PUNTO Y SEGUIMOS | Del ridículo no se vuelve

Mariel Carrillo García

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Que la mayoría de ciudadanos de este país nos indignásemos por la existencia del “presidente interino” Juan Guaidó, nombrado en una plaza del “este del este” de Caracas, inventado por el loco Trump y sus asesores, y alabado por los disociados, era, por decir lo menos, lo más normal. ¿A quién se le ocurre? Segunda década del siglo XXI y un desconocido al que ni su familia lejana le conocía la cara de repente estaba ahí, en las pantallas de todo el mundo, “siendo” presidente de Venezuela, con sus ojitos brillantes y la cara de pánfilo que -junto a su incapacidad para modular- sí que le darían fama. ¿Sería cierto semejante insulto a la inteligencia?

Y la cosa es que sí, fue cierto. Los opositores nacionales e internacionales le aplaudieron, lo calificaron de salvador, reconciliador, patriota, estadista; corearon a su lado: “Cese de la usurpación, gobierno de transición, elecciones libres”, le buscaron para tomarse fotos, le adularon, le prestaron aviones oficiales (porque él no disponía de ninguno), le aceptaron “embajadores” y, por sobre todas las cosas, validaron moral y prácticamente que asumiera el control de buena parte de los recursos del Estado nacional. Poco significó que nadie lo eligiera, que no contara con instituciones, que no tuviera preparación ni carisma, o que en su trayectoria política se le conociera más el trasero que la cara. Igual lo alabaron. Fueron y son cómplices, por más que hoy se asuman consternados ante la incapacidad de repartir demostrada por Juan.

El problema de Guaidó no es que sea un fantoche, o que no tenga escrúpulos, o que no se le entienda nada de lo que dice. No. Para la oposición, lo imperdonable es que teniendo acceso a tanto dinero robado descaradamente al país sin que a nadie se le moviera un pelo, no los acomodara a todos. Los adecos, los justicieros, los de voluntad y el resto de buitres casi mueren de éxtasis ante la posibilidad de saquear a Venezuela sin tener siquiera que estar en el gobierno fingiendo trabajar. Firma y carta libre de los yanquis. Sí, señores, la firma de Juan era como llave maestra. Y la lógica era “¿cuánto nos queda a cada uno de semejante botín?”. Imagínense la cara de Ramos Allup o Leopoldo calculando las ganancias de Monómeros, o contando los lingotes de oro guardados en Inglaterra. Lamentablemente, todos tenían los mismos sueños, y Juan, aún con su papa en la boca entendió que mientras más cerrado el grupo, mayor la ganancia. Lógica básica, apta incluso para Guaidó.

Mientras el populacho opositor esperaba con ansias un cese que jamás llegaría, la jauría de la “dirigencia» se fue impacientando. “Ajá, ¿y entonces? ¿cuándo me vas a dar lo mío?” Y a muchos no les cayó nada, o solo migajas. Pobres. Se les diluyó la esperanza de una vida mejor. Algunos hasta habrán gastado lo que nunca les dieron. Y ya les tocó indignarse. Programas con analistas y periodistas ahora “acuciosos” empezaron a despachar de todo, a ventilar los trapos sucios, a llorar en cámaras por la corrupción del interinato. Los involucrados comenzaron a lanzarse cuchillos con liguitas y, después de perder Monómeros a manos de los colombianos (¡ni conservarla pudieron!), se hizo más que evidente que había que despegarse de Juan y su grupo y buscar nuevos horizontes, o mejor dicho, regresar a los negocios de la manera tradicional y antigua, fuera de la burbuja del gobierno interino y los miles de millones de dólares en activos que se encaletaron los más vivos. ¡Ahh aquel tesoro sin responsabilidades. Una mina sin rendición de cuentas! Y a Juan y su diente roto.

Ahora, unos corren desesperados tratando de volver al juego democrático y agarrar lo que puedan, otros, enfrascados en la venganza, defenestran a Guaidó y su combo por todos los medios públicos y privados, y hasta le sacan investigaciones de su propio Banco Central de la Venezuela paralela, pidiendo, en el más chimbo de los informes, que explique en que se gastó cientos de millones de la “ayuda humanitaria” y de otros recursos de dudosa procedencia. Guerra civil en Narnia. Facciones en tensión. Acusan al autoproclamado de tirano, de agarrado. El canciller Borges dimite y declara como referente de la moralidad del reino. Capriles dice que hay que salir de la tierra de la fantasía porque es yerma, mientras en la real ahora es que quedan cosas. “No cesó la usurpación del otro lado, pero sí que podemos cesar al gobierno interino; vayamos de vuelta a participar en las elecciones libres de la Bolivariana, que algo queda” Y sí, ahora es que queda, como quedará siempre en la historia de Venezuela, la avaricia, la incompetencia y el irrespeto que mostraron en su “genial” y más ridículo intento de ser los dueños de los que nos pertenece a todos.

Mariel Carrillo García