La caraqueñidad | ¿Quién se quedó con el dinero para la estatua de Cenizo?

0
“Le gustaban tanto al beodo can las birras…”

La sociedad caraqueña quiso homenajear a este particular edecán del Libertador

Siempre fuimos contrarios a la teoría de la culpabilidad, porque nos importa más la solución que el problema. Pero toda regla tiene su excepción: ¿Alguien sabe por qué Cenizo no tiene su estatua? Se hizo una colecta pública para honrar a este edecán canino del Libertador con una efigie animalesca, pero nadie sabe, nadie dice, qué pasó con esa recaudación. Y para evitar problemas, solo presentaremos al curioso personaje de la fauna capitalina y de nuestra historia de inicios del siglo XX.

¿Quién fue Cenizo?

Seguramente muchos ya lo sepan. Otros se enterarán porque vale la pena reordenar ideas, crónicas e investigaciones en torno a la figura y particularidades de este singular perro –Juan era su nombre original; dizque por Gómez, el mandatario de esos días–. A diario iba a la Plaza Bolívar junto a su dueño, quien al fallecer dejó al cuadrúpedo desamparado.

Aun así, Cenizo siguió su tradición de acudir al céntrico lugar, con el infaltable ritual de reverenciar a las 12 en punto la estatua ecuestre del Libertador.

Erguido, levantaba su mirada –para saludar a su amigo Palomo, la monta de Bolívar o para imaginarse como el mucuchíes Nevado, el fiel perro del Libertador–. Pasados dos o tres minutos, a ritmo marcial y con profundo respeto daba media vuelta y se echaba en los jardines adyacentes porque a esa hora el brillante granito del piso echaba chispas por el calor del mediodía.

Al refrescar la tarde, evadía a curiosos que se acercaban a observarlo, y se echaba junto al pedestal del monumento del Padre de la Patria. Lo cuidaba celosamente para evitar que otros de su especie marcasen terreno en el sitio.

Cenizo no toleraba a personas de mal aspecto ni con bolsas y arrebiates de compras. Su fiera defensa de lo que representa la popular estatua de Bolívar solo daba acceso a algunos limpiabotas con los que se familiarizó, y con algunos ciudadanos que lo alimentaban y lo refrescaban con agua y otros líquidos, lo cual aumentó su fama.

Era un perro cacri, que desde su aparición en 1918 hasta su muy sentida muerte el 29 de agosto de 1927, se convirtió en uno de los más insignes edecanes del Libertador que la historia haya registrado y que inspiró a músicos y escritores del mundo.

Una madrugada la escritora española María Álvarez de Burgos pasó frente a la estatua de Bolívar y escribió: “No hay más de dos personas: Cenizo y yo”.

Vicios del vigilante

Cenizo, al principio rechazado por su mal carácter y grisáceo pelaje –además de ciertos hedores que luego amainaron–, fue pieza fundamental para los placeros, quienes pasaban más tiempo alrededor de Bolívar y su estatua que en sus hogares.

En vano muchos trataron de ahuyentarlo a punta de palos. Pero Cenizo cada vez estuvo más apegado al lugar.

La prensa reseñó excentricidades del malamañoso can, que además de defender al Libertador, estaba cebado porque los clientes de un local cercano lo alimentaban y hasta le brindaban sus cervecitas.

Sí, así como lo leyó. Cenizo, religiosamente, a las 11 de cada mañana –una hora antes de su ritual frente a Bolívar– seguía un guión escrito por nadie y protagonizado por él mismo. Ya había mejorado su aspecto y carácter. Tenía libre acceso a la famosa cervecería Donzellas, donde se permitía que los comensales le dieran sobras y bajaba los tarugos con cervezas.

Cenizo iba de mesa en mesa. Saludaba con su pata derecha posada en la pierna de algún cliente que le correspondía con cariños y raciones sólidas y líquidas.

Eso era de Principal a Conde –por allí funciona hoy La Indiecita–. La Donzellas –testigo del desarrollo de la cultura etílica caraqueña–, sustituyó a la desaparecida y no menos famosa Strich. Sus clientes, poetas, políticos, dramaturgos, intelectuales y el vulgo, todos por complacer a Cenizo, le brindaban su copa cervecera llamada Pumpás –en alusión al sombrero de copa–, la pequeña camarita o una lisa, según el bolsillo de cada quien.

Eso sí, a las 12 en punto Cenizo parecía un húsar canino. Luego dormía una siesta y por la tarde regresaba al pecaminoso abrevadero.
Le gustaban tanto al beodo can las birras –frías como trasero de foca– que tomaba indeteniblemente hasta embriagarse.

Algunos placeros –sus concañeros edecanes– le daban una dosis mañanera para la resaca.

Se llegó a decir que Cenizo feneció curdo. “Murió feliz de una rasca y sus demonios. Dios lo guarde en su gloria”.

Digna sepultura…

Aseguran que luego de cierta agonía etílica estiró sus patas el popular Cenizo. Conmoción pública. El Aseo Urbano llevó su cuerpo al crematorio de Los Chaguaramos, pero llegó una turba de intelectuales y gente de todo nivel, amigos del perro, liderados por gente del Club Paraíso para reclamar los perrunos restos. Le hicieron una urna de metal y le dieron cristiana sepultura en un jardín de la Plaza Bolívar.

Las primeras páginas de los diarios reseñaron la trágica pérdida. La gente, faramallera –o no– empezó a llevarle flores y a rezarle.

Aseguraban ver su fantasma y oír sus ladridos, mientras otros ingerían lo que ahora no podía Cenizo.

Tan célebre fue este exótico perro que la revista Biliken, de Lucas Manzano, propuso levantarle una estatua; idea criticada por algunos, pero respaldada por las mayorías. Se hizo la “vaca” pero el dinero desapareció al igual que el collar de oro que le regaló un excéntrico literato.

Para Aquiles Nazoa, Cenizo fue un “ángel tutelar de la generación del veinte y trasnochado huésped de la plaza Bolívar a la vera de cuyos rosales amaneció plácidamente muerto…”.

LUIS MARTÍN | CIUDAD CCS