PUNTO Y SEGUIMOS | Al profe Earle

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Ya tenía varios párrafos de la columna listos cuando llegó la mala nueva. Se ha ido el profesor Earle Herrera. ¿Y qué puede hacer una sino entristecerse y no poder pensar en otro tema? Ahora no son muchas las ganas de sentarse y escribir, bonito y bien como él nos enseñó; pero resulta imposible el silencio, porque se va uno de los nuestros. Uno que nos formó, no solo a los periodistas de varias generaciones, sino a todos, con su trabajo, su honestidad y su ejemplo.
Lloverán los textos y las palabras, más que merecidas, de tantos quienes le admiramos y respetamos. Ojalá las hagamos tan hermosas y sinceras como las suyas. Cuesta mucho despedir a quien no imaginamos ni esperamos perder tan prontamente, y se nos atropellan las ideas y las letras. ¡Que broma tan seria profe!
En estos tiempos convulsos, en los que los referentes más hondamente queridos y respetados son cada vez menos, la muerte del profe Earle se siente como una puñalada. Una doble para quienes tenemos el honor de ser periodistas, pues hoy no se nos va solo un diputado honesto, sino un maestro. Perdemos a un hombre del pueblo que nunca “chapeó” ni miró por encima del hombro a costas de su cargo, sino que lo asumió con el respeto y la dignidad que todos los servidores públicos deberían mostrar, con una profunda vocación de servicio; la misma vocación que lo convirtió en uno de los grandes periodistas e intelectuales en la historia de este país.
Fue maestro de verdad. Enseñó y formó –como dijo el Libertador de su Robinson– para lo bello, para lo hermoso. Nos hizo reír con su fino humor, nos encantó con sus crónicas y mini crónicas, con su poesía, nos preparó con sus libros –ya clásicos– sobre los géneros periodísticos, nos representó en el parlamento, haciendo causa por la cultura popular  e interpelando con su verbo márgaro y encendido a los enemigos de la patria. Porque fue patriota, sin ser jamás cursi, ni hipócrita. Era uno de nosotros. Como nosotros. Jamás fue un “otro”, nunca fue uno de esos tipos lejanos que viven de hablar en nuestro nombre. Y el pueblo siempre se lo va a reconocer. No hay honor más grande.
Para muchos de nosotros, el profe Earle era cotidiano, porque hasta en los chats de periodistas estuvo activo; haciendo, comentando, apoyando, construyendo desde su trinchera, que era enorme, como él. Nos va a hacer falta, porque pareciera que esos espacios de lucha para el pueblo, desde la intelectualidad seria, honesta y despojada de egos, están cada vez en mayor orfandad. Vivimos un momento crítico en el que la formación moral y la formación política sufren un innegable abandono, lejanos estamos de aquella efervescencia generalizada que encabezó Chávez y que muchos -como el profe- ayudaron a generar y construir. No se ha ido cualquiera, sino uno de los pocos que efectivamente hizo patria, patria bolivariana, patria poetisa, patria de periodismo de verdad, patria revolucionaria.
Gracias por el fuego profe, por enseñar tanto en un país que tan mal ha tratado a sus maestros. Sepa que le quisimos y le querremos, pero sobre todo, que le respetaremos siempre, con ese respeto amoroso que siente el pueblo por sus buenos hijos. Esta columna será corta, tratando de imitar su increíble talento para decir mucho con poco. Ojalá le hagamos justicia y honor, siendo cada vez mejores profesionales y mejores venezolanos. Buen viento, y buena mar, y un abrazo a la profe Asalia, quien también nos formó.
Mariel Carrillo