PARABIÉN | Paul y Susanne

Rubén Wisotzki

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Paul y Susanne (o cómo construir mundo, estando en este mundo, sin querer ser parte de este mundo)

1.

A la granja, como si fueran campanadas llegan, desde un lugar incierto, unos sonidos de metal. A veces, y con la anuencia del viento y la montaña, el eco traicionero (¿siempre traiciona un eco? Al no ser producto de un sonido original, sino repetición, reiteración, o imitación, ¿podemos confiar en un eco?), confunde la procedencia del estruendo. Hay días que llega por detrás de esta montaña, pero hay otras jornadas que llega por delante, donde un mar de picos montañosos ya exhiben las primeras nevadas propias de la época.

“Ah, esos son Paul y Susanne”, fuimos informados ni bien llegamos, hace ya dos años, cuando preguntamos por esos ruidos ajenos al entorno natural. Es curioso como un sonido, un ruido, habla a veces más de nosotros que nosotros mismos. En la madrugada, cuando en el silencio del edificio viene el día, la puerta del ascensor que se abre y se cierra, sube, se abre y se cierra, baja, se abre y se cierra, ya sabemos que es el de 4-B, el que trabaja en los Valles del Tuy, el de los tres niños, que cumplió años el pasado fin de semana y que no suele cerrar bien la puerta de entrada.

De la pareja se sabe poco y nada. No salen de la tierra que trabajan. Nunca se han acercado a la granja, y cuando se anda por sus alrededores, alzan las manos desde lejos como respetuoso saludo y se meten en la casa como si recibieran el aviso de una explosión nuclear. No se recuerda la última vez que se los vio en el pueblo cercano. Si no fuera por el golpeteo que le brindan al metal de turno, él, ella, o ambos, no se sabría si respiran. Los que saben algo de su historia cuentan que los dos exhibían largas cabelleras, que sueltas llegaban cerca de sus cinturas, hasta que un día empezaron a lucir sus cabezas con los cabellos muy cortos.

2.

Por razones que no vienen al caso, un día fuimos, una vez más, llevados de urgencia al hospital. Ya restablecidos, pero aún hospitalizados, los cuentos del bosque de este servidor hacían entre tarea y tarea, animaban, o al menos eso parecía, el día de las enfermeras de turno. Agotadas las historias, los asombros, los fenómenos a narrar, nuestra lengua fue ocupada, en el renglón dedicado a las curiosidades, en referirnos a la según nuestra acomplejada visión, peculiar pareja y sus ruidos de herreros. “Ah, esos son Paul y Susanne”, dijo la enfermera sin demorarse mucho en identificarlos. No los conocíamos nosotros, vecinos, cercanos en el paraje, pero sí una enfermera de la gran ciudad. Apuntar que inmediatamente le solicitamos que nos hablara de ellos no es necesario. Pero que se apunte, por favor: “Háblame de ellos, por favor. —¿Quiénes son? ¿Llevan tiempo allí, alejados de todo? ¿No son hermanos, no? ¿Están enfermos?— Llevaban hasta hace nada largas cabelleras y ahora casi están con sus cabezas al rape…”

—No, afortunadamente, no estaban ni están enfermos. Paul y Susanne, viejos moteros, no son hermanos, sino amantes al parecer de largo aliento amoroso, y de común acuerdo por segunda vez en sus vidas (que se sepa) esperan que sus cabellos superen con holgura los treinta centímetros de longitud, entonces se los cortan ellos mismos y llevan lo ya cortado al hospital para donarlo con el fin de que sea usado para pelucas de pacientes enfermos con cáncer—.

—Ah, con que esos son Paul y Susanne— dice uno, asombrado, que no sabe qué decir y que cree que se espera que diga algo.

3.

Caben preguntas, y menos mal que siempre caben, como ¿Es medible el voluntarismo de un individuo? ¿Qué espera el otro como ayuda? ¿Qué se puede ofrecer de lo que se tiene para dar, si se tiene, aunque siempre se dice que se tiene, y que todos tenemos, que responda a la expectativa del que espera? ¿En un mundo de cabellos de colores, cortes de cabellos de todo tipo, es realmente importante una peluca para aparentar una normalidad en la no normalidad?

Podrían preguntarse esas cosas, sí, y muchas otras en torno a la entrega solidaria del dúo ruidoso de la montaña. Se sabe, y no se niega, que para muchas percepciones el tener o no tener cabellos es un punto importante para la autoestima. Pero llama nuestra atención que esas existencias, apartadas del ritmo y ruido mundano para crear sus propios ritmos y ruidos, estén pendientes del mundo del cómo me veo,  y lo más terrible lo que dirán, de un otro(a) desconocido.

4.

Quizás si afinamos la mirada, y cuando pasamos a la distancia de la granja de Paul y Susanne detallamos los tatuajes que se asoman cuando se remangan las mangas o se suben los pantalones, o la incontable colección de aros y argollas que los visten y que dan como un reflejo, como un chispazo de luz en nuestros ojos cuando chocan con los pocos rayos de sol que visitan estos parajes, nos darían unas pistas. Tal vez en el pasado, en su manera de ir en contra de la velocidad del planeta, formaron parte en más de una oportunidad de un ala rebelde, anárquica, del ejército de elefantes (Elefantentreffen), el famoso encuentro anual de motoristas que se realiza en Alemania, con sus melenas al viento.

Y si afinamos aún más la mirada, pero ya con el corazón, como diría el querido James Hillman, el gran revelador de los entresijos del inframundo, en esa entrega de sus cabellos se entrega también una importante parte de ellos, imposible de desdeñar: aquella en la que son afirmados en el mundo, aquella en donde dialogan con el mundo, aquella por donde encuentran un sentido a estar en el mundo y por el mundo, aunque lo hagan escondidos del resto de la humanidad. Si así fuera, si así es, pisan más tierra que muchos terrestres que levantan polvo ni bien dan un paso.

5.

Dice Peter Sloterdijk, el filósofo alemán, lector de excepción de estos días con libros como los editados en su trilogía Esferas, donde avista y revisa nuestras existencias en burbujas, emocionales, grupales, físicas y políticas, de ‘covibración’ en torno a las relaciones humanas, envueltas en sus propias acústicas, realizadas y/o recibidas como acciones mediales entre dos sentires. No podemos hacer un lado esta mirada filosófica cuando hablamos de Paul y Susanne que se acercan a los enfermos, a los que padecen, desde la entrega desinteresada de un símbolo estético que nace natural en sus cuerpos. Dan estos motoristas los que otros no tienen y anhelan, dan lo que los ayuda a conformar una identidad que los presente, dan, en gran parte, lo que son y estiman, dan de su construcción de mundo, estando en este mundo, sin querer ser parte de este mundo. Quizás por ahí deberíamos sopesar que nos peinamos o nos despeinamos. Para bien.

Rubén Wisotzki