PUNTO Y SEGUIMOS | El Sistema debe ser de invención propia

Mariel Carrillo

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Como casi cualquier acontecimiento en Venezuela, la puesta en escena de más de 12.000 músicos integrantes del Sistema de Orquestas para optar al Récord Guinness como la orquesta más grande del mundo, generó polémica. Ya no solo dentro de la tradicional polaridad chavismo y oposición, sino dentro de las mismas: que el Sistema es “elitista”, que el Maestro Abreu no fue ningún niño Jesús, que eso está lleno de escuálidos, que esos reciben toda la plata mientras los cultores de otras ramas no, que para qué un espectáculo en pandemia, qué por qué música extranjera y no nacional, y etc. etc. etc.

Por otro lado, se oyeron voces en defensa del programa creado en la cuarta y repotenciado en la quinta, destacando el valor político de mostrar al mundo un país donde existen miles de niños sanos con acceso a educación musical gratuita, tocando a punto y con maestría las melodías antes reservadas a pocos, y evidenciando que en este país descrito en el mundo como una dictadura salvaje, el arte tiene espacio y apoyo; cosa incompatible con la Venezuela de los diarios extranjeros. Punto aparte para los disociados –especialmente quienes viven fuera– que solo tuvieron tiempo para recordar a los músicos utilizados durante las guarimbas y la supuesta represión del rrrégimen.

¿Y entonces? Preparar todo ese espectáculo para certificarnos ante una empresa reconocida internacionalmente ¿Fue algo bueno? ¿Fue algo bonito? ¿Fue algo útil? Claro que sí. ¿Fue una actividad con un profundo mensaje de la ideología bolivariana? No tanto. No al menos en la forma en que nos enseñó Chávez, a quien no se imagina invirtiendo recursos en tiempos de crisis para que una empresa que monopoliza las certificaciones de los “récords” del planeta le dijera al mundo que tenemos la Orquesta más grande de la Tierra. Le habría importado más que efectivamente tuviéramos la orquesta más grande, funcionando y creciendo en todos los estados del país, por y a pesar de la crisis. Pero Chávez no estuvo bloqueado y la imagen del país en el exterior no estuvo nunca en los niveles de posverdad absoluta en la que nos encontramos, con un decreto de amenaza extraordinaria y hasta con un gobierno paralelo que varias naciones del mundo –muy vergonzosamente– aceptaron.

Así las cosas, sin la guía genial, sin aquella pedagogía con la que Chávez nos presentaba todo, este tipo de actividades nos parece complaciente. Para quedar bien con Dios y con el Diablo, apelando a un sentido de la venezolanidad en el que lo importante y unificador es aquello de catalogarnos como lo “mas de los mases”. Las mujeres más bellas, la cascada más alta, la orquesta más grande, la comida más rica, etc. Y tendríamos que preguntarnos, ¿ese es el pueblo que queremos ser y que reconozcan?

Personalmente me enorgullece que tengamos un sistema en el que miles de niños puedan aprender música, que tengamos maravillas de la naturaleza en nuestro territorio, que seamos un pueblo alegre y generoso, y que hayamos liberado cinco naciones, pero no me enorgullece que se institucionalice el alardeo sin sustancia (en todos los temas), ni ver como cierto periodismo se dedica no a informar sino al “arte” de expresarse usando solo superlativos, y mucho menos ser testigo de cómo se tergiversa el orgullo, o el amor patrio bajo la superficial y poco solidaria idea de “ser el mejor”, “el más grande”, “el que mas mea”, porque eso reafirma no el autoestima, como se quiere hacer creer, sino el egoísmo y la competencia, que son valores fundamentales del capitalismo, no del socialismo bolivariano.

Entendiendo que somos un país asediado y ninguneado por los de afuera, sé que provoca gritar nuestras bondades, nuestras verdades positivas, pero la mejor forma de hacerlo, no es precisamente en los términos, usos, maneras y formas de aquellos a los que combatimos. Inventar o errar es nuestra consigna. Crear algo nuevo, propio. Creer que aquello se “destruye desde adentro y con sus propias armas” sería ingenuo, por decir lo menos.

Mariel Carrillo