Perfil | Aquel 8 de diciembre: el adiós del gran comunicador

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Llegó Hugo Chávez a la escena política del país, procedente del absoluto anonimato, hablando en cadena nacional ante un pueblo asombrado, pronunciando un discurso icónico (“por ahora”). Se marchó el Comandante de la tarima pública, de nuevo en transmisión conjunta de radio y televisión; esta vez ante un pueblo expectante y adolorido; de nuevo con un discurso icónico (“como la luna llena”), pero ya hecho figura histórica y celebridad universal.

Veinte años, diez meses y cuatro días pasaron entre el 4 de febrero de 1992 y el 8 de diciembre de 2012, entre el prólogo y el epílogo de una de las carreras políticas más fulgurantes de la que se tenga registro, solo comparable con las de los héroes de la Independencia que el propio Chávez rescató del conveniente olvido institucional y del bostezo en los recintos donde estaba encerrada la historia patria.

Entre la admonitoria declaración del 4-F y la conmovedora última proclama median miles, millones de palabras, porque Hugo Chávez fue el verbo encarnado de una porción muy notable del pueblo venezolano y de muchos pueblos del planeta. La suya fue, de principio a fin, la voz de los nunca escuchados, de los silenciados de siempre.

Sus adversarios (los de la derecha en todas sus variedades y los de la izquierda exquisita) siempre lo dibujaron como un parlanchín. Pero basta oír o leer cualquiera de sus abundantes y largos discursos, sus Aló Presidente, las respuestas que dio en entrevistas y ruedas se prensa, las participaciones repentinas en programas de VTV y hasta sus tertulias informales y bochincheras para convencerse de que fue un gran comunicador, un activista del verbo, capaz como muy pocos de poner el debate ideológico en el primer plano en el que debería estar siempre.

El discurso del 8 de diciembre de 2012 no fue una excepción. Quedó para la historia como un contundente acto de comunicación política, cargado de significados, trazador de rumbos en el comienzo de lo que ya se presagiaba como una de las noches más oscuras y tormentosas de nuestra contemporaneidad.

En la médula doctrinaria del mensaje vibró la idea de patria, el valor de la independencia, el principio de la soberanía. Allí estaba, como siempre, Bolívar, otro que murió antes de completar su obra.

Testigos directos de aquel episodio revelan que fueron horas de nudos en la garganta. No podía ser de otra forma, pues se trataba de asistir a lo que muy probablemente era (y lo fue) la despedida de un ser humano fuera de serie, un sujeto genuinamente histórico como pocos pueden llegar a conocerse en la vida.

Y lo más impresionante fue la forma como Chávez, el hombre, había logrado afrontar ese trance que para la mayoría habría sido insostenible. Puede afirmarse que allí, en uno de sus espacios favoritos del Palacio de Miraflores, él estaba en ese momento más sereno, incluso, que los integrantes de su séquito, que intentaban en vano esbozar sonrisas u ocultar sus angustias.

¿Cómo actuar en esa circunstancia? Era la pregunta que flotaba en el ambiente. No resultaba adecuado verse abatidos y desesperanzados, pues el mensaje que estaba emitiendo el líder iba en sentido opuesto, pero ¿cómo no estarlo si aquello era como uno de esos adioses cinematográficos con música incidental en un andén cubierto de nieblas?

Varios de los asistentes a ese dramático acto se encontraban en la etapa conocida como la negación. Se resistían a aceptar que el giro traidor del destino ya no tenía retorno posible. Querían creer que el Comandante se iría a La Habana y regresaría sano en enero a juramentarse e iniciar su nuevo período para el que había sido reelecto en octubre, luego de una épica campaña. Pero las propias palabras de Chávez anunciaban –sin mucho espacio para la duda– que esa no era la opción más probable. Era necesario estar listos para los peores escenarios. Resumido por un comunista ortodoxo, ese discurso ordenaba “desechar las ilusiones, prepararse para la lucha”.

En un pasaje de la transmisión conjunta, Chávez hizo referencia a la hora (era sábado, pasadas las 9 de la noche) y miró su reloj. A su lado, Diosdado Cabello hizo el mismo gesto. Desde el otro flanco, Nicolás Maduro los miró y también pareció hacerlo el busto de Simón Bolívar ubicado entre ambos en la toma de televisión.

En otro momento, se observa que la ministra Yadira Córdova se levantó discretamente de la mesa. El Comandante había entrado en materia, y estaba hablando con mucha crudeza. “Él sabía lo que venía. Otros lo intuimos. Yo vengo del campo de la salud, así que para mí eso era muy duro. Muchos me han preguntado sobre esos momentos, solo que es difícil expresar con palabras lo que estaba sintiendo… Muy devastador”, dice Córdova, quien aquel día logró recomponerse y volver a su puesto.

Con su estilo inconfundible, Chávez lanzó una que otra anécdota para aliviar la tensión (mencionó a John Travolta y Olivia Newton-John y su Fiebre del sábado por la noche y recordó su gusto por el baile de la lambada). También le puso a la alocución otro de sus sellos personales, cuando cantó el Himno del Batallón Blindado Bravos de Apure (“Patria, patria, patria querida…”).

Con ese marco, Chávez cumplió el objetivo que lo trajo brevemente de vuelta a Caracas: dictar sin remilgos su testamento político, explicar cómo debía ser, a su juicio, la sucesión y advertir sobre los incalificables peligros que se cernían sobre el proceso revolucionario.

Fue –empleando sus propias palabras– un mensaje claro, como la luna llena, el que decretó que “pase lo que pase, seguiremos teniendo patria”.

En mis manos llevo tu llamarada

“Le entré a poemas a Fidel”, dijo el Comandante Hugo Chávez al bajar del avión en Maiquetía, la madrugada del 7 de diciembre, procedente de La Habana.

Alberto Arvelo Torrealba, Andrés Eloy Blanco, César Rengifo y Luis Alberto Crespo fueron parte del arsenal lírico intercambiado en ese encuentro.

Conversaron sobre un libro de Crespo en el que el poeta cuenta su primer contacto con Chávez, en Elorza, mucho antes del 4 de febrero. Le impresionó tanto el verbo del entonces desconocido oficial, que pronosticó: “Ese capitán va a echar una vaina en este país porque anda ardiendo”.

“Nos pusimos a hablar del ardimiento y le recité Por aquí pasó, un poema bellísimo dedicado a Bolívar por Arvelo Torrealba, en el que describe al Libertador como un general que iba ardiendo”.

Se gastaron bromas mutuas acerca de cuando empezaron a arder. “Y esta es una llama que nunca se apaga, Chávez, ni que uno quisiera”, le advirtió Fidel.

Chávez le habló de la obra de Rengifo Lo que dejó la tempestad, en cuya escena final una mujer desquiciada grita al paso del cadáver del héroe de la Guerra Federal: “¡Zamora, en mis manos está tu llamarada!”.

El recuento de la conversación con Fidel fue, en cierto modo, el prefacio del que sería su último discurso. Adelantó mucho de lo que diría al día siguiente, pero en tono relajado y poético, con la alegoría recurrente del fuego. Así comunicaba Chávez.

CIUDAD CCS / CLODOVALDO HERNÁNDEZ