LETRA VEGUERA | La odisea nos fue vedada

Federico Ruiz Tirado

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Cuando aún el CNE no ha exprimido las últimas actas de la megaelección del 21-N y yo me disponía a cerrar esta humilde crónica  dedicada a un tema literario que me ha despertado un inusitado, aunque extemporáneo interés, mi Whatsapp casi estalla por los requerimientos informativos de mis contactos. Quieren saberlo todo: que si el candidato de la MUD va a incendiar la ciudad, que si Rosales Peña no se librará de las sanciones que sobre él y sus propiedades pesan desde el Departamento del Tesoro de USA, que si Argenis Chávez está mosca frente a la ventolera anunciada por esa pieza del uribismo con burundanga entrenada por la CIA y el Mossad que es Freddy Superlano; en fin, por los vientos que soplan, Barinas está amenazada por las mismas tropas invasoras de la Batalla de los Puentes que sacudió en 2019 nuestra frontera con Colombia.

A esta hora, 12 m del lunes 22 de noviembre, mi hermano Leonardo me avisa que Superlano avanza con sus huestes fascistas por la avenida Carabobo, paralela a nuestra casa materna y frente a la cuadra de la Rodríguez Domínguez donde vivió Hugo Chávez. Van rumbo al CNE, dice un tuit de Superlano, “a librar una (otra) batalla, esta vez, “por la defensa del voto”.

Es probable que cuando este texto de mi columna semanal en Ciudad CCS, cada miércoles, circule en la web, otras serán las cosas por decir o contar. Por ahora, solo añado lo que hoy es Vox Populi en los vecindarios: después del imborrable episodio vivido en Cúcuta por el entonces diputado de Voluntad Popular, Freddy Superlano, en el motel Penélope, y del trance con la escopolamina, sustancia que ocasionó la muerte de su asistente, este debió quedar como dicen “inhabilitado” para mostrarse en la arena política. La burundanga esparcida en el Aid Live Venezuela y camuflada en las cajas de la “ayuda humanitaria” que abultó las finanzas de la banda de Guaidó, eran antecedentes curriculares de la vocación de este caballero que hoy se muestra como fundamentalista del voto.

Vigilante de esa secuencia de atrocidades, que desde el amanecer gravitan en estas noches de luna llena, esbozo, con el compromiso de ahondar en él, y resumidamente, el tema de mi columna, el cual, lo agrego al contenido del corazón de una aspiración democrática libre de estadísticas, pero alojada en la espesura de la escritura y la vida: los derechos del lector.

Hace varias décadas, al prolijo artista español Eduardo Arroyo, escultor, pintor, escenógrafo y cultor de la figuración narrativa, le fue negada una de sus obras maestras: la ilustración del Ulises de Joyce.

No se puede admitir fácilmente, pero esa especie de corporación mercantilista que se constituye en el seno de los herederos de los grandes autores, en este caso del brillante y genial novelista irlandés, nos negó a los lectores el derecho y el goce de recibir el efecto destellante del Art Pop: ver en modo animación el trazo de la convulsa odisea recorrida en un día por Leopoldo Bloom y Stephen Dedaluz, los semblantes de viejo y de joven de James Joyce.

La obra del Arroyo antifranquista, antimonárquico, que desnudó las pantomimas de la rancia cultura española con lanzas surrealistas, hoy reposa en los muros de cristal del Museo Reina Sofía.

Federico Ruiz Tirado