaciones sobre “la intervención del Gobierno” a las que califica de “amarillismo periodístico”, estas personas señalan que ”la UCV a lo largo de sus casi 300 años de fundada, ha vivido varios momentos oscuros”.

“Parecen olvidar los firmantes que la Universidad Central de Venezuela fue creada por Simón Bolívar en 1826, es decir hace 195 años, y la creó como una universidad republicana que ocuparía el mismo lugar donde funcionó la Real y Pontificia Universidad de Caracas, establecida por el rey de España en 1721, bajo su tutela y protección y la del Papa”, puntualiza.

La diferencia no es menor. “Aquella universidad era un baluarte del colonialismo, sus programas de estudios debían ‘defender los valores católicos y la pureza de la raza’, y sus estudiantes demostrar ‘ser blancos, hijos de legítimo matrimonio, descendientes de cristianos y limpios de toda mala raza…’ –indica Rodríguez. Esos 105 años que duró, nada, pero nada, tienen que ver con la UCV. Espero que el Gobierno no nos vaya a salir ahora con que la recuperación física de la Ciudad Universitaria es para celebrar esa absurdidad de 300 años. Alerta con eso, ministro de la Cultura”, clama Rodríguez.