Perfil | El cuento del arbolito de Navidad

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Si usted es de los que creen que los pinos con frutos esféricos de varios colores metalizados eran parte de la diversidad biológica de la Belén de antaño, donde nació el Niño Jesús, mejor no lea esto. Siga creyendo, pues la idea es bien bonita y tiene detrás de sí como mil doscientos años de marketing religioso. Por algo será.

En realidad, el árbol de Navidad es otro de tantos asuntos en los que esa gran corporación que es la iglesia católica (inventada antes de que existiera el capitalismo) ha resuelto mediante la astuta estrategia de robarse las tradiciones ajenas, y que Dios me perdone, como decía mi madre.

Ya sabemos que existen muchos indicios de que hasta la época del año en la que nació el Redentor fue modificada para “absorber” festividades llamadas paganas (es decir, no cristianas) con profundas raíces en las tradiciones de pueblos del norte de Europa y que (luego se supo) tenían sus equivalentes en regiones tan disímiles como Asia, África y en los pueblos indígenas americanos del sur, centro y norte.

Pues bien, siento decir que el pino decembrino como expresión originaria cristiana es otro fraude publicitario o para suavizar un poco, otro cuento navideño.

Los investigadores históricos han encontrado que la tradición viene de Alemania y los países nórdicos, no del Medio Oriente (donde parió María) ni mucho menos de Roma (donde funciona la milenaria casa matriz de la corporación católica).

Tampoco se trataba originalmente de un pino, sino de un roble, una especie que, según los saberes originarios, tiene la cualidad de atraer los rayos. Por eso se les consideraba sagrados, ya que eran la conexión con deidades de esa región, que gobiernan sobre las descargas eléctricas.

Entonces, todos los pueblos del norte de Europa, considerados bárbaros por el imperio romano y sus sucesores, le rendían pleitesía al roble y lo adornaban en la época de diciembre, no por el niño de Belén, sino porque venía el cambio de estación, del otoño al crudo invierno, y era necesario tener mucha fe y realizar rituales para sobrevivir a tan bestial frío.

Tal parece que fue por el siglo VIII cuando san Bonifacio, evangelizador del norte europeo, se percató de que la cuestión del roble ameritaba atención, pues no tenía que ver con su dios, sino con otras deidades como Odín y Thor (no el superhéroe de Marvel, sino el dios de los relámpagos y las centellas), con los elfos y con otra serie de creencias que para la iglesia romana eran heréticas y supersticiosas.

Cuenta la leyenda que el tal Bonifacio cometió lo que hoy podríamos tipificar como un ecocidio con intenciones de deicidio (asesinato de un dios) pues tumbó un gigantesco roble para destruir la creencia en Thor. Al caer, causó daños a muchos otros árboles, salvo a un bello abeto, que milagrosamente se mantuvo en pie. Dicen que el futuro santo tuvo una epifanía y decretó: “Ecce arbor Domini; vocate illum abies Yhesu”, que ha sido traducido a: “Este es el árbol del Señor; llamadlo desde ahora árbol del Niño Jesús”.

Bonifacio logró entonces cambiarle el significado a la tradición alemana y nórdica de adornar grandes robles para rendir culto a sus dioses. Fue una conversión botánica y con ella logró que unos siglos después el mundo entero jure que el arbolito pascual es un invento cristiano. Con razón lo nombraron santo.

El árbol reúne muchas características que lo han hecho, desde aquellos tiempos remotos, un buen instrumento de publicidad y mercadeo. En las ramas ponían dulces, golosinas, luces (que en aquellas épocas eran velas) y pequeños juguetes, vale decir, puros imanes para atraer niños. De allí partió luego la costumbre de dejar al pie del árbol los regalos navideños.

Otra versión de la historia dice que Bonifacio se las arregló para que el reemplazo del roble fuera el abeto (o un pino, en esto hay discrepancias) porque es un árbol perenne, como el amor de Dios, y lo adornó con manzanas, para recordar el pecado original, demostrando así que sin la culpa, algunas religiones no funcionarían. Las velas, en tanto, simbolizaban la luz de Cristo.

Los hermeneutas sagrados le han asignado un significado incluso al color de las bolitas, no vaya usted a creer que se trata de algo meramente decorativo. Se supone que encarnan diversas formas de oración: las azules son de arrepentimiento; las doradas, de alabanza; las plateadas, de agradecimiento; y las rojas de petición. Y pensar que uno se las pone a lo loco, según como se vean más cuchi.

La estrella que se coloca en la punta del árbol, representa la luz para guiar nuestras vidas hacia el buen camino. Las cintas, guirnaldas o collares que se enredan entre las ramas, son un emblema de la unión de la familia, las amistades y la comunidad.

Alguna gente le pone también ángeles, que brindan protección y representan los canales para el diálogo entre lo mundano y lo celestial.

Y las luces, que hace mucho dejaron se ser velas encendidas y dieron paso a artilugios eléctricos chinos, son las que marcan la ruta de la fe.

Claro, que casi nadie piensa en estos profundos significados cuando está montando el arbolito, y mucho menos si ya se apoderó de uno el frenesí navideño que obliga también a armar el pesebre, hacer las hallacas y comprar los regalos y los estrenos (bueno, si alcanza, claro, que nadie se ofenda).

Más allá de Bonifacio y sus estratagemas evangelizadoras, no se puede negar que el arbolito es una buena excusa para hacer algo juntos (en familia, en el trabajo, en la escuela) y así luego seguir el resto del año –como siempre y sin remordimientos– cada uno por su lado. ¡Ah! y, últimamente, es también un buen motivo para lanzarse una selfie con gorrito de Santa Claus y colgarla en Instagram.
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¿Árbol o nacimiento?

Hubo un tiempo en el que cada diciembre surgía una polémica sobre si lo nuestro debía ser el árbol de Navidad o el nacimiento, también llamado pesebre. Y la gente se fajaba a debatir el punto con la misma intensidad con la que se discute ahora si es válido echarle mayonesa a las hallacas.

Los partidarios del nacimiento decían que eso del árbol era una gringada, empezando porque en el trópico hay muy pocas zonas donde se dan los pinos.

En los años 70, en pleno auge de la Venezuela saudita, se puso de moda comprar pinos canadienses naturales. Tener un arbolito de plástico, de los que se guardan y se reutilizan, era considerado entonces algo propio de la chusma.

En muchas casas, la polémica arbolito-pesebre desapareció salomónicamente: se ponen los dos y punto. Y como somos eclécticos y zalameros por naturaleza, también se ponen figuras del espíritu de la Navidad, coronas de adviento, San Nicolás con trineo y renos, matas de Navidad y hasta muñecos de nieve en pleno fragor de Maracaibo, Valencia o Los Valles del Tuy.

No es, hay que aclararlo, algo exclusivo venezolano. Más al sur, en países donde en diciembre comienza el verano y andan sudando la gota gorda, la publicidad hace que vivan una realidad paralela de “blancas navidades”, con nieve y chimeneas humeantes. Es la misma transculturación neocolonial que nos deforma hasta el clima y el sentido común.

CLODOVALDO HERNÁNDEZ