ASÍ DE SENCILLO | Pedro y Pablo

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Durante diez años los gemelos vieron el mar desde su ventana. Jugaban con él y en él.
Crecieron en ese mundo marino con tías que hacían las mejores empanadas de cazón, tíos pescadores y esa brisa fresca y pegajosa del salitre que los invitaba a sumergirse en el agua cada vez que les apetecía.
Hasta que la montaña dijo: «¡Basta!», y volvió a darle cauce a los ríos dormidos que despertaron de golpe para bajar con fuerza y aplomo a reclamar su espacio. Pero en el camino arrasaron con todo a su paso.
Los gemelos solo tenían diez años. Ellos recuerdan que todo se inundó, que su papá y su mamá los subieron a un helicóptero y pudieron salir volando con ellos hasta una ciudad fría, sin mar.
Transcurrido un año del suceso, el par de hermanos estudiaban en otra escuela. Todo iba bien. Ya la maestra de cuarto grado estaba acostumbrada a decir cada cinco minutos:
«Pablo, deja de hablar»; «Pedro, trabaja».
«¡Deja eso! ¿Pablo o Pedro? ¡Ay! ¡Me van a volver loca!».
Era un día más de escuela, solo que esta vez lo acompañaba la lluvia. La maestra hacía su dictado diario, cuando notó que Pedro y Pablo estaban acurrucados, como dos cachorros indefensos, llorando aterrorizados.
Ella se acercó, los abrazó y le pidió a los otros estudiantes: «Nadie se ría, ellos vienen del deslave».

Maritza Cabello