VITRINA DE NIMIEDADES | Espantos cotidianos

Rosa Pellegrino

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En los caseríos regados entre Barquisimeto y Carora, donde el calor y los cujíes van marcando el camino, también tienen su Llorona, su Sayona, su Jinete sin cabeza y brujas rompetechos. También tienen su máxima: en noviembre, hay que guardarse temprano y no abrir las ventanas porque las ánimas andan de ronda, o eso dice mi abuela, que siempre recomienda respetar a esos espíritus. Sabia como es, le tomo la palabra con otro tipo de espantos: esos que conseguimos en vecindarios, reuniones familiares, estaciones de metro y redes sociales.

Esta lista de espantos incluye a personajes típicos como el espectro del pescado frito, que se apodera de algún vecino o compañero de trabajo para darnos clases de algo sobre lo que supuestamente no sabemos nada, aunque esté demostrado lo contrario. Siempre sabe más que carite recién salido del sartén: tiene un cuento, un dato, una precisión para hacernos sentir que, bueno, somos el colmo de la ignorancia y la inexperiencia, sin importar frente a quien nos avergüencen. Solo queda poner cara de despistados, porque si nos atrevemos a persignarnos… Recibiremos siete clases de catecismo gratis.

Si nos salvamos de este espectro, es muy probable que el destino nos tenga preparado un encuentro con los espíritus de lo inoportuno: nos hacen cerrar la puerta de la casa con las llaves adentro, dejar caer el teléfono en una alcantarilla u olvidar la lonchera del almuerzo en el autobús. Esas cosas no son producto de un despiste o de la Ley de Murphy, son acciones de entes demoníacos.

Los espantos también han evolucionado y tienen su espacio en el mundo digital, con los duendes de las redes sociales. Su objetivo es hacernos pasar un mal rato a partir de nuestras propias publicaciones. Un error ortográfico, una foto, una opinión: no importa el motivo, siempre habrá oportunidad para hacernos quedar mal y que otros usuarios nos acusen de insensibles, incoherentes e inhumanos. Algún pacto tienen con el diablo de los algoritmos para propagar su maldad.

Esos duendecitos encuentran en las plataformas de mensajería instantánea otro lugar para provocar escalofríos. Nos ponen a enviar el mensaje sobre el vecino abusador justamente a la esposa del susodicho, a hablar mal del jefe en el grupo de trabajo o a enviar fotos privadas en los grupos de representantes del colegio. Las consecuencias suelen ser más aterradoras que conseguirse a la Llorona en el comedor hablando por videollamada con el Jinete sin cabeza.

No podemos olvidar al ánima de los retrasos del metro, que se alimenta de nuestro pánico cuando tenemos una hora de viaje y aún no llegamos a nuestro destino, y el espíritu del dólar roto, mandado del más allá para expiar en vida nuestros pecados. Por suerte, mi abuela en sus parajes larenses no padece como nosotros con estos espíritus cotidianos.

Rosa Pellegrino