Cuentos para leer en la casa | Cena y vino

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Caminamos por la calle estrecha de los bares, en la oscuridad con luces rojas y puertas cerradas, con música de piano y guitarras eléctricas y voces roncas y jadeantes que como no sé qué dicen me suenan bien. Pascual me traduce: Dar es la razón de mi vida. La voz gastada vuelve a estallar como una grieta, hasta que la puerta se cierra detrás de una pareja y yo me digo qué rara me vería hablando inglés, me daría vergüenza de solo pensarlo. Calculo que deben ser cerca de las ocho y media, que la niña estará viendo televisión. Pienso que debería estar en casa para acostarla y que seguramente mañana habrá que rogarle para que salga de la cama, pero no me atrevo a mirar el reloj.

Al fondo una grúa grasienta cierra el paso. La brisa sopla y nos refresca. Nos devolvemos. Hay que elegir un sitio, dice Pascual y Calatrava no oye porque se ha quedado atrás encendiendo un cigarrillo. Los fósforos se le apagan, Pascual saca el yesquero y quedamos los tres juntos, pegados de la pared, iluminados por los focos de un carro. Pascual con su chaqueta rayada y sus manos temblorosas, Calatrava con su frente ancha y pálida inclinada sobre la llama y yo con mi vestido azul, rígido, recién salido de la tintorería.

Ya olvidé mi cansancio y los cuatro autobuses de la tarde y los de la mañana. Cuántos habré tomado en toda mi vida. Cuántos me faltará tomar. El día que muera será bien triste, si es cierto eso que dicen de que uno se acuerda de toda su vida, que la revive de un solo golpe como si estuvieran pasando una película a todo vapor, yo lo que voy a ver es un desfile de autobuses y…de muertos.

Entramos en un restaurant oscuro porque no había que olvidar la condición de Calatrava. Había en la mesa unos botones de rosas rojas y los bordes de los pétalos ya estaban marchitos. Pascual pidió vino y a la primera copa comencé a sentirme despreocupada. Me reí tantas veces como pude y a veces sin motivo y como si estuviera pasando por una alegre temporada que debía ser recordada. Ellos sonreían con menos alegría, sus bocas se entreabrían en un proceso de composición de muecas, quizá por cumplido o porque no sabían expresarse. Y todo se desarrollaba en una forma convencional, como si eso no tuviera nada que ver con nuestras antiguas vidas, lo sorprendente era que no las habíamos olvidado, solo nos estábamos comportando seriamente y con cortesía y habíamos dejado nuestras imágenes para que un espejo las atrapara y las conservara por una noche al menos.

Pascual da consejos. Los papeles, el cuidado con los documentos, precauciones, sitios que no deben dejar de conocerse, dónde hospedarse, da nombres, direcciones. Calatrava se retrae, calla, acaricia las rosas. Nosotros seguimos en silencio su juego con las espinas, con el tallo, con los pétalos negros y arrugados. Nos pasamos la mano por la frente al mismo tiempo, y acercamos nuestras caras a la suya sin poder apartar la vista de sus venas tensas en esa frente pálida, de ese golpe que viene de adentro. ¡Dios mío, por qué tan pálida! Una idea enorme y repentina que se alarga hasta la eternidad.

Reanuda la música, y nosotros con voces tenues, imposibles, hablamos afablemente, de unos viajes prodigiosos que debían sucederse en el futuro. Dije que hacía un frío terrible y ellos me llamaron exagerada.

Calatrava se despidió, los saludos estuvieron controlados.

Pascual me pasó el brazo por encima del hombro. Desde hacía algún tiempo nuestras relaciones estuvieron marcadas por la irritabilidad, pero ahora me parecía que podíamos caminar varias cuadras sin desajustes ni medias palabras. De repente se detuvo, y dijo:

—Carmen, ya yo no me vuelvo a enamorar.

No pude contenerme y le dije, que a cuenta de qué sacaba a colación semejante estupidez. Me respondió que de allí provenían todos sus males. No tuve tiempo de seguir su discurso, en ese momento pasaba el autobús y dimos una carrera que casi nos revienta el bazo.

De Las mujeres cuentan: antología, selección y prólogo por Cristina Guzmán.

Diario de Caracas, 1980.

*En la publicación original este cuento está firmado por Victoria Duno ya que para ese momento la autora, más conocida por su nombre Victoria de Stefano, utilizaba el apellido de quien para entonces era su esposo.

La Autora

 

Victoria de Stefano (Rímini, Italia, 1940). Se trasladó a Venezuela en 1946, viaje que relata en una pequeña biografía en tercera persona, fragmentaria, en el libro Su vida, publicado en 2019 en Bogotá. Entre sus obras se encuentran ​Sartre y el marxismo (1975), La noche llama la noche (1985), Lluvia (2002), Poesía y modernidad, Baudelaire (1984), Paleografías (2010), El lugar del escritor (1990), Historias de la marcha a pie (1997), El desolvido (1971), Cabo de vida (1993) y Venimos, vamos (2019).