LETRA DESATADA | Locos que hacen realidad los sueños

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Científica y productora del laboratorio de Proinpa.

Vengo de tierra caliente. De chiquita viví en San José de Guaribe y Altagracia de Orituco. Jugaba metras, fusila’o, pisé, el avión, con muñecas de papel, gurrufío y trompo.  Pero no es eso de lo que quiero hablarles, aunque también, porque para quienes vivimos nuestra infancia en un pueblo, ir a uno, aunque no sea el terruño, no aguanta una añoranza. Esta guariqueña de alma y corazón ama el frío. Por eso venir para los andes de Venezuela es un gustazo.

No es lo mismo arroparse con frío que con calor. Y tampoco es lo mismo dormir sola, que empierná. Y “cuando el amor llega así de esta  manera uno no se da ni cuenta”. Este preámbulo nostálgico de tierras calientes, de las que vengo y amo, y de amores sin horarios ni calendario, viene a cuento porque un grupo de comunicadores nos vinimos a la fría tierra merideña, desde donde escribo, a buscar historias para contarles.

Bernabé Torres, sembrador de papa activa.

Una máquina que “exprime” troncos de caña, una licuadora, una guillotina  para cortar leña, un horno, una tostadora de café, un molino de moler maíz y  otro de moler café, una lavadora con patas de troncos de árbol y hasta un remolque para transportar botellones de agua nos mostraron en Altamira de Cáceres, Barinas, camino a Mérida. También visitamos un lugar lleno de pipetas y  plántulas donde hombres y mujeres de batas blancas se unen para preservar semillas de papas, fresas, café y ajo. A eso sumemos casas de bahareque construidas hace 200 ó 300 años, con techos de diseños perfectos,  a unas personas que tejen sueños y ruanas, a unos pasteles con múltiples sabores que hacen que uno se olvide de dietas y del hambre, a un lugar maravilloso que echa humo desde un pozo de agua y es lo más parecido a un paraíso, a Ligia Parra una mujer que lidera a un bojote de hombres, siembra agua y es experta en hacer menjurjes que curan.

Margarita Mora, tejedora de Mucuchíes.

Arrancamos con un carro perfecto para la tarea, (gracias al desprendimiento del amigo José López) temerosos de lo que nos encontraríamos en el trayecto, porque si algo escuchamos antes de venir fueron cuentos de caminos. La escasez de gasolina que amenazaba con ponernos en estado de amargura nos fue leve.

La pandemia presente en nuestras vidas nos mostró que la “crisis” y el bloqueo le pegaron duro al turismo del estado Mérida pero que no falta gran cosa para reactivarlo. Hay ganas y se tiene con que, porque volvimos a comprobar que eso que llama el gobierno la “Venezuela potencia” tiene que ver con ganas e ideas.

El Bolívar de Mucuchíes.

Nos alojamos en Santo Domingo, un pueblo cálido y frío ubicado a poco  más de 50 kilómetros de la capital del estado,  en un hotel cuatro estrellas (cortesía de mi hermana María del Valle) que decidió no celebrar la Navidad (el hotel, no mi hermana) porque ni adornado está. Son los que quieren apagar la potencia de Venezuela. Pero no pueden porque las ganas de vivir son más. El resto del pueblo recibió la Navidad con luces multicolores y los duendes alumbran con sus travesuras a los “locos” que siembran agua e inventan en Mucuchíes, Gavidia, Altamira de Cáceres y en San Rafael de Mucuchíes.   Para llegar al pueblo de Gavidia, donde Bernabé Torres cultiva la papa nativa, hay que transitar una carretera escoltada por montañas rocosas enormes atravesadas por cascadas y chorros de agua. Vimos más y sentimos más. Queremos más porque sabemos que hay más. Sigamos.

Papas del laboratorio de Misintá.
CIUDAD CCS / MERCEDES CHACÍN