HORIZONTE DE SUCESOS | Zamuro

Heathcliff Cedeño

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Pocos recuerdan el momento en que llegó Zamuro al pueblo, de hecho muchos llegaron a cuestionar que fuera de otra parte del país, mucho menos que fuera extranjero. Debe haber sido por la familiaridad con la que nos trataba a todos, como si nunca hubiera estado en otra parte.

Pero no, Zamuro era de República Dominicana. Llegó a principio de los 90 con su mamá y nunca se volvió a ir, aunque no tuviera otros familiares de ese país caribeño en el pueblo.

La llegada de esa familia causó revuelo porque su mamá inauguró uno de los bares más famosos de la época. Y es que, mucho tiempo después, descubrimos que el atractivo era ella misma. Lo notamos cuando hicimos de ese bar un segundo hogar y casi todos los días armábamos la rochela en las mesas del botiquín, que era como la sala de la casa.

La mamá de Zamuro era la joya de la corona, el último bastión entre todo el catálogo de criollas que también ofrecían sus servicios prostibularios. Ahora caigo en cuenta de que era una estrategia rentable hacer que la clientela desesperada pasara primero por las otras mujeres.

Lo cierto es que en ese bar nos trataban con cuidado y hasta con inocencia, nos corrían cuando llegaba un cliente y esas tranzas se hacían con discreción. Muchos años después fue que caímos en cuenta de todo lo que pasaba en esa esquina bicolor en ruinas que ya no existe.

Zamuro, Príncipe, Máquina y Marapa llegaron a la adolescencia y se convirtieron en los jinetes del apocalipsis del pueblo. Ya conseguir dinero por cualquier vía para jugar con las maquinitas del Caney era insuficiente. La juventud esquinera de la época no tenía muchas opciones para pensar en el futuro, el país tampoco.

Esos cuatro sujetos fueron leyenda por los desmadres en el pueblo y seguro le atribuyeron otros delitos menores, pero no suficientes como para pasar más de una noche en la comisaría municipal. También es cierto que el castigo siempre era peor para Zamuro, el extranjero hijo de una prostituta, cuya forma de caminar, zancadas largas y como en saltos, le acuñó el sobrenombre que aún mantiene.

Heathcliff Cedeño