HABLEMOS DE ESO | Del Trust a las “transnacionales”

Humberto González

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El término trust casi no se usa hoy en día. Según Wikipedia, “El término trust define la situación en que varias empresas que producen los mismos productos se unen formando una sola empresa. Esta tiende a controlar un sector económico y ejercer en lo posible el poder del monopolio; podía ser un control en su ámbito horizontal, cuando las empresas producían los mismos bienes o prestaban los mismos servicios; o de ámbito vertical cuando las empresas del grupo efectuaban actividades complementarias”. Siguiendo con esa historia, tenemos que el primer trust del que se tuvo noticia fue el gigante petrolero Standard Oil Trust, fundado en 1882. En 1890 la Ley Sherman declaró ilegales los trust en Estados Unidos. Este es el origen de las leyes antimonopolios, formuladas para proteger a la economía de los efectos perniciosos de los monopolios y garantizar, según aseguran sus promotores, la “libre competencia”.

Si usted quiere saber qué es un monopolio pregúntele a Disney. Su actual nombre legal es The Walt Disney Company, fue fundada en 1923, cuando comenzó a competir con dibujos animados como “las Sinfonías Tontas”; en 1930 empezó la producción de Blanca Nieves y los Siete Enanos, que fue estrenada en 1937, ese fue su primer gran éxito. Hoy en día, Disney es el conglomerado mediático más grande del mundo seguido de Comcast, AT&T y ViacomCBS. Su valor nominal en 2015 era de 500 mil millones de dólares.

En la estructura de Disney no solo figuran sus famosos “estudios” (que son en realidad una gran maquinaria de producción y distribución), los canales de TV identificados por la figura del Ratón Mickey y los parques de diversiones; en medio de su acelerado crecimiento, ahora también forman parte de la estructura de Disney, entre otros: Pixar (creadora de los primeros éxitos en 3D), Lucasfilms (La inmensa franquicia de la Guerra de las Galaxias), la 20th Century Fox (uno de los estudios más grandes de Hollywood), Marvel (con todo su universo de superhéroes), Fox (el antiguo imperio Murdock, con toda su red de canales que incluyen noticias, “entretenimiento” y deportes) y hasta National Geographic.

Si tiene un servicio de televisión por cable o satelital, encontrará que más de la mitad de la oferta está bajo el dominio Disney y los otros canales también tendrán películas de alguno de los brazos de este consorcio. Uno se queda con la duda de qué canal es el que no es de Disney. Si entra al mundo de la televisión por demanda (como Netflix) ya puede encontrarse con Disney Plus.

No es un tema menor, nuestra imagen del mundo y de nosotros mismos se configura en buena medida en el “universo” de los medios de entretenimiento, esa industria cultural que ya no espera lejos de casa a que vayamos al cine, sino que anda con nosotros por todas partes, metida en lo más profundo de nuestra intimidad y no nos abandona, ni siquiera cuando nos separamos del celular. Un auténtico universo (o pluriverso) por el que puede navegarse toda la vida sin salir de él, gracias a las múltiples redes que conforma. Desde tigres en HD, hasta Iron Man o a los deportes que se transmiten en todos los canales. De hecho hay gente (mucha) que nunca sale del mundo Disney, que le acompaña en las piñatas y la ropa y que, naturalmente, tiene su meca en Orlando, Florida, donde puede embarcarse en el Perla Negra.

Universo completo (en palabras que son ya de uso cotidiano) donde no se conforman solo valores, sino también gustos y sensibilidades, formas de estar en el mundo. Todo en unas solas manos, la de una industria cultural hegemónica, que solo sabe de negocios y cuyo negocio son “los públicos”. Claro, usted puede salirse de puro rebelde del universo Disney y cambiar al universo Windows (de Microsoft), al universo Google o escapar al mundo de Facebook (que incluye WhatsApp, Instagram y Messenger). De ese tamaño es esa industria cultural.

P.S.: Mi hijo está leyendo El imperialismo, fase superior del capitalismo, de Vladimir Ilich Lenin. Sus ejemplos del tamaño que alcanzaban los trust en la primera década del siglo XX parecen “juego de carritos”.

Humberto González