LIBROS LIBRES | Adriano González León: narrador de garra

Gabriel Jiménez Emán

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Entre los escritores venezolanos con una presencia decisiva en la literatura venezolana del siglo XX se encuentra, sin duda, Adriano González León.

Nacido en la ciudad de Valera (Trujillo), en 1931, trajo consigo una buena suma de cultura de su región natal para crear, en su encuentro con la ciudad, un sustrato narrativo de primera importancia traducido en cuentos, novelas, artículos y ensayos.

Perteneció al célebre Grupo Sardio, en Caracas, donde dejó ver sus ideas en contra del régimen de Pérez Jiménez, publicó sus primeros libros Hombre que daba sed (1967), Asfalto infierno (1963), Las hogueras más altas (1957), Linaje de árboles (1988) y las novelas País portátil (1967) y Viejo (1995), e incluso un libro de poemas: Huesos de mis huesos (1992).

Los cuentos de Adriano de inmediato llamaron la atención de lectores y críticos en nuestro país y el extranjero, al punto de que el gran escritor guatemalteco Miguel Ángel Asturias firmó el prólogo de Hombre que daba sed.

Años más tarde, la publicación de País portátil constituyó un acontecimiento novelístico importante de Venezuela, al hacerse acreedora esta novela del Premio Biblioteca Breve, en Barcelona, España, catapultando a Adriano a la fama; la novela hace gala de un buen número de técnicas narrativas de avanzada y es quizá la más leída de la segunda mitad del siglo, donde narra buena parte de la lucha armada en los años sesenta.

Adriano es autor de una buena cantidad de crónicas brillantes publicadas en diarios de Caracas (Del rayo y de la lluvia, 1981); profesor de la Escuela de Letras en la Universidad Central de Venezuela, y conductor del notable programa televisivo Contratema, donde hizo gala no solo de su erudición y dominio de los temas, sino de una peculiar amenidad y soltura.

Asimismo, en barras y cafés de Sabana Grande –donde le conocí– Adriano atraía a un buen número de oyentes y admiradores. Tuve la fortuna de ser su amigo y de invitarlo a participar en un evento en honor a mi padre en la ciudad de San Felipe, a donde asistió entusiasmado.

Tuve también el privilegio de hacer prólogo y bibliografía de su volumen de cuentos Uno y otros relatos (2007), para Monte Ávila Editores, donde anoté al final: “Ha sabido González León hacer convivir en su prosa los fantasmas urbanos con los duendes rurales, con una enorme eficacia, a través de un lenguaje lleno de evocación y capacidad para crear personajes vívidos, gracias a una asombrosa elaboración lingüística; todos ellos signos relevantes de esta aventura literaria signada por el drama de la tierra y sus incendios visibles e interiores, arraigados en los mejores terrenos de una escritura cargada de una enorme significación para la historia de nuestra literatura”.

Se cuenta que un día de enero del año 2008 Adriano estaba bebiendo animadamente con un grupo de amigos en el Hereford Grill, de Las Mercedes, y pidió permiso a sus amigos para dar una siesta en un sofá cercano. Se quedó ahí plácidamente dormido, con una sonrisa feliz asomada en el rostro, y no despertó más.

Gabriel Jiménez Emán