BAJO LA LUPA | Feminicidio revisitado

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La violencia física, simbólica y jurídica contra las mujeres está profundamente enraizada en la cultura venezolana. Hasta los años 60 el Código Penal reconocía el “delito de honor” y establecía que el esposo, el padre, el tío o los hermanos de una mujer “adúltera” podían asesinarla, a ella y al amante, si los sorprendían infraganti. En el lenguaje coloquial poseer una mujer era “matarla”, del inhábil seductor se decía “es como un mal insecticida: las marea pero no las mata”, y un apartamento destinado específicamente a encuentros sexuales era un “matadero». Cerca de la Plaza Venezuela había en los 80 un pequeño bar (¿El gato pescador?) frecuentado por la izquierda universitaria, regentado por un húngaro que cuando detectaba una pareja de enamorados se acercaba a la mesa y les ofrecía en voz baja: “Arriba hay habitación para mátar” (el musiú  acentuaba la primera a).

A pesar de las nuevas leyes los tiempos han cambiado sin mejorar, a juzgar por las cifras de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas y, todo hay que decirlo, por las declaraciones aberrantes de políticos de izquierda y derecha en los últimos días.  Se habla de la necesidad evidente de una campaña nacional de educación preventiva contra la violencia de género, pero se olvida con frecuencia el trasfondo de miseria sexual generado por el patriarcado, y la necesidad de educar no solamente a los niños sino también a las niñas para que se vacunen contra el papel de víctimas y detecten a tiempo las señales premonitoras de la violencia de género. No es fácil en un mundo donde los arquetipos de lo bello y lo deseable cosifican a la mujer y a veces terminan por matarla. La solidaridad con las víctimas es imprescindible, y en ese terreno se han dado grandes pasos, pero como en todos los crímenes la prevención es clave.

No se trata solo de declaraciones “progresistas” y saludos a la bandera feminista: se requiere una voluntad política del Gobierno que aplique los recursos necesarios para campañas de difusión y formación por todos los medios, para todos los niveles y todas las edades, que hagan de la Revolución Bolivariana ejemplo y vanguardia internacional. Hemos aprendido y cambiado tanto en los últimos 20 años, que no hay razón para que en esta materia nos quedemos rezagados en buenos deseos y paños calientes.

Es un largo camino a contracorriente del patriarcado y todas las formas de machismo, pero hasta en los caminos más largos hay que dar un primer paso. Las feministas y los feministas han dicho mucho, ahora el Estado tiene la palabra.

Eduardo Rothe