PUNTO Y SEGUIMOS | Entre la espada y la pared

0

Una trata de no preocuparse, de ser optimista, de ver las cosas desde “otro ángulo”, de adaptarse a los cambios, de entender que hay decisiones que se toman por supervivencia, y en fin, de bailar al ritmo de este maravilloso país en movimiento del que hablaba el Chino Valera Mora, pero cuando más que sentir el ritmo de un baile lo que parece es que se moviera el piso, el instinto es detenerse y pensar rápidamente cómo no caerse.

Venimos de años muy difíciles, las sanciones estadounidenses han sido duras, y lograron “cerrarle el chorro” a este país derrochador, acostumbrado al ingreso constante del petróleo y sus derivados, y confiados en los “ahorros” y activos mal guardados en el exterior. Hace ya un quinquenio que entramos en economía de guerra, y no nos gustó nada. Si bien Chávez nos enseñó mucho e inició un gran proceso de transformación política y cultural, lo cierto es que doce años no eran suficientes para cambiar patrones de comportamiento de varias décadas -y hasta siglos-. La Venezuela saudita nos acostumbró al dinero seguro, a saber que el país era rico, aunque la mayoría de sus habitantes fueran pobres, y eso se tomó como normal. Lo bueno era “estar donde hubiese”, y a pocos les amargaba un guiso. Guisar y gobernar eran sinónimos, y destruir esta “creencia” ciertamente no iba a lograrse en poco más de una década.

Las sanciones lograron golpear en un área neurálgica. En una de las patas cojas de la revolución, que no por falta de intentos o de teoría sino por falta de tiempo y mano dura, no pudo borrar la cultura de la corrupción, el nepotismo y la “viveza criolla”. La construcción de nuestro socialismo pasaba necesariamente por cambiar este modo de pensar y hacer; demostrando con trabajo duro, educación y ejemplos que podíamos construir poder popular y estado comunal en el largo plazo, desplazando el poder del viciado estado burgués. Pero no lo hicimos. La muerte de Chávez, las sanciones y sus consecuencias en la calidad de vida de las mayorías y las minorías, generaron un retroceso, porque se instaló la idea de que la roncha era culpa del “socialismo”, ya no en los sectores opositores, sino también en parte de los sectores populares y lo que es peor, en el mismo Gobierno, donde indudablemente se reveló una corriente que en vez de profundizar el proceso de cambio, decidió flexibilizarlo para supuestamente paliar los efectos de las sanciones.

Ante el ahogo de la gente, la escasez de productos, la inusitada migración y el evidente deterioro de las condiciones de vida de todos, se abrieron varias opciones: la “inventadera», la resolución de problemas con el ingenio y el poder popular organizado; pero también el volver a la vieja senda de confiar en el empresariado nacional y extranjero, en condiciones de desesperación que llevaron incluso a redactar y promulgar una Ley favorable a las empresas y que es absolutamente opaca en términos de rendir cuentas al pueblo. Ya lo han explicado muy pedagógicamente economistas como Pascualina Curcio: se tomó el camino de pan para hoy y hambre para mañana, que es lo que siempre significa beneficiar a los privados antes que a las clases trabajadoras, y privilegiar la defensa de la “producción” antes que la de la moneda nacional, exigiendo todo el sacrificio de la tan anhelada recuperación económica al pueblo, que, narcotizado con dólares y ofertas balurdas de Black Friday, ha vuelto a pensar -muy peligrosamente- que si el socialismo no es viable, mejor volver a la cuarta.

Por supuesto, no hay que olvidar al pueblo chavista, que sí comprendió el fondo y objetivo de la revolución, ese que no es tan fácil de convencer y que hoy vota entre la espada y la pared, sabiendo que a la derecha nunca, pero inseguro de para dónde estamos yendo; y analizando hasta dónde le llega la confianza. El momento es delicado, un punto de quiebre y de dudas, en el que aún no estamos seguros de cuál paso dar. El cambio en el discurso, las formas, el evidente abandono de la formación ideológica masiva, y el resurgir de la Venezuela desigual de bodegones y niños pidiendo comida, nos recuerda a quienes se nos cae la cédula que no tenemos mucho tiempo para reencontrarnos con nuestro proyecto; ese que era música a los oídos y que nos hacía movernos en una gran marea roja, poderosa y emocionada. Que el cambio de ritmo nos alerte y nos despierte. Y sobre todo, no caer, como diría el flamante gobernador y filósofo opositor Manuel Rosales, en “cantos de ballena”.

Mariel Carrillo García