Al maestro, con dolor

Mariadela Linares

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Sentarse frente a un teclado para escribir sobre Earle Herrera, en plena tristeza por su partida y sin tiempo para acomodar los sentimientos, equilibrarlos para evitar las frases cursis y manidas, indignas de su intelecto, es como pretender nadar en aguas heladas.

Earle, en tiempo presente, tiene tantas facetas que lo distinguen que cualquiera de ellas sirve para redactar una apología. Se puede enumerar, en primer lugar, su condición de revolucionario indoblegable y honesto. Estoy segura de que él concordará en que honesto es una cualidad singular en estos tiempos. Y hablamos de irreductible porque imaginamos los abismos que ha tenido que superar para no caer en el foso de los socialistas de bolsillos llenos.

No menos importante es su proverbial capacidad de síntesis. Seis renglones para contarnos una historia llena de denuncias, de sentires, de decepciones, de luchas y más luchas, se convierten en una cátedra de periodismo. Nadie como él para el resumen. Nadie como él para que la contundencia se convierta en verbo y en caracteres escasos pero lapidarios.

Ninguno como Earle para contar su amor por la patria, por la vida, por la lucha antiimperialista, porque la revolución no pierda su norte, que llenan espacios en libros, en artículos y en versos. El talento multiplicado colma un espíritu, aderezado además con un humor fino, de esos capaces de derribar a un contrario con una sonrisa en el rostro.

Roberto Malaver, tú gran amigo y soporte de tus dolores, me dijo que nos habías dejado “huérfanos de tu intelecto”. Es así. De allí que me agarro del tiempo presente para no soltarte, Earle, porque no quiero que te vayas. El periodismo que nos robaron aún te necesita. Y ya somos tan poquitos los colegas que nos aferramos al ideario original y seguimos en la práctica de ser “irreductibles”, como te llaman, que con descarado egoísmo te pido que no te vayas. Sigues entre nosotros, querido amigo.

MARIADELA LINARES