HORIZONTE DE SUCESOS | Zamuro II

Heathcliff Cedeño

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El bar no tenía un mes de haberse inaugurado y ya era el más famoso del pueblo, incluso más que el bar Caracas y el de Suki, que era recordado por una tabla frente al urinario de cemento que decía: “Con la vara que midas serás medido”, que seguro era una reflexión del dueño para todos los que se burlaban de su homosexualidad. A Suki lo respetaban por su sabiduría y porque guardaba muchos secretos deshonrosos de varios hombres de buenos valores.

Ciertamente el bar de Magaly fue un exitazo. La recuerdo de niño muy alta y corpulenta. En ese tiempo sentía que era tan grande que cuando nos pasaba por un lado las nalgas nos rozaban la cara. Y es que además de alta las piernas eran más largas de lo normal y eso le daba un efecto descomunal a sus enaguas.

Tenía muchos clientes, incluso venían de El Socorro y Tucupido, tal vez tratando de mantener la imagen de hombres decentes en sus pueblos. Nadie es profeta en su tierra.

Pero al que vimos frecuentar más el bar fue a un gordo culón que nació con una malformación en su brazo izquierdo. Bueno, más que mal formación fue el crecimiento a medias de esa pieza del cuerpo: lo que parecía el desarrollo normal del brazo se iba adelgazando hasta llegar a un extremo con lo que parecía una manita cuyos dedos se reducían a unas pelotitas que causaban ternura.

Más de una vez lo vimos maniobrar con destreza cuando le tocaba llevar el medio tobo de agua al cuarto para el aseo después de la faena. Otras veces era la mamá de nuestro amigo quien lo cargaba.

Creo que Magaly le tenía cariño. Muchas veces los vimos conversando plácidos en una mesa. Eventualmente intentaba cruzarle el bracito por detrás del cuello y se quedaba a medio camino. Entonces no quedaba de otra que frotarle la espalda tiernamente con el muñón, que siempre iba a una velocidad distinta al resto del cuerpo por, es probable, un asunto de gravedad.

Con el tiempo esas conversaciones se fueron volviendo agrias porque la exclusividad reclamada iba contra el negocio. Nos entristeció un poco que desapareciera porque el «Mocho», como le llamaban, nos regalaba chucherías y más de un viernes nos dio para comprar perros calientes.

Recuerdo que no fue el único cliente enamorado. Violentos o pacíficos, ninguno dio con la fórmula para ganarse completamente a la mamá del pana. Todos atraído por su voluptuosidad, tamaño y otros atractivos.

Heathcliff Cedeño